Lo que notó el diccionario

Páginas de un libro antiguo abierto con texto a dos columnas.
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Sumario: Cuatro diccionarios eligieron palabra del año en 2025. Ninguno escogió una palabra que sirva para entenderse.

Mi sobrina de dieciséis me pidió hace unas semanas que le explicara qué quería decir parasocial, porque se lo había dicho una amiga y le dio pereza buscarlo. Le leí en voz alta la definición del diccionario de Cambridge, que describe el vínculo que alguien siente con una persona famosa a la que no conoce, con un personaje de una novela o una serie, o con una inteligencia artificial. Esperé la reacción en la última parte. Me dijo que claro, y siguió con lo suyo.

El que se quedó incómodo fui yo, y he tardado en entender por qué.

Las palabras del año son el instrumento menos sentimental que tenemos para medir doce meses. Los lexicógrafos no opinan. Cuentan consultas, rastrean apariciones, miden en qué momento un término deja de necesitar explicación. Cuando cuatro diccionarios importantes coinciden en el mismo territorio, no están proponiendo una tesis. Están informando de un hecho consumado.

Esto fue lo que informaron el año pasado. Merriam-Webster eligió slop, que define como contenido digital de baja calidad producido en cantidad por medio de inteligencia artificial. El diccionario australiano Macquarie escogió su variante explícita, AI slop, y lo hizo por partida doble, porque ganó a la vez el voto del comité de expertos y el del público, algo que solo había ocurrido cuatro veces. Oxford se quedó con rage bait, el contenido diseñado a propósito para provocar rabia y así aumentar el tráfico. Cambridge escogió parasocial. Y Dictionary.com, que suele leer bien a los adolescentes, eligió 67, una expresión que no significa absolutamente nada y que los niños repiten hasta el agotamiento, lo cual también es información.

Puestas en fila, las cuatro primeras nombran maneras distintas en que una comunicación fracasa. Ninguna nombra una manera en que funcione. Slop describe al interlocutor que no se tomó la molestia. Rage bait describe al interlocutor que lo está provocando a uno a propósito y con fines comerciales. Parasocial describe la situación en la que no hay interlocutor.

Hay algo más que comparten y que tardé en ver. Las cuatro son palabras de destinatario. Sirven para nombrar lo que a uno le hacen y ninguna sirve para nombrar lo que uno hace. Existe el slop y no existe el verbo para quien lo produce. Existe el rage bait y no hay una palabra corriente para quien lo escribe con esa intención, salvo las que ya teníamos y son demasiado graves. Un idioma que multiplica los términos para la víctima y no acuña ninguno para el autor está diciendo algo sobre quién se siente aludido cuando lee la noticia. Todos reconocemos el slop en la bandeja de entrada. Nadie recuerda haber mandado uno.

La historia de esa última palabra merece un párrafo. La acuñaron en 1956 dos sociólogos, Donald Horton y Richard Wohl, para describir algo que estaba pasando con la televisión: los espectadores sentían que conocían al presentador, que había entre ellos una relación, y el presentador no sabía que existían. Durante casi setenta años fue un término de especialistas. En 2025 se volvió corriente, y el diccionario que la consagró aprovechó para ampliar la definición e incluir en ella a las máquinas que conversan. El editor de Cambridge lo dijo sin dramatismo: lo que era un tecnicismo académico pasó a ser lengua común.

En español ocurrió otra cosa y no sé bien qué concluir. La FundéuRAE eligió arancel, que es una palabra sobre comercio internacional y no sobre conversaciones. Mientras la lexicografía en inglés miraba el derrumbe del trato entre personas, la nuestra miraba la economía. Puede ser que estemos en otro problema. Puede ser que todavía no le hayamos puesto nombre al mismo.

Porque ese es el asunto de fondo. Un vocabulario dice qué necesita nombrar una comunidad. Nadie acuña una palabra para algo que no le está pasando. En 2015 no existía slop porque no existía el slop, y la gente que recibía textos vacíos no tenía cómo llamarlos, así que decía que el correo era raro y seguía trabajando. Los términos llegaron porque llegaron los fenómenos, y llegaron todos al tiempo, que es la parte que me parece más difícil de explicar como coincidencia.

Falta la palabra contraria, y su ausencia dice tanto como las otras. No tenemos un término para un mensaje que alguien leyó antes de enviar. No lo tenemos porque durante siglos eso no hubo que nombrarlo, del mismo modo que no existe una palabra para el agua que no está contaminada. Se llama agua. Ahora que la otra cosa tiene cuatro nombres precisos y el original no tiene ninguno, la asimetría empieza a pesar. Uno no puede pedir lo que no sabe decir.

Vuelvo a mi sobrina, que sí sabía decirlo. Le pregunté después, con más cuidado, si le parecía triste que un diccionario metiera a una máquina en la definición de una relación. Me contestó que triste sería no tener con quién hablar. Llevo semanas dándole vueltas a esa respuesta. La primera vez me pareció una derrota. Ahora no estoy seguro de que la palabra que falta sea nuestra y no suya.

Más de César Amar: Quién paga la cortesía y La sospecha de escribir bien. Consulte todas las columnas de César Amar en Al Poniente.

César Amar

César Amar es ingeniero de sistemas y consultor colombiano. En Al Poniente escribe sobre netiqueta, inteligencia artificial, comunicación digital, consentimiento, ciberacoso y convivencia en línea. Sus columnas analizan cómo la tecnología transforma el lenguaje, el trabajo, la educación, la responsabilidad y las relaciones humanas. A partir de escenas cotidianas, investigaciones y cambios legales, formula preguntas sobre la cortesía digital, la autoría, el uso ético de la IA y los límites de delegar decisiones o conversaciones a las máquinas. Su trabajo conecta la innovación tecnológica con criterios de humanidad, confianza y responsabilidad. En este archivo se reúnen sus artículos sobre las reglas de convivencia en internet, los detectores de IA, los deepfakes, el workslop, las palabras nacidas de la cultura digital y los desafíos contemporáneos de la netiqueta.

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