
«La vida del hombre, como requiere su naturaleza, no es la vida de un salvaje insensato, de un rufián saqueador o de un místico gorrón, sino la vida de un ser pensante; no la vida por medio de fuerza o fraude, sino la vida por medio de logros; no la supervivencia a cualquier precio, pues solo hay un precio que paga por la supervivencia del hombre: la razón.»
— John Galt, protagonista de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand
Como no hay vida sin muerte, no hay muerte sin vida. Son dos caras de una misma moneda: existencia orgánica. Tengamos en cuenta que los objetos que existen (los existentes) son de dos clases: los animados y los inanimados. Es claro, a esta altura de la vida, que la demarcación radica en la capacidad de inicio de movimiento autónomo que tienen los primeros. Una piedra no tiene esa capacidad; Margaret —mi ángel de cuatro patas— sí. En esa capacidad de iniciar acciones, ajena al movimiento causado por simple inercia, reside la condición de seres orgánicos que somos; en esencia, los existentes que actúan.
Es la muerte lo que le da valor a la vida. Si usted no pudiera morir, no tendría metas ni objetivos. Desde los más básicos: si no puede morir, no necesita comer. Hasta los más elevados: si no puede morir, no podría disfrutar de una Navidad soñada con los que ama, de un libro que impacte su ser o, peor aún, de la dicha de causarle placer a la persona que admira y ama. Es la muerte, esa sentencia a la no existencia que tenemos todos los seres orgánicos, la que genera lo bueno y lo malo, siendo la vida propia el estándar de valor que servirá de filtro para ello.
NOTA: Esta es la segunda entrega de la serie. Puedes leer la primera AQUÍ.
II: Primera meditación — la realidad es la realidad
Hay un aspecto medular para poder pensar en la muerte: la consciencia humana. Es, en gran parte, ese aspecto ontológico del ser humano el que nos hace humanos y nos diferencia de los demás animales y seres orgánicos. Cuando Aristóteles hizo la distinción entre accidente y sustancia, nos abrió la puerta a un rasgo fundamental de la naturaleza de la consciencia humana. Luego, Ayn Rand, con su brillante teoría de los conceptos, logró verbalizar una teoría del conocimiento que, muy alejada de las atrocidades del posmodernismo, nos permite comprender la realidad.
Aristóteles, el recordado “jefe de los peripatéticos”, estableció que un existente se encuentra compuesto por elementos de las dos clases antes mencionadas: los accidentes y la sustancia. Accidente será todo aquello que pertenece a ese existente, pero sin lo cual ese existente sigue siendo lo que es; en cambio, la sustancia es aquello sin lo cual ese existente no podría ser lo que es. Así define al hombre como un animal racional; en él, los pies, las manos y hasta el pelo son accidentes, mientras que nuestra consciencia con capacidad de razonamiento constituye nuestra sustancia.
Rand, por su parte, no solo planteó que la unidad mínima de conocimiento es el concepto, sino que esa unidad mínima se articula a partir de una estructura de otros conceptos que, en sus primeros principios, son autoevidentes. De lo contrario, ese concepto es inválido. Disponemos, entonces, de una cadena conceptual que nos ayuda a corroborar que la información contenida en ese concepto corresponde a la realidad o no. Los conceptos nos sirven para conocer dimensiones de la realidad por medio de símbolos conocidos como palabras; en estos se puede reunir una cantidad muy grande de información de manera unívoca. Ello nos habilita para ahorrar esfuerzo cognitivo y continuar avanzando en el descubrimiento de nuevos ámbitos de la realidad. Todo, fundado en la ley de la identidad: A es A; simultáneamente, A no puede ser A y B. Por ejemplo, si afirmamos: “El Papa está muerto”, estamos diciendo que un ser humano, al que identificamos en calidad de “Papa de la Iglesia Católica”, ha perdido su vida; de este modo, debemos conocer qué es un Papa, qué es la vida y qué es la muerte. Comprendido esto, recién podemos entender lo que se quiere transmitir a través de ese conjunto de símbolos. No podríamos entender que murió el presidente de Francia por la palabra “Papa”, de la misma forma que no podemos entender “morir” por “bailar”. Los conceptos nos facultan para discernir, mediante una regresión conceptual hasta lo autoevidente, que lo que decimos es cierto o no. Si el Papa murió, podremos ver el cadáver sin vida del que solía ser el Papa. Y véase que en ese posible escenario también corroboramos el concepto de “ser humano”: la falta de consciencia y funcionamiento de la mente del Papa es lo que hace a esa persona no persona, no su cuerpo.
Lo planteado por Rand nos proporciona un criterio para comprobar que nuestro conocimiento es cierto, sobre todo con los conceptos más complejos que no son autoevidentes; a saber, democracia, libertad y demás. Por lo tanto, al hablar de “estar vivo”, nos referimos a una determinada condición que, en efecto, es autoevidente. Un ser vivo posee la capacidad de moverse: de generar movimiento de manera autónoma respecto del resto de existentes. Si observamos a esos seres vivos actuar, nos daremos cuenta de que existen distintas clases de seres, donde el pensamiento, la abstracción y la consolidación de conceptos son facultades propias y exclusivas del ser humano. Solo una persona puede almacenar información a través de conceptos. Así, la consciencia humana se diferencia del resto de animales con consciencia por su capacidad de planificar el futuro y recordar el pasado valiéndose de los conceptos, por más lejano que este sea.
El lenguaje tiene la función de comunicar información, entendiendo que el ser humano puede sobrevivir únicamente usando su mente. Es decir, únicamente puede sobrevivir cuando adquiere el conocimiento necesario para subsistir… y para ello requiere su mente. Nosotros, los humanos, nos encontramos condenados a respetar la realidad tal cual es; no podemos ignorar las dimensiones de la realidad, ya que ello nos llevaría inminentemente a cometer un error: uno capaz de costarnos la vida. Entre un hongo venenoso y un hongo no venenoso es el conocimiento el que va a salvarnos. Siempre ocurre en todos los aspectos de nuestro paso por el mundo. Que la humanidad haya alcanzado tal estado de bienestar y que podamos sobrevivir por inercia, no significa que podamos evitar las consecuencias de no pensar y no adquirir conocimiento; si bien podremos preservar la vida viviendo parasitariamente de alguien más, es la felicidad la que vamos a perder… y nos vamos a condenar a destellos momentáneos de alegría que no alcanzan a ser felicidad.
La felicidad es el estado mental y emocional de la dicha no contradictoria. Consiste en que nuestras emociones se encuentran programadas de forma coherente con las ideas que sostenemos como convicciones y actuamos conforme a estas; aquellas nos premian. Ergo, nos autocompensamos.
En la próxima entrega examinaremos el eco más profundo que la muerte despierta en nosotros: las emociones… desentrañarlas será el siguiente paso en este recorrido.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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