Velada con los fascistas: el advenedizo con ínfulas de aristócrata (Capítulo II)

Cristian David Toro Gil

«Si fuera cierto que la dictadura es inevitable y que el fascismo y el comunismo son los dos “extremos” en las dos alternativas de nuestro camino, ¿cuál es entonces el lugar más seguro para elegir? Pues bien: el “punto medio”. Ese “punto medio”: indefinido, indeterminado y seguro; con una economía mixta; con una cantidad “moderada” de favores gubernamentales y privilegios especiales para los ricos; con una cantidad “moderada” de ayudas gubernamentales para los pobres; con un respeto “moderado” por los derechos y un grado “moderado” de fuerza bruta; con una cantidad “moderada” de libertad y una cantidad “moderada” de esclavitud; con un grado “moderado” de justicia y un grado “moderado” de injusticia; con una cantidad “moderada” de seguridad y una cantidad “moderada” de terror; y con un grado moderado de tolerancia para todos, excepto para aquellos “radicales” que defienden los principios, la coherencia, la objetividad, la moralidad y que se niegan a transigir.»
— Ayn Rand, “Conservadurismo: un obituario”, en “Capitalismo: el ideal desconocido”.

Ya mostré una de las caras de esta moneda… ahora corresponde darle la vuelta. Conviene empezar por reconocer que la izquierda colombiana, al igual que buena parte de la izquierda del continente y de la Península Ibérica, es particularmente ruidosa. Y si de indignación selectiva se trata, ¡todavía más!, porque para nadie es un secreto que, cuando la corrupción, el escándalo y el horror provienen de su propia orilla, guarda un silencio tan aterrador como vergonzoso. El fenómeno, por supuesto, se ha recrudecido con el enorme impacto que hoy tienen las redes sociales. Y empleo esa palabra porque ha surgido una cantidad ingente de arrogantes insufribles —en su mayoría, a mi juicio, malas personas— que se autoproclaman “analistas y activistas políticos”. En realidad, son influencers de medio pelo —con más popularidad que uno, desde luego, pero de medio pelo al fin y al cabo— que producen videocolumnas, también de medio pelo, atiborradas de datos amañados, sesgos de confirmación y propaganda disfrazada de reflexión. Y, para colmo, usted, estimado lector, y todos los colombianos las financiamos con nuestros impuestos. No son más que sicarios digitales: mercenarios del relato bajo la égida del nefasto gobierno que culmina este 7 de agosto.

Laura Camila Vargas, Walter Alfonso Rodríguez Chaparro («Wally Opina») y Laura Daniela Beltrán Palomares (la famosa «Lalis») —los dos últimos, actuales congresistas de nuestro país—, entre muchos otros que integran esta peculiar fauna, encarnan con nitidez esa deriva. Llevan años forrándose en billete —¡nuestro billete!, reitero—, ensalzando hasta el paroxismo a la administración Petro y a distintos miembros del Pacto Histórico por sus tan “memorables” gestiones. Salvo contadas excepciones, algunos de ellos han asumido, en momentos muy específicos, la postura correcta: la objetiva (¿o será que, con el gobierno entrante, les cortaron el chorro de los contraticos con el Estado?).

Unos cuantos más han exhibido la violencia inherente a la ideología que profesan —y por la que, encima, les pagan—. Nunca olvidaré ese desafortunado vídeo —que, dicho sea de paso, terminaron tumbando, aunque yo alcancé a retuitearlo con comentario— en el que la influencer Dianita Díaz instaba a identificar, uno a uno, a los empresarios que apoyaron al presidente electo Abelardo de la Espriella para someterlos a un boicot masivo. ¿Ven por qué insisto en que la izquierda colombiana es fascismo puro y duro, se le mire por donde se le mire? Esta propuesta nada tiene que envidiarle a las Tropas de Asalto (SA), que hacia 1933, al servicio del régimen nazi, marcaban los negocios y oficinas de ciudadanos judíos en Alemania con la Estrella de David y lemas amenazantes como parte de una política sistemática de persecución y exclusión. Y ni qué decir del día en que Viviana Marín Carmona, secretaria política de la Juventud Comunista de Colombia (JUCO), se hizo viral tras pronunciar un discurso en el que llamó a mantener la movilización permanente y sentenció que la tarea frente al gobierno del presidente electo sería “hacer invivible el país”. ¡Lindas ellas! Muy irresponsables y muy miserables, además; para ser del combo de quienes “se la juegan por la vida”, dejan muchísimo que desear.

