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“Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el mando. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él a mandarlo; de donde se originan la usurpación y la tiranía.”
Simón Bolívar (Discurso de Angostura)
Vladimir Putin llegó al poder el 31 de diciembre de 1999. Durante lo que va del siglo XXI, los rusos no han conocido a ningún otro gobernante. Incluso entre 2008 y 2012, cuando Dmitri Medvédev ejerció de títere presidencial mientras Putin asumía como primer ministro, el control nunca cambió de manos. Para todos los efectos, Putin ha actuado como un zar de los tiempos modernos y, gracias a las reformas constitucionales hechas a su medida, podría permanecer en el cargo hasta el año 2036; un periodo más largo que el de cualquier zar en la historia de Rusia.
Sin embargo, la ambición del tirano ruso se estrella hoy contra el barro ucraniano. Lo que Putin anunció como una “operación especial” de siete días se ha transformado en un conflicto de más de cuatro años. Su popularidad comienza a sufrir un declive innegable, incluso dentro de las cifras maquilladas por el régimen (72,3% en nivel de confianza y 66% de aprobación gubernamental).
En una entrevista para la revista The Economist, Andrey Melnichenko —uno de los hombres más ricos de Rusia— afirmó que “tras la convulsión política en Ucrania en 2014, Rusia intervino y 8 años después, Rusia actuó en 4 regiones más”. Técnicamente, el planteamiento de Melnichenko es un craso error: desde el primer día, el objetivo central fue derrocar al gobierno en Kiev y tomar el control del país. Fue la feroz respuesta ucraniana la que obligó a los rusos a replegarse y atrincherarse en esas cuatro regiones que hoy apenas controlan a medias.
En lo que va del año, ganar tan solo un kilómetro cuadrado le cuesta al ejército ruso alrededor de 2.300 bajas. Los jóvenes huyen del país para evitar el reclutamiento y la búsqueda de tropas de recambio es cada día más compleja.
Con una economía de guerra desmoronada, Putin se encuentra en una encrucijada crítica: aceptar la humillación de la derrota o arriesgarlo todo mediante el uso de armamento nuclear o convocar a una movilización general.
La doctrina nuclear rusa, publicada en 2020, establece que Moscú podrá usar su arsenal ante una amenaza a la existencia del Estado. Rusia posee más de 5.000 ojivas nucleares, de las cuales 1.500 están activas y operativas. En el papel, la ambigüedad de lo que constituye una “amenaza a la existencia” le permitiría al Kremlin justificar un ataque, más aún cuando los drones ucranianos golpean sus refinerías estratégicas y atacan la propia capital.
Si Rusia decidiera emplear dicho arsenal, los analistas concuerdan en que comenzaría con armas tácticas en zonas remotas del campo de batalla para presionar la rendición de Kiev; un ataque directo a grandes ciudades al inicio agotaría las bazas de negociación. Sin embargo, esta opción choca con un obstáculo insuperable: su principal socio comercial y sostén internacional, China. En 2022, Xi Jinping fue enfático al señalar que “las armas nucleares no pueden usarse y las guerras nucleares no pueden librarse”. Para un Kremlin que depende cada vez más de Pekín —asumiendo casi un rol de estado vasallo—, desafiar la doctrina nuclear de China implica un riesgo geopolítico inasumible.
La alternativa que le resta a Putin es la movilización general. No obstante, cuando convocó a una movilización parcial, las protestas estallaron en las principales ciudades dejando miles de detenidos. En teoría, reclutar a millones de hombres le permitiría intentar aplastar a Ucrania por pura saturación numérica.
El problema de esta estrategia radica en la logística: la táctica ucraniana se ha enfocado en destruir camiones, convoyes, depósitos y refinerías. Si el régimen no logra abastecer a las tropas actuales, ¿cómo pretende alimentar, equipar y mover a millones de reclutas nuevos?
Hoy, Rusia envía al frente a unos 30.000 soldados al mes, cifra que equivale al número de bajas que produce el ejército ucraniano en ese mismo periodo. Según reportó el diario The Independent el 1 de julio de 2026, los soldados rusos sobreviven en promedio apenas 20 minutos al llegar al frente debido a la precisión de los ataques con drones.
Lanzar una movilización general solo significaría enviar a cientos de miles de jóvenes sin entrenamiento adecuado a una carnicería apresurada por la “Madre Rusia”; a pelear una guerra que no iniciaron y en la que no tienen nada que ganar. Como decía el poeta Paul Valéry: “La guerra es una masacre de personas que no se conocen, en beneficio de personas que se conocen pero no se masacran”. O en palabras del as de la aviación alemana Erich Hartmann: “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”.
20 minutos. Eso es lo que dura la vida de un soldado ruso al pisar el frente. ¿Es esta la apabullante victoria que celebran los defensores del régimen en el mundo? ¿Es este el modelo de sociedad a seguir? ¿Es este el líder intachable que los adictos al comunismo alaban?
El mundo sería un lugar infinitamente mejor si tiranos como Putin, Kim Jong-un, Díaz-Canel, Ortega y Xi abandonaran la doctrina que más muertes ha traído en la historia de la humanidad. Tan poco les importa la vida de sus ciudadanos a esos tiranos que están dispuestos a sacrificar a una generación entera y dinamitar el futuro de sus propias naciones por mero capricho ideológico y, en el caso de Putin, por el espejismo de erigirse como el nuevo Zar de todas las Rusias.













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