La metafísica del fin: meditaciones sobre la muerte (III)

«Cuando uno se persuade de que es posible una vida sin otra justificación que la propia alegría, entonces todo lo demás se ve bajo una luz completamente diferente.»
— Andréi Taganov, uno de los protagonistas de “Los que vivimos”, de Ayn Rand

La muerte nos causa emociones y es, tal vez, el mejor ejemplo para entender cómo funcionan. Lo importante es comprender que las emociones surgen de las ideas que integramos en nuestra mente como buenas o malas. En sí, las emociones giran en torno a dos polos: el placer y el dolor; lo bueno y lo malo. La muerte sorpresiva de un ser querido casi siempre nos causa dolor. Nuestro sistema emocional interpreta que, dado que considerábamos a esa persona un valor para nuestras vidas, la emoción lógica al perderla es la tristeza y el dolor. Pero si nos confirman que no, que se equivocaron, la emoción es de alivio y hasta de alegría; ese ser querido, que es un valor para nosotros, no ha muerto. Lo mismo pasa con su equipo de fútbol; mire cómo primero asimila la idea y luego experimenta una emoción acorde. Esto es muy importante de comprender, pues nos permite concluir que, con trabajo previo, usted puede modificar y dirigir sus emociones.

Lo revelador de todo esto radica en que las emociones no nos prueban nada externo: solo son respuestas internas a un acto de valoración que se realiza consciente o subconscientemente.


NOTA: Esta es la tercera entrega de la serie. Puedes leer la primera parte AQUÍ y la segunda AQUÍ.


III: Segunda meditación — el origen de las emociones

Las emociones no son formas de aprender, a diferencia de los conceptos; menos aún, prueba de la existencia de algo externo. Lamentablemente para usted —si cree en Dios—, el que sienta la presencia de Dios en su vida no demuestra que este exista. Es solo una respuesta emocional a una idea que usted sostiene. Para decir que algo existe, debemos contar con una prueba autoevidente. De lo contrario, afirmar que existe Papá Noel sería igual de válido que decir que Dios existe. Porque solo unos pocos aseguran haberlo visto al “dejar de usar su mente”, reduciendo todo a un acto de fe donde uno debe, para colmo, “ser elegido”. Yo tengo fe de que Papá Noel existe; usted, de que Dios existe. La constatación histórica de la existencia de Jesucristo no demuestra la existencia de Dios. Existió un disidente judío que provocó revuelo en una determinada época; evidencia histórica que no ofrece el puente lógico —ni conceptual— para inferir que Dios existe.

¿A qué quiero llegar con esto? Si hemos visto que nosotros no podemos alterar la realidad únicamente con nuestras emociones, sin severas consecuencias para nuestra vida (usted no va a tomar un digestivo ni va a meditar si tiene una alergia, alegando que tiene la fe de que así va a frenar la alergia), decir que Dios existe y derivar de allí normas de conducta con la promesa de ver a nuestros seres queridos en el más allá y/o asumir la existencia de un más allá sin prueba alguna, nos lleva a tomar decisiones en esta vida que no son buenas para nuestra felicidad. La Biblia, en este lugar del mundo, es considerada por los creyentes como la palabra de Dios. En ese texto y en las prédicas de pastores y líderes religiosos se exhorta a las personas a sacrificarse en esta vida, para que en la siguiente sean recompensadas; “la felicidad de esta vida no se compara con la que viene”, repiten. El punto es que no hay una sola prueba de la existencia ni de Dios ni de otra vida. Entonces, en lo espiritual, usted está tomando un digestivo para frenar una alergia severa que puede costarle la vida.

De lo que sí tenemos prueba es que todo finaliza con la muerte. Al morir, uno cesa de existir; hasta el momento, es todo cuanto podemos tener por cierto. Debemos afirmar, por difícil que resulte, que uno no se va a encontrar con nadie en la otra vida, porque no existe otra vida. Todo acaba con el último suspiro. ¡A deja de ser A! Además, tenga en cuenta que la persona que usted conoció, que tenía una personalidad y una forma de ser, estaba cimentada en raíces biológicas. Por lo tanto, con la muerte, esas raíces biológicas desaparecen, lo que hace imposible que ese ser conserve su identidad y carácter. Se ha demostrado que, incluso en el caso del amor de una madre, si se daña una parte del cerebro, la madre puede perder el amor por sus hijos, a quienes antes amó con locura. Nótese lo duro y complejo de ello: es lo biológico lo que nos permite ser; ergo, sin lo biológico dejamos de ser lo que somos.

Ahora, ¿por qué vivir una vida de sacrificios cuando uno podría disfrutar su vida y construir su felicidad? La respuesta es simple: quienes quieren que usted sea ingenuo y apague su mente buscan someterlo a un sistema de parasitismo económico y psicológico —sentiría terror si dejara sus emociones a un lado y analizara racionalmente lo que sucede allí—. No existe ser más malvado que aquel que lo amenaza con no agraciar al “Padre” por no hacerle caso a él, más aún si usted no tiene prueba de que “el Padre” le hable a esa persona. Que esa persona haya tenido una buena racha de aciertos sobre algunos temas no es prueba de nada. Recuerde que, para constituir una prueba, algo debe ser autoevidente e incorporarse a una cadena conceptual de conocimiento que, más allá de ser sólida, sea verificable para cualquier ser humano.

En las próximas entregas nos ocuparemos de la humanización de lo metafísico, una cuestión cuya profundidad exige detenernos en ella antes de agotar este recorrido.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Gelo Wayar

Abogado, profesor universitario y ensayista. Catedrático de Sociología del Derecho y Filosofía del Derecho en la Universidad Privada Boliviana (UPB). Posee una Maestría en Derecho Empresario por la Universidad Austral (Argentina) y es becario del programa Ayn Rand University del Ayn Rand Institute.

En 2026, fue distinguido como Alumni del Año (Aldina Jahić Memorial) por The Atlas Society. Es miembro fundador de El Insubordinado y Coordinador Senior de SFL Bolivia (Students For Liberty). Su trabajo se centra en la intersección entre el derecho, la ética objetivista y los fundamentos racionales de la libertad.

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