El privilegio de enseñar: un destino que empezó en las aulas del Politécnico ASDI

El 31 de julio de 2024 estaba frente a una situación extraña. Preparaba la primera clase de mi vida mientras me hacía una pregunta inevitable: ¿será realmente este mi lugar? Venía de más de una década en el ritmo convulso de la política y, de pronto, el destino me alejaba de esas arenas para ponerme frente a un escenario desconocido: un salón de clases. Sentía el peso y la responsabilidad de compartir lo que había aprendido en el camino.

No eran nervios de principiante; era más bien la sorpresa de verme ahí, analizando la serie de eventos que me habían llevado hasta ese punto. Sin embargo, en cuanto la puerta se abrió en el Politécnico ASDI y los estudiantes empezaron a entrar, las dudas se disiparon.

Ahí estaban los primeros rostros de esta historia. Personas con las que, desde el primer minuto, sentí una conexión que ni yo mismo esperaba. Muy pronto me di cuenta de que enseñar no va de soltar datos o fórmulas; se trata de conectar con la gente, con su calidez, su entrega y la valentía con la que le hacen frente a las exigencias que les pones enfrente.

Ese día me cambió. Entendí que enseñar estaba en mis venas y que mi alma inconforme había encontrado por fin un espacio libre de velos para ser y dejar ser.

Pero exigir en el aula no siempre es cómodo. Comprendí que enseñar también significa incomodar. Imponer disciplina, corregir errores y pedir un poco más cuando el estudiante cree que ya dio todo. No siempre gusta, pero muchas veces es ahí donde comienza el aprendizaje. A veces implica ver a alguien temblar en una exposición o frustrarse en el intento, pero nada se compara con la satisfacción de mirar esos mismos rostros, tiempo después, con la tranquilidad de quien sabe que con esfuerzo, sudor y lágrimas, alcanzó el objetivo.

Con los semestres algunos se graduaron y otros llegaron, pero el efecto fue el mismo: un deseo firme de enseñar y, sobre todo, de dejarme enseñar.

Le agradezco al Politécnico ASDI la oportunidad y la confianza para abrirme este espacio. Pero, sobre todo, a mis estudiantes. Si no hubiera sido por ellos, tal vez jamás habría encontrado en la docencia una pasión desbordada y una razón clara para dejar algo de mí en el mundo.

Aquel 31 de julio no solo dicté una clase: descubrí una vocación. Enseñar es un privilegio, pero aprender de quienes se forman con uno es la verdadera recompensa.

César Augusto Betancourt Restrepo

Soy profesional en Comunicación y Relaciones Corporativas, Máster en Comunicación Política y Empresarial. Defensor del sentido común, activista político y ciclista amateur enamorado de Medellín.

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