Ahora bien, la derecha colombiana, predecible, mediocre y no menos fascista (ya sabemos por qué), ha procurado plagiar esta repudiable estrategia. Lo peor del asunto es que varios de los que hoy fungen en condición de “analistas y activistas políticos” al amparo del cada vez más consolidado petrismo de derecha, digo, abelardismo, dieron sus primeros pasos dentro de las esferas del liberalismo clásico y el libertarismo. ¡Qué asco! Y qué estúpido fui; pensar que, en otros tiempos, colaboré con dos de esos idiotas, a otra la llamé amiga y a otra le dispensaba respeto y admiración.

Sobre esto último quiero ser categórico: honestamente, me provoca desagrado, molestia, escozor, que la derecha —y no solo en Colombia—, en su afán de seguir acumulando poder, ensucie la filosofía político-económica que mayor prosperidad y desarrollo ha traído a la humanidad. Hombre, ¡no más!, no sigan levantando las banderas del liberalismo para, más adelante, buscar cargos y cuotas de poder. ¡Respétense!, ¡respeten al liberalismo!, ¡y respeten a los que sí somos liberales! Dejo constancia de que, mientras yo esté vivo, no volveré a permitirles usar nuestras ideas y a nuestros autores para sembrar caos, confusión y división; todo, en aras de mendigar un puesto político y riqueza que, así no les guste, al final acabará por ser vana, efímera y perecedera. Y a los “autodenominados influencers liberales clásicos y libertarios” en ascenso, desde esta tribuna, los mantendré muy vigilados. Basta de decepciones tipo Alejandro Bermeodel que ya he hablado bastante, y que era uno de los idiotas con los que llegué a colaborar—, Santiago Giraldo —el otro idiota del que ya di cuenta—, Vanessa Corena —la “amiga”—, y, más recientemente, Jerome Sanabria —a quien admiraba y respetaba; a todas luces, su anhelo de escalar en política le cobró y le sigue cobrando un alto precio—. Ustedes no son, no fueron ni serán jamás liberales; un liberal de convicción no hace lo que ustedes hacen. Bueno, no se le puede pedir mucho a esta calaña; le lamen las suelas al advenedizo con ínfulas de aristócrata, y algunos le prenden velas a la porquería de Agustín Laje. Tengan, al menos, la decencia de llamarse por lo que son: fascistas.

A estas alturas, supongo que sobra la aclaración, pero ya se sabe: siempre hay algún despistado de turno. El «advenedizo con ínfulas de aristócrata» es, obviamente, Abelardo de la Espriella, el nuevo presidente de todos los colombianos.

Antes de referirme a este señor, quiero traer a colación a cuatro buenos amigos. María Eugenia Gómez (miembro del Founding Circle de este medio), María José Bernal, Carlos Ayala y Carlos Manjarrés son cuatro de las mejores personas y cuatro de las mentes más brillantes que he tenido el privilegio de conocer. Ninguno ocultó su voto por el señor De la Espriella; por el contrario, lo respaldaron casi al comienzo. Y los menciono porque, previo a retomar el asunto que aquí me ocupa, quiero decir una cosa más: sé que, en el fondo, ustedes no votaron propiamente por quien presidirá Colombia durante los próximos cuatro años; votaron contra la continuidad del proyecto político de Gustavo Petro. No son muchos los que entienden esto; menos aun si observan que quienes apostaron por esa candidatura no dudan ni dudarán en señalar los errores que pueda cometer el gobierno De la Espriella —que, por cierto, considero bastante probables—. Unos votamos de manera simbólica; otros votaron en contra porque no había otra alternativa, especialmente cuando se es liberal.

De Abelardo de la Espriella se ha elucubrado de todo… y, con total seguridad, todavía hay por elucubrar. Si aquí lo describo como un «advenedizo con ínfulas de aristócrata», no es únicamente por su vertiginoso ascenso político o por la imagen cuidadosamente construida alrededor de la sofisticación y la “dolce vita” que tanto cultiva. También influye un detalle mucho más prosaico: su constante esfuerzo por aparentar una elegancia que, a mi juicio, nunca termina de encontrar. Mocasines sin medias, bufandas de colores estrafalarios, combinaciones aún más estrafalarias, sombreros que solo vienen a cuento en su cabeza… En fin, bien reza el viejo refrán: «aunque la mona se vista de seda, mona se queda».

