Entre el racismo epistemológico y el anhelo de pertenecer a un grupo que nunca te aceptará

La palabra ‘racismo’ puede analizarse morfológica y semánticamente a partir de sus unidades constitutivas, verbigracia: el lexema rac– o raza, que remite a una categoría de clasificación humana, y el morfema derivativo –ismo, que expresa doctrina, sistema, práctica o actitud. Desde esta composición, ‘racismo’ no designa simplemente la existencia de diferencias entre grupos, sino una forma organizada de interpretarlas y valorarlas. En el plano semántico, los semas asociados con raza —diferencia, clasificación y pertenencia— se articulan para configurar un semema en el que pueden aparecer otros rasgos como valoración, jerarquización, exclusión o subordinación. Así, la diferencia deja de ser una mera descripción y puede convertirse en fundamento de relaciones de poder. Esta precisión resulta fundamental para comprender que el racismo no radica únicamente en reconocer diferencias, sino en atribuirles significados que establecen superioridades e inferioridades. Por ello, cuando el término se vincula con la epistemología, surge una cuestión más profunda, ¿pueden esas jerarquías determinar quién produce conocimiento y qué sujetos son reconocidos como autoridades intelectuales?

Actualmente, se cree que Estados Unidos ha ocupado posiciones privilegiadas en la producción y legitimación del conocimiento y esto no significa que todo lo generado en Occidente sea falso ni que debamos rechazarlo por proceder de allí, ya que sería absurdo sustituir una forma de dogmatismo por otra (Smith, 2012). El problema aparece cuando comenzamos a suponer que el conocimiento adquiere mayor valor por el simple hecho de provenir de determinados lugares, instituciones o grupos sociales. El dinero llega a raudales a ciertas universidades, centros de investigación y publicaciones, y ese respaldo económico contribuye a consolidar la autoridad que les atribuimos. Una idea parece adquirir un brillo especial cuando viene acompañada de un apellido extranjero, una universidad prestigiosa del norte global o una publicación internacional; mientras otra, surgida de nuestro propio contexto, necesita demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento.

Por tal motivo, resulta tan frecuente encontrar personas que miran hacia Estados Unidos con una admiración que va más allá del reconocimiento razonable de sus logros, pues si algo viene de allá, parece mejor: La universidad estadounidense es más prestigiosa antes de conocer su programa; el producto importado parece de mayor calidad antes de probarlo; el acento extranjero genera mayor admiración antes de escuchar lo que realmente se está diciendo, entre otras más razones. Las teorías son representadas con avidez y las personas atienden sin parpadear, como si el simple hecho de proceder de allí bastara para conferirles una autoridad incuestionable y —lo más curioso es que, en ocasiones— esa admiración termina acompañada de una especie de vergüenza por aquello que somos; así pues, no es de extrañarse que algunas personas parecen sentirse más cómodas imaginándose gringas que reconociéndose plenamente colombianas.

La situación se vuelve todavía más preocupante cuando esta lógica alcanza la educación. Pensemos en algunas regiones de Colombia donde durante años las oportunidades de formación de calidad, preparación avanzada y espacios de representación han sido considerablemente más limitadas que en otros lugares. Si a una comunidad se le ofrecen menos oportunidades para desarrollar determinadas capacidades, resulta bastante cómodo concluir después que sus integrantes no poseen las capacidades necesarias para ocupar ciertos cargos; primero se restringen las posibilidades y luego se utiliza esa misma ausencia como prueba de incapacidad. En ese escenario, el desarrollo de una persona termina estando desprovisto de cualquier ingreso económico, no por falta de talento, sino por las condiciones que previamente limitaron sus posibilidades. Así se construye una de las formas más silenciosas de exclusión, que es estar sometido al olvido, puesto que no es necesario prohibirle a alguien que aspire a un cargo de representación; basta con convencerlo de que ese espacio nunca fue pensado para personas como él. Tampoco hace falta impedirle producir conocimiento; basta con educarlo dentro de un sistema en el que aprenda que otros están destinados a pensar y él a ejecutar, que unos diseñan las políticas mientras otros las cumplen, que unos producen teoría mientras otros solo aportan experiencia, y que unos ocupan los espacios de decisión mientras otros permanecen confinados a los oficios que históricamente se les han asignado.

