“El problema nunca fue la carrera. Fue la manera en que algunas instituciones convirtieron una disciplina para pensar en un recetario para ejecutar.”
Hay una conversación que se repite en los pasillos de las facultades de administración del país y que ya llegó a los medios, a los consejos de acreditación y a las mesas de los decanos, ¿estudiar administración de empresas sigue valiendo la pena? La pregunta no es inocente, las matrículas en pregrado llevan años cayendo, el sector privado cerró 2025 con cerca de 42.000 estudiantes menos que en 2015, según datos del SNIES y los jóvenes colombianos tienen hoy más opciones que nunca para habilitarse laboralmente sin necesidad de un título universitario formal
Pero la pregunta tiene trampa y vale la pena desactivarla con datos antes de responderla con opinión; mientras las matrículas caen, los rankings cuentan otra historia, en el QS World University Rankings by Subject 2026, el referente más riguroso de calidad académica a nivel global, Colombia alcanzó su mejor desempeño histórico con 31 programas en el top 100 mundial, casi cuatro veces más que en 2021; en Estudios Empresariales y Administración, la Universidad de los Andes entró al puesto 49 en Ciencias Sociales y Administración (primera vez que una institución colombiana rompe el top 50 en esa categoría) y el programa de Marketing llegó al puesto 43, también inédito para el país.
¿Cómo se explica esa paradoja? Menos estudiantes eligiendo estudiar un pregrado, pero los programas que ofrecen programas de Administración compitiendo mejor que nunca a nivel mundial y la respuesta está en algo que la academia del management viene advirtiendo hace años y es que el problema más que la disciplina, es el modelo de formación; lo que pierde vigencia no es administrar organizaciones, eso nunca dejará de necesitarse, sino la manera en que algunas instituciones siguen enseñándolo, casos de hace veinte años, teorías desconectadas del contexto, egresados que saben ejecutar procesos pero que nunca fueron retados a pensar con criterio frente a lo desconocido.
El director del Observatorio de la Universidad Colombiana lo nombró sin rodeos, “el problema central es que la universidad no responde a las expectativas de las nuevas generaciones”, en un entorno donde proliferan cursos en línea, certificaciones y rutas de aprendizaje que habilitan laboralmente sin exigir cuatro o cinco años de educación formal y eso antes que una amenaza para la educación superior, es una señal de mercado que las facultades de administración no pueden seguir ignorando, porque hay algo que ningún bootcamp de ocho semanas, ni ninguna certificación de plataforma digital puede reemplazar y es la formación del criterio gerencial, la capacidad de leer contextos complejos, tomar decisiones con información incompleta, liderar equipos en tensión, gestionar la incertidumbre sin paralizarse, esas competencias no se adquieren en un curso intensivo, se construyen lentamente, con teoría que se confronta con realidad, con casos que se discuten con quien tiene experiencia de campo, con errores que se cometen en ambientes donde equivocarse todavía no cuesta el trabajo de nadie.
Las organizaciones colombianas no están escasas de ejecutores eficientes, tienen dashboards, automatización, inteligencia artificial y equipos capaces de operar con precisión milimétrica, lo que escasean son líderes capaces de preguntarse para qué están operando con tanta precisión, y si el rumbo que llevan es el que la organización realmente necesita. La pregunta que deberían hacerse los jóvenes no es si la carrera pasó de moda, es si la institución que la ofrece tiene la honestidad y la capacidad de enseñarla como lo que el siglo XXI exige, es decir como una escuela de criterio y de ninguna manera como un manual de procedimientos
Las que lo están logrando, y los rankings lo confirman, están formando exactamente lo que el mercado más necesita y menos sabe pedir; las que no, están llenando salones con estudiantes que tarde o temprano van a descubrir que su título certifica eficiencia, pero no garantiza liderazgo y esa diferencia, en el mercado laboral de hoy, lo es todo.
“Las organizaciones no fracasan por malas decisiones, sino por líderes que dejaron de pensar antes de decidir.”














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