La propina ya no es gratitud: es el impuesto de la vergüenza

¡Se me antoja difícil concebir un gesto más grosero en el trato social contemporáneo que el de exigir una propina en cualquier establecimiento!

Pedir dinero de esa manera, casi con la misma naturalidad con la que se solicita el pago del producto, no es otra cosa que una limosna institucionalizada. El concepto genuino de la propina —gratificación— nace de un impulso soberano del cliente: el reconocimiento espontáneo hacia un servicio que ha superado la mera obligación contractual. Es un acto de generosidad, no una cláusula adicional del contrato.

Sin embargo, asistimos hoy a una inversión obscena de este principio. Meseros y hasta cajeros nos preguntan con descaro si deseamos «incluir el servicio». ¿Perdón? ¿Incluir el servicio? ¿Acaso el servicio no es precisamente lo que su salario ya cubre? Lo que me piden no es una gratificación, sino un sobresueldo por no haber incumplido con su deber. Y lo más absurdo llega cuando, tras haberme atendido yo mismo en un mostrador de comida para llevar, el empleado de turno osa preguntar: «¿Desea incluir el servicio?». ¿Servicio? ¿Cuál servicio? ¿El de haberme visto cargar mi propia bandeja?

Esta manía, que algunos excusan bajo el rótulo de “cultura de servicio”, no es más que la importación acrítica de la peor tradición anglosajona. Porque, seamos francos: en los Estados Unidos la propina ha dejado de ser voluntaria y ya constituye un impuesto emocional. En ese país, los restaurantes fijan salarios de miseria bajo la premisa de que el cliente completará el sueldo del empleado. Y el resultado es una relación tóxica en la que el comensal paga dos veces —su cuenta y la culpa— y el trabajador mendiga una sonrisa para llevarse un bocado a casa. Más bochornoso aún es que, con esa voracidad imitativa, Hispanoamérica y Europa han copiado precisamente esa vulgaridad: la propina como chantaje social, no como lazo de excelencia.

Y si hablamos de deformaciones culturales, miremos lo que ocurre en Colombia, donde la propina se ha convertido en sinónimo de vergüenza por no darla. Lo que empezó como un gesto voluntario hoy es una prueba de fuego social: quien no la da es tachado de vulgar, mezquino o mal educado. Pero permítanme decir la verdad incómoda: la verdadera impertinencia radica en pedirla. Porque no hay mayor grosería que hacer sentir al cliente que su generosidad es una deuda y su omisión, una falta de clase. Lo grosero no es negar un extra; lo desagradable es exigir un premio por no haber fallado en lo mínimo.

Frente a este modelo, conviene recordar el caso de Japón. En la cultura nipona, dejar una propina se considera un acto de suprema mala educación: una ofensa que insinúa que el anfitrión o quien presta el servicio son mercenarios cuyo esfuerzo puede tasarse al margen de su dignidad profesional. Allí, el servicio impecable no se negocia: se ofrece por honor. Y si un extranjero intenta dejar unas monedas sobre la mesa, es probable que salga corriendo detrás de él para devolvérselas con una reverencia avergonzada.

No se trata de negar la posibilidad de un gesto generoso: se trata de defender que ese gesto nazca del alma del cliente, no de la pantalla de una terminal de pago. Los restaurantes y comercios deben erradicar esta manía popular y vulgar de pedir plata por cumplir con sus obligaciones. Incluir la propina en la factura es un abuso fiscal y moral.

La gratificación, cuando existe, es un secreto entre el agradecido y el afortunado, no una partida más de la factura. Y desde luego, jamás una pregunta formulada por quien ya ha cobrado por servir. De verdad, ¡qué pregunta más excéntrica!


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Julián Ramírez

Asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica. Politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra. Founder Member de El Insubordinado.

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