Que Abelardo de la Espriella sea un individuo construido a pulso y de un presunto buen gusto, a mi criterio, más que discutible, es apenas un detalle adicional que merece ser resaltado. La cuestión de fondo es otra: al igual que buena parte de la clase política colombiana —pese a que inicialmente asumiera la condición de “outsider”, con evidentes ansias de poder—, no escapa al perfil del fascista, del colectivista de manual y hasta del camandulero convenenciero; un demagogo más que se suma al ascenso inminente de la ultraderecha al Poder Ejecutivo a lo largo y ancho de la región, en los Estados Unidos y en algunos países europeos —algo francamente preocupante—. Lo llamo demagogo porque la célebre frase atribuida a Groucho Marx: «Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros», parece escrita a su medida. De la Espriella, el mismo que en repetidas ocasiones se presentó como alguien de “extrema coherencia”, ha demostrado que puede cambiar de opinión con la misma facilidad con que se pasa de una habitación a otra. No contento con ello, ha sostenido, sin el menor pudor, que «la ética no tiene nada que ver con el derecho», pues, según su punto de vista, el derecho constituye un sistema de normas destinado a regular la convivencia social, mientras que la ética corresponde al ámbito interno de la conducta personal; para el advenedizo, ambos pertenecen a órdenes distintos y no deben “confundirse” (¡dantesco!). De la Espriella insinúa —con la sutileza que lo caracteriza, desde luego— que episodios que solamente competen, a puerta cerrada, a sus rivales políticos pueden magnificarse al rango del desprecio, por más que sus lavaperros pretendan reducirlos a simples anécdotas.

Quien crea que exagero haría bien en contemplar la guerra que libran el uribismo y el abelardismo. Aproximadamente una década atrás, De la Espriella se proclamó más uribista que el propio uribismo; sin embargo, una vez conquistó el poder, su ecosistema digital emprendió una ofensiva sistemática contra el Centro Democrático y contra Álvaro Uribe, llegando incluso a instalar la absurda narrativa del supuesto «petrouribismo» a raíz de una votación en el Senado que, a tono con tantas otras en la historia parlamentaria, respondió a una coyuntura institucional y no a una alianza ideológica. No es casualidad. Los fascismos nunca toleran competidores dentro de su propio campo: necesitan absorberlos o destruirlos. De ahí que las barras bravas digitales del nuevo oficialismo hoy pretendan expulsar de la derecha a aquellos que, pocos meses antes, reivindicaban entre sus referentes naturales. Cambiaron los enemigos; no las prácticas. Cambiaron los destinatarios del linchamiento; no el linchamiento per se. El Centro Democrático podrá discrepar de Abelardo, pero jamás ha renunciado a compartir con él esa concepción tribal de la política en la que el adversario pasa de ser un contradictor a ser un enemigo al que hay que aplastar. Ahí reside, precisamente, el verdadero parentesco entre unos y otros.

Lejos de ser una anomalía, Abelardo de la Espriella es otro síntoma del profundo agotamiento institucional de Colombia y del modelo fascista sobre el que descansa nuestra vida pública. La manera en que edificó un patrimonio de legalidad, cuando menos, controvertida, no hace sino corroborarlo. En un país donde el poder es la principal fuente de riqueza, el mérito pasa a un segundo plano. Por eso, así como Iván Cepeda se sirve de mujeres, de mi población LGBTIQ+ y de otros sectores históricamente marginados para impulsar su proyecto político, De la Espriella recurre a militares en retiro e iglesias cristianas. Los rostros mudan; la lógica permanece. Colectivista que se respete requiere de una liturgia, una insignia y un símbolo que exhibir. Cepeda hizo del gesto de la mano en forma de corazón una contraseña ideológica; Abelardo aspira a revestir el saludo militar de idéntica carga simbólica. No les basta con envilecer las ideas; ahora pretenden apropiarse hasta de los gestos. ¡Hágame el HDP favor! Todos persiguen exactamente lo mismo: apoderarse del Estado para convertir el privilegio en política pública.

Si usted, querido lector, cree que mañana cesará la horrible noche, me temo que se equivoca. Colombia seguirá siendo ese plato incomible que se enfría sobre la mesa de un banquete sin fin: nadie logra disfrutarlo porque todos insisten en envenenarlo. Eso es, al final, lo único que producen los fascistas con quienes padecemos esta velada: un país extraordinario, condenado a doctrinas nefastas. En torno a esa tragedia —y al deber que recae en los liberales de verdad, no en los oportunistas ni en los que prostituyen nuestras ideas para escalar en política— versará el cierre de esta entrega.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Cristian Toro

Paisa hasta la médula, hoy abriéndose camino en México. Ingeniero electrónico por la Universidad Nacional de Colombia (sede Manizales) y especialista en Gerencia de Proyectos por la Escuela de Ingeniería de Antioquia (EIA). Profesor de matemáticas, física y estadística; lector empedernido por vocación, aristotélico por convicción y serio aspirante a novelista y autor.

Editor en Al Poniente (Colombia), columnista en Conexiones (México) y Founder & Chief Operating Officer (COO) de El Insubordinado. Colaborador de organizaciones como The Atlas Society y Language of Liberty Institute. Lo mueven el arte, la ciencia, la historia, la filosofía y la buena música: del rock a la salsa, con escalas frecuentes en el tango electrónico.

Cree en el individuo como punto de partida; en las ideas que incomodan; y en la libertad entendida no como consigna, sino como responsabilidad. Desde ahí piensa, siente, concibe y comunica.

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