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Hay algo que me preocupa profundamente de la política colombiana: parece que vivimos obsesionados con el presente. Cada semana surge una nueva polémica, un nuevo enfrentamiento o una nueva discusión que domina las redes sociales, los medios de comunicación y el debate público. Durante unos días el país entero gira alrededor de ese tema, hasta que aparece otro y volvemos a empezar. Mientras tanto, una pregunta mucho más importante permanece en silencio: ¿quién está pensando en la Colombia de 2040?
Porque da la impresión de que nuestra política fue diseñada para la próxima elección y no para la próxima generación. Los gobiernos cambian, las ideologías cambian y los discursos cambian, pero los grandes problemas del país siguen esperando soluciones definitivas. La seguridad toma una dirección distinta según el gobierno de turno, la educación se convierte en un escenario de disputa política y la economía avanza o retrocede dependiendo de decisiones que muchas veces responden más a las urgencias del presente que a una visión nacional de largo plazo.
Y esa es quizás una de las mayores debilidades de Colombia. No hemos logrado construir un proyecto de país que sobreviva a los gobiernos. Mientras otras naciones discuten cómo prepararse para los próximos veinte años, cómo fortalecer su competitividad o cómo convertir la educación en una herramienta de desarrollo, nosotros seguimos atrapados en debates que debieron resolverse hace décadas. Seguimos preguntándonos quién controla partes del territorio nacional, seguimos enfrentando problemas de seguridad que limitan el desarrollo de regiones enteras y seguimos permitiendo que discusiones ideológicas ocupen el espacio que debería estar reservado para pensar el futuro.
Ningún país construye prosperidad mientras sigue discutiendo quién ejerce la autoridad dentro de sus propias fronteras. Ninguna economía alcanza su máximo potencial cuando la incertidumbre reemplaza la confianza. Ninguna sociedad puede concentrarse plenamente en innovar, crecer y competir cuando todavía debe enfrentar desafíos que afectan su estabilidad más básica. La seguridad no es un asunto secundario ni una discusión exclusiva de ciertos sectores políticos. Es el punto de partida de todo lo demás. Sin seguridad no hay inversión, sin inversión no hay crecimiento sostenible y sin crecimiento resulta imposible generar las oportunidades que millones de colombianos esperan.
Pero la Colombia de 2040 no dependerá únicamente de la seguridad. También dependerá de las decisiones que tomemos hoy en educación. Mientras el mundo avanza hacia economías cada vez más competitivas y tecnológicas, Colombia sigue sin alcanzar consensos duraderos sobre cómo formar a las próximas generaciones. Cada gobierno llega con una nueva visión, una nueva reforma o prioridad, pero el país sigue sin construir una estrategia educativa que trascienda los periodos presidenciales. La consecuencia es evidente: seguimos hablando de reformas temporales cuando deberíamos estar hablando de una visión nacional para las próximas décadas.
Lo mismo ocurre con la economía. Con frecuencia el debate se concentra en discusiones ideológicas mientras se deja en segundo plano una pregunta fundamental: ¿cómo vamos a generar más riqueza, más empleo y más oportunidades para los colombianos? Porque ningún país supera la pobreza distribuyendo expectativas. Los países progresan cuando crean condiciones para producir, invertir, emprender y crecer. Sin embargo, gran parte de nuestra discusión política parece enfocarse más en las disputas del presente que en la construcción de una economía capaz de sostener el futuro.
Y quizás ahí aparece otro de nuestros grandes problemas. La política colombiana parece cada vez más concentrada en derrotar al adversario que en construir un proyecto de nación. Gobierno y oposición se enfrentan diariamente. Izquierda y derecha convierten cada debate en una batalla. Las redes sociales amplifican la confrontación y premian las reacciones inmediatas. En medio de ese ruido, las preguntas verdaderamente importantes terminan relegadas. Discutimos quién ganó la discusión del día, pero muy pocas veces discutimos qué país queremos ser dentro de quince años.
No se trata de eliminar las diferencias. Las democracias necesitan debate, oposición y contraste de ideas. Lo preocupante es cuando la polarización consume toda la energía nacional y deja de existir una conversación seria sobre el futuro. Porque llegará el año 2040. Y cuando llegue, no viviremos las consecuencias de los discursos que pronunciamos hoy. Viviremos las consecuencias de las decisiones que tomamos —o de las decisiones que no fuimos capaces de tomar— cuando todavía estábamos a tiempo.
Mi generación heredará esa Colombia. Heredará la seguridad que logremos construir o la inseguridad que permitamos crecer. Heredará la educación que decidamos fortalecer o la que dejemos rezagada. Heredará la economía que seamos capaces de desarrollar o el estancamiento que decidamos ignorar. Por eso la pregunta sigue siendo tan incómoda como necesaria: ¿quién está pensando en la Colombia de 2040?
Colombia vale demasiado para seguir siendo administrada con una visión de cuatro años. El verdadero desafío no es ganar las próximas elecciones. El verdadero desafío es construir un país que siga avanzando cuando esas elecciones ya sean parte de la historia. Porque las naciones que progresan no son aquellas que cambian de rumbo cada cuatro años, sino aquellas que construyen objetivos capaces de sobrevivir a los gobiernos. Y quizás ha llegado el momento de que Colombia deje de preguntarse únicamente quién gobernará mañana y empiece, por fin, a preguntarse qué país quiere ser en el futuro.













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