Lo más inquietante es que una estructura de este tipo puede terminar siendo defendida incluso por quienes se encuentran en la parte más desfavorecida de ella; ahí aparece una figura histórica e incómoda por su paradoja, el esclavo feliz. No se trata necesariamente de alguien que sienta animadversión hacia quien lo subordina; pues puede, sencillamente, no sentirla, porque esa persona no le fastidia ni le interesa en lo absoluto (de Sousa & Meneses, 2014). El problema aparece cuando esa indiferencia convive con la aceptación de la jerarquía; es decir, se ríe del chiste que lo degrada, celebra al que lo desprecia y considera una ofensa que alguien cuestione las estructuras que él mismo ha terminado defendiendo. Este tipo de personas no necesita admirar a quien lo domina; basta con haber aprendido a considerar natural el lugar que le fue asignado. Solo necesitamos observar algunas conversaciones cotidianas para encontrar ejemplos de esta conducta: Alguien hace un comentario racista o clasista sobre determinada región y las personas pertenecientes a ella ríen para demostrar que tienen sentido del humor. Alguien ridiculiza un dialecto y quienes poseen ese mismo acento se apresuran a reír para que nadie sospeche que se sienten aludidos. Es como decir: “yo no me escondo, yo soy frentero y voy con el pecho descubierto siempre”, pero esa aparente seguridad puede convertirse en una forma de exposición ante la mirada ajena, debido a que la humillación termina funcionando como una especie de prueba de admisión, en la que demostrar que podemos soportar la burla parece ser el precio para obtener el privilegio de pertenecer al grupo que la produce.

Algo semejante ocurre con el dinero, pues hay quienes parecen convencerse de que relacionarse con personas adineradas constituye una forma directa de riqueza; es decir, participan en conversaciones donde se habla de inversiones, propiedades y grandes negocios y terminan sintiendo que esa opulencia también les pertenece. Utilizan determinadas expresiones, frecuentan ciertos espacios y repiten que están “firmes”, mientras su realidad económica continúa dependiendo de resolver el día a día, porque una cosa es sentirse cerca de la riqueza y otra muy distinta experimentar una mejoría definitiva, y es por ello que la identificación simbólica puede producir la sensación de ascenso, pero no necesariamente transforma las condiciones materiales que mantienen a la persona en el mismo lugar. Parafraseando a Quijano (2000), debemos reconocer que el sentimiento no siempre modifica la realidad, puesto que podemos imaginarnos millonarios mientras comemos arroz con huevo, y es que el arroz con huevo no se transforma en caviar porque nuestra imaginación haya decidido cambiarle el nombre. Podemos hablar durante horas sobre grandes capitales, pero una conversación sobre dinero no aumenta nuestro patrimonio. Podemos sentirnos parte de una élite, pero la sensación de pertenencia no modifica automáticamente nuestra posición social. Sin embargo, esa identificación puede producir una ilusión todavía más peligrosa, que es asumir la autoridad del grupo al que creemos pertenecer, como si tuviésemos bula y no se nos pudiera cuestionar lo que decimos. Entonces, la palabra “firmes” comienza a adquirir un significado particularmente extraño, pues hay personas que repiten estar firmes frente a situaciones que objetivamente deberían llevarlas a cuestionarse. Ejemplo: Les restringen derechos, disminuyen sus oportunidades o las mantienen alejadas de determinados espacios, pero permanecen convencidas de que defender aquello que las excluye es una señal de fortaleza. Es una postura muy dogmática, y el dogmatismo suele nublar el raciocinio, pues cuando una convicción deja de admitir preguntas, incluso aquello que perjudica a quien la sostiene puede terminar siendo defendido como una verdad incuestionable; la subordinación deja de doler cuando conseguimos convencernos de que estamos participando voluntariamente de ella.

Debemos revisar nuestra manera de valorar el conocimiento, pues no todo lo estadounidense es superior por ser extranjero; y de modo similar, la procedencia no debería funcionar como una certificación automática de calidad, porque lo que hoy parece dominante también puede ser coyuntural.

La verdadera emancipación epistemológica comienza cuando dejamos de sentirnos impresionados por el lugar de nacimiento de una idea; un análisis más perpendicular puede permitirnos observar el problema desde un ángulo distinto al del colombiano promedio, no porque una nacionalidad otorgue mayor capacidad de razonamiento, sino porque cuestionar aquello que hemos aprendido a aceptar exige tomar distancia de nuestras propias certezas. Cuando dejemos de asumir que un apellido extranjero piensa mejor que uno colombiano, habremos comenzado a desmontar esa mirada subordinada. No existe mayor evidencia de un complejo de inferioridad que aquella necesidad permanente de parecerse a quien creemos superiores y, en efecto, el problema comienza cuando, para conseguirlo, necesitamos despreciar aquello que somos, aceptar la humillación de otros o defender una estructura que nos niega de manera burlesca.

Al final, el conocimiento no debe tener nacionalidad, color ni apellido privilegiado; este puede producirse en una universidad de Boston, en una biblioteca de Medellín, en una comunidad rural del Pacífico o en cualquier otro lugar donde alguien tenga una pregunta y encuentre una manera rigurosa de intentar responderla. Porque si todavía necesitamos sentirnos superiores únicamente porque aprendimos a mirar hacia arriba, quizá no hemos dejado de estar abajo.

Referencias

de Sousa Santos, B., & Meneses, M. P. (2014). Epistemologías del Sur: Perspectivas. Ediciones AKAL.

Quijano, A. (2000). Coloniality of power and eurocentrism in Latin America. International Sociology, 15(2), 215–232. https://doi.org/10.1177/0268580900015002005

Smith, L. T. (2012). Decolonizing methodologies: Research and Indigenous peoples. Zed Books.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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