El enredo filosófico en los estudios de la consciencia

El problema de la consciencia ha sido un auténtico quebradero de cabeza para los filósofos más preclaros de toda la historia. En su formulación más moderna, este podría formularse con la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que exista en nuestro universo material algo abstracto como la consciencia?

El por qué experimentamos este o aquel color cuando observamos un objeto es explicable con la ayuda de la neurofisiología y de la física. Pero el cómo podemos experimentar algo, sea lo que sea, es un interrogante que en los últimos tiempos ha atraído la atención de neurocientíficos, médicos, psicólogos e incluso físicos.

Aunque identifiquemos la causa neurofisiológica por la que sentimos los colores, no sabemos en qué momento y cómo se produce el salto de la materia (interacciones eléctricas y químicas entre neuronas) a lo abstracto (sensación de azul). Podemos observar las neuronas, pero no las experiencias abstractas causadas por ellas. Por así decir, no vemos la sensación del azul en el cerebro de nadie pues, en realidad, ahí solo hay una sustancia gelatinosa. El famoso filósofo David Chalmers hizo célebre la distinción entre los problemas fáciles de la consciencia (incógnitas resolubles científicamente) y este problema difícil consistente en explicar cómo es posible que un sistema nervioso material genere, de algún modo, una experiencia fenoménica en primera persona, privada.

La atracción por este clásico rompecabezas despuntó en los años noventa del siglo pasado con la progresiva constitución de un nuevo campo de estudio autónomo denominado «estudios sobre la consciencia» (consciousness studies). El vetusto enigma filosófico de la consciencia comenzó así a ser analizado con la óptica y la normativa de la actividad científica.

No hay fin a la vista, pero, lejos de desgastarse, la imposibilidad de hallar una resolución a este problema de la consciencia no hizo más que acrecentar la cantidad de papers, congresos, revistas o grupos de investigación dedicados al tema. ¿Puede este asunto filosófico resolverse por medios científicos? Por de pronto, la investigación llevada a cabo hasta el momento no ha aportado muchos frutos de peso a la hora de explicar cómo el agua de la actividad cerebral se torna en el vino de la consciencia.

En conjunción con sus investigaciones científicas, algunos autores representativos de los consciousness studies, como John Eccles, Gerald Edelman, Christof Koch, Giulio Tononi, António Damásio o Anil Seth, se han visto tentados a publicar trabajos de corte filosófico. Muchos de ellos incluso combinando sus respectivas teorías científicas sobre la consciencia con tesis abiertamente filosóficas.

Ante la proliferación de distintas propuestas científicas sobre la consciencia, es inevitable que sobrevuele la duda de si realmente, más allá de los distintos avances neurocientíficos, este fenómeno puede explicarse al completo de esa guisa. El galimatías puede ejemplificarse con un par de anécdotas acaecidas en el año 2023.

Con motivo de la celebración de la vigésimo sexta reunión anual de la Asociación para el Estudio Científico de la Consciencia en la ciudad de Nueva York, en junio de ese mismo año varios medios de comunicación celebraron que la teoría de la información integrada era la teoría «líder» y «empíricamente testada de la consciencia».

La teoría de la información integrada (TII) se ha convertido en los últimos años en una de las propuestas acerca de la consciencia más reconocidas. En ella se parte del hecho de la existencia de la consciencia para, a partir de él, determinar qué sistemas son conscientes. En resumidas cuentas, la experiencia consciente de un sistema viene especificada por la información integrada en ese mismo sistema. El número «Phi» (Φ) representaría matemáticamente esa cantidad de información integrada. De acuerdo con esto, tú serías consciente en cierto grado gracias a la información integrada en tu organismo. Entre otras cosas, la TII parece implicar alguna forma de panpsiquismo según el cual todo es consciente en algún grado (¡!), pues en casi todo hay información mínimamente integrada. Propuesta inicialmente por el italiano Giulio Tononi, esta teoría cuenta con simpatizantes de mucho peso en los consciousness studies.

Ante estas publicaciones, más de un centenar de científicos y filósofos difundieron una breve carta donde no solo rechazaban que estuviéramos ante una teoría contrastada, sino que en ella incluso se llegaba a calificar a la TII de «pseudociencia». La controversia estaba servida.

En la misma reunión anual también venció el plazo de una apuesta entre un científico y un filósofo. En 1998, el actual director del Instituto Allen para la Ciencia del Cerebro, Christof Koch, apostó unas cuantas botellas de buen vino al filósofo David Chalmers en un bar de Bremen. ¿El contenido de la apuesta? Según Koch, en veinticinco años la neurociencia ya tendría identificados los «correlatos neuronales de la consciencia»; es decir, para 2023 ya estaría claro cuál es el proceso cerebral que origina la consciencia. Chalmers apostó en contra. En el congreso celebrado en Nueva York en 2023, Koch reconoció deportivamente su derrota. Los desatinados titulares sensacionalistas, del tipo «Filósofo 1, científico 0: La apuesta sobre la consciencia que la ciencia perdió» (BBC News, 19 de julio de 2023) no se hicieron esperar.

En las antípodas de la tradición de la ciencia moderna que se remonta a Galileo, la consciencia no es algo analizable en tercera persona. No hay un espacio empírico compartido respecto de ella: cada uno solo puede acceder a la suya propia. Puedes sentir tu verde o tu sensación de enamoramiento, pero no los míos. Este contratiempo, junto con la mencionada falta de avances, apunta a la posibilidad de que la consciencia sea un concepto filosófico, además de coloquial, no adaptable a las reglas del juego científico. Desde luego, esto no responde a una falta de capacidad económica o intelectual de la investigación en neurociencia, sino, quizá, a un malentendido teórico de partida.

Alejandro Villamor Iglesias

Es graduado en Filosofía con premio extraordinario por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster en Formación de Profesorado por la misma institución y Máster en Lógica y Filosofía de la Ciencia por la Universidad de Salamanca. Actualmente ejerce como profesor de Filosofía en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid.

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