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“Lo cierto es que, si queremos sobrevivir como algo más que consumidores, necesitaremos pensar en centros de formación y universidades que nos vuelvan a preparar para ser humanos y que no se dediquen solo a existir como empresas expendedoras de títulos”
Cada vez se vuelve más difícil escribir una columna en una era en que la gente todos los días lee menos y prácticamente delegó el hábito de la escritura en los modelos de lenguaje de las compañías de inteligencia artificial. Es más ahora un ejercicio de reflexión, en el que escribir se convierte en un acto casi irreverente ante la automatización generalizada del pensamiento.
En el último quinquenio salí a estudiar por fuera de Colombia en dos ocasiones: una en el periodo 2023-2024 y la segunda empezó hace tres meses y terminará el próximo año. Dos países nuevos, dos posgrados, cientos de personas nuevas en mi vida y con las que comparto algunos intereses comunes a pesar de que venimos de lugares diversos.
Pero hay algo que todos nosotros, sin excepción, compartimos: somos la primera generación de estudiantes internacionales en los tiempos en que la inteligencia artificial está pasando de herramienta revolucionaria a amenaza contra la humanidad y su propia inteligencia. En mi primera maestría, por allá en 2023, la IA tenía más o menos un año de haber sido lanzada al público. Parecía que facilitaría, pero a la vez eliminaría muchos trabajos. La mayoría de las personas no la entendían y la utilizaban como un motor de búsqueda. Hoy es prácticamente imposible ejercer un oficio sin intervención de la IA, no por falta de voluntad o pereza, sino porque ha coartado la naturaleza de las relaciones sociales humanas en menos de tres años y a lo largo de todo el planeta.
Hoy me siento en un salón de clases y veo como estudiantes de todos los continentes utilizan estas herramientas para hacer más “masticable” cada lectura y cada lección del profesor. Invertimos dinero, tiempo y esfuerzo por estar aquí, pero realmente lo que la universidad puede ofrecernos dentro del salón no justifica el precio de nuestras matriculas. Es una cruda realidad, pero es la realidad. Lo cierto es que estamos frente al fin de la alfabetización profunda y del humanismo si no se reforma el sistema educativo en todo el mundo.
A todas las personas que están pensando en salir a estudiar en el exterior, les diría que aun vale la pena gracias a las redes de contactos y a las invaluables experiencias que obtendrán. Es sin duda un privilegio poder experimentar otra cultura, conocer gente de todo el mundo y profundizar durante un año en aquellas materias que les interesan. Pero deben ser conscientes también de que la experiencia académica, como está pensada, tiene poco que ofrecer en el mundo de hoy y está muy lejos de ser la valiosa inversión económica que significaba hace unas décadas.
¿Sería entonces hora de pensar en novedosos centros de intercambio para relacionamiento público que permitan experimentar un oficio o una cultura nueva durante lo que hoy en día dura una carrera o un posgrado? ¿o es momento de reformar por completo el sistema educativo?
Pagar por la academia está quedando atrás, la universidad ya no se justifica como inversión ni como negocio (aunque sí como centro de investigación). Para el público general, podría pensarse como centro cultural y de prácticas para formar profesionales si la idea es mantener la universidad como modelo de negocio. O podría volver a sus raíces y pensarse más bien como establecimientos que promuevan el desarrollo y supervivencia de la inteligencia y el alma humana. En este segundo escenario, para que funcione, toda universidad debería prohibir de inmediato el uso de cualquier dispositivo salvo en aquellas materias que se propongan específicamente la enseñanza de cómo utilizar cada dispositivo y sus herramientas. Algo que ya han propuesto y ejecutado en países como Noruega o en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago.
Es angustiante, cuanto menos, haber nacido en una época en que los sistemas establecidos sufren revoluciones drásticas cada menos de cinco años. Es difícil para cualquiera afrontar el mundo cuando delega sus decisiones y sus pasiones en algoritmos. Lo cierto es que, si queremos sobrevivir como algo más que consumidores, necesitaremos pensar en centros de formación y universidades que nos vuelvan a preparar para ser humanos y que no se dediquen solo a existir como empresas expendedoras de títulos.














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