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¿En qué momento comenzamos a creer que decir todo lo que pensamos constituye una virtud? ¿Desde cuándo la franqueza dejó de entenderse como una cualidad del carácter para convertirse en una licencia que parece justificar cualquier palabra? ¿Es realmente sincera una persona que hiere sin necesidad o simplemente ha aprendido a llamar honestidad a la falta de consideración?
En estos días, vemos que se está exaltando alegremente lo que denominamos como “autenticidad” y se nos anima constantemente a expresar lo que sentimos, a no callar nuestras inconformidades y a mostrarnos tal como somos. Esa invitación, en principio, resulta saludable, pues durante demasiado tiempo muchas personas aprendieron a ocultar sus pensamientos por miedo al rechazo o por el afán de complacer a los demás. Hoy en día, donde las certezas escasean y las oportunidades suelen ser dudosas, recuperar la libertad para expresar lo que pensamos es, incluso, una forma de reafirmar nuestra identidad. Sin embargo, como ocurre con casi todas las virtudes, cuando se pierde el equilibrio también se desdibuja su verdadero significado. La sinceridad deja, entonces, de ser una expresión de honestidad para convertirse en un permiso tácito para decir cualquier cosa, en cualquier momento y de cualquier manera.
Aquí el tema no es que, tal vez, hoy existan demasiadas personas sinceras, y de hecho la verbalización de lo que se piensa puede revelar exactamente lo contrario. Lo que supone haberse multiplicado no es la honestidad, sino la impulsividad y cada vez es más frecuente encontrar personas que reaccionan antes de reflexionar, que confunden espontaneidad con madurez y que convierten la ausencia de prudencia en un supuesto signo de autenticidad. Pareciera que, en materia de convivencia, bastara con decir lo primero que pasa por la mente para recibir el reconocimiento que antes se reservaba al juicio ponderado, como si cualquier exabrupto mereciera un indulgente “nada mal para ser un novicio”. La sinceridad exige carácter; la grosería, en cambio, apenas requiere impulso.
Aristóteles sostenía que la virtud suele encontrarse en el justo medio entre dos extremos igualmente perjudiciales. En un extremo se encuentra quien calla siempre por temor al conflicto, renunciando a expresar aquello que piensa aun cuando hacerlo resulte necesario; en el otro aparece quien convierte cada opinión en un proyectil, convencido de que la franqueza justifica cualquier forma de expresión. El primero dista de ser un modelo de virtud, pero tampoco merece la severidad con la que a menudo se le juzga; el segundo, en cambio, difícilmente puede presentarse como un mártir de la verdad cuando, con demasiada frecuencia, termina siendo responsable del daño que ocasionan sus propias palabras. Ninguno de esos extremos fortalece las relaciones humanas, pues el primero termina debilitando la confianza; y el segundo, erosionando el respeto.
Existe una profunda diferencia entre decir la verdad y saber decirla. Con frecuencia, olvidamos que la verdad y la forma de comunicarla pertenecen a dimensiones distintas. Una observación puede ser completamente cierta y, al mismo tiempo, innecesariamente cruel. Del mismo modo, una crítica puede convertirse en una oportunidad para crecer o en una herida difícil de olvidar. Marshall Rosenberg (2019), creador del modelo de Comunicación No Violenta, advertía que gran parte de los conflictos humanos no nacen de las diferencias de opinión, sino de los juicios, las descalificaciones y las etiquetas con las que solemos expresar esas diferencias. Comunicar con honestidad no consiste únicamente en decir lo que pensamos, sino en hacerlo de manera que el otro pueda comprender el mensaje sin sentirse atacado.
No deja de ser paradójico que dediquemos tanto tiempo a cuidar la presentación de un regalo y tan poco a envolver nuestras palabras. Es natural y entendible que, en determinadas circunstancias, el impulso nos invite a decir exactamente lo que pensamos; pero comprender esa reacción no equivale a justificarla. Somos conscientes de que una misma noticia puede comunicarse con sensibilidad o con brutalidad; sin embargo, cuando hablamos, solemos actuar como si el contenido bastara por sí solo y olvidáramos que las personas también recuerdan el modo en que fueron tratadas.
Por otra parte, la velocidad con la que circulan las opiniones ha favorecido respuestas inmediatas, comentarios mordaces y juicios categóricos que rara vez dejan espacio para la reflexión. Hoy pareciera que cualquier persona puede emitir un juicio sobre los demás y hacerlo en un santiamén, sin concederse siquiera el tiempo necesario para comprender aquello que pretende juzgar. Es como si la contundencia otorgara automáticamente la razón y que la cortesía fuese sinónimo de hipocresía. No son pocos quienes admiran a quien “dice las cosas de frente”, aunque ese gesto consista únicamente en humillar públicamente a otra persona. En este punto, la agresividad comienza a recibir el prestigio de la autenticidad y vemos cómo el político de turno es vitoreado por la efusividad en cómo dice las cosas, sin importar que lo que haya expresado sea incoherente o, inclusive, inverosímil.
El sociólogo Erving Goffman (2009) explicaba que toda interacción humana implica una permanente consideración por la imagen de los demás. La convivencia exige reconocer que nuestras palabras producen efectos y que preservar la dignidad del interlocutor constituye una condición esencial para cualquier relación duradera. La cortesía, lejos de representar una máscara social, funciona muchas veces como una forma de inteligencia relacional cuya estrategia es silente, pues no busca imponerse ni reclamar protagonismo, sino crear las condiciones para que el respeto haga posible la vida en comunidad.
A ello se suma una habilidad cada vez más escasa, conocida como la capacidad de gobernar nuestras propias emociones antes de permitirles gobernar nuestras palabras. Daniel Goleman (1996) señala que la inteligencia emocional no consiste en reprimir lo que sentimos, sino en reconocer nuestras emociones para impedir que sean ellas quienes decidan por nosotros. Quien habla bajo el dominio de la ira podrá tener, si se quiere, sus agravantes y sus atenuantes, pero difícilmente podrá declararse inocente de las consecuencias que producen sus palabras. Decir la verdad mientras estamos dominados por la ira suele parecer un acto de valentía; en realidad, con frecuencia no es más que una renuncia al autocontrol.
Mucho antes de que la psicología estudiara estas cuestiones, Confucio ya enseñaba que la rectitud debía caminar siempre acompañada del respeto y de la consideración hacia los demás. Para el pensador chino, la armonía social no dependía únicamente de la honestidad de las personas, sino también de la manera en que esa honestidad era puesta al servicio del bien común. Indudablemente, la verdad nunca fue concebida como una excusa para la humillación.
La honestidad jamás ha estado reñida con la amabilidad, así como la prudencia nunca ha sido una forma de falsedad. Quien ya se ha situado en las antípodas de nuestro pensamiento difícilmente cambiará de opinión si lo enfrentamos con desprecio; antes bien, encontrará en nuestra agresividad una razón adicional para aferrarse a sus propias convicciones. Después de todo, las personas verdaderamente sinceras no son aquellas que hablan sin filtros, sino aquellas que comprenden que las palabras poseen consecuencias y, precisamente por eso, eligen cada una de ellas con el mismo cuidado con que desearían que fueran elegidas las que habrán de dirigírseles.
Referencias
Goffman, E. (2009). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu.
Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Kairós.
Rosenberg, M. B. (2019). Comunicación no violenta: Un lenguaje de vida. Acanto.














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