
Marsha P. Johnson no inició el levantamiento de Stonewall. El uso anacrónico de la expresión “trans” para describirla tampoco la honra: le impone una identidad que ella misma no reclamó. Sylvia Rivera, aunque sí estuvo más cerca del activismo trans en sentido contemporáneo, tampoco fue iniciadora de dicho levantamiento.
Sé que para muchas personas estos hechos pueden resultar incómodos. El mito de Marsha como iniciadora trans y racializada del movimiento LGBTIQ+ actual funciona a modo de contrapeso simbólico contra el activismo TERF y contra la invisibilización de las personas trans dentro de la propia historia queer. La intención política es comprensible, pero el resultado es deshonesto con la historia y termina faltándole el respeto a las activistas que realmente estuvieron allí. Eso, paradójicamente, también es una forma de invisibilización.
Lo que sigue es un intento de reconstruir lo que sí ocurrió esa noche en Nueva York, qué ocurrió en Chile cuatro años después y por qué la diferencia entre ambos casos importa.
Para entender por qué Stonewall fue lo que fue, conviene detenerse antes en el aparato legal que lo hizo posible, porque sin ese contexto, la noche del 28 de junio queda flotando sin anclaje histórico en vez de ser la respuesta lógica a un sistema concebido para humillar a las personas LGBT rutinariamente.
En 1969, las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo eran ilegales en casi todos los Estados de la Unión, incluido Nueva York. Vestirse con ropa asociada al “sexo opuesto” igualmente era ilegal, pese a que la base jurídica de esto último era curiosamente turbia. La policía neoyorquina invocaba lo que en círculos LGBT se conocía como la “regla de los tres artículos” o “three-article rule”: un código no escrito según el cual una persona debía portar al menos tres prendas correspondientes a su sexo asignado al nacer para no ser arrestada por travestismo. Investigaciones históricas posteriores establecieron que ese código numérico nunca fue ley formalmente. Lo que existía era una ley de 1845 contra “máscaras y disfraces en la vía pública”, originalmente pensada para perseguir a granjeros que se vestían de pueblos originarios para evadir impuestos, que la policía adaptó durante el siglo XX para arrestar a personas queer y trans.
El servir alcohol a personas homosexuales podía llegar a ser causal para revocar la licencia de un bar, por lo que prácticamente ningún establecimiento legal aceptaba clientela abiertamente LGBT. El Stonewall Inn operaba en ese vacío: era un bar regenteado por la familia Genovese de la mafia italoamericana, sin licencia de alcohol válida, que sobrevivía pagando sobornos a la policía. La mafia toleraba a la clientela queer porque era rentable y al mismo tiempo extorsionaba a clientes acomodados amenazando con exponer su orientación sexual. Además de un refugio, era una trampa estructural sostenida por la complicidad entre la policía corrupta y el crimen organizado.
Las redadas eran rutinarias. La policía ingresaba, encendía las luces, separaba a las personas conforme a su sexo, verificaba documentos y arrestaba a quienes no cumplían con la “regla de los tres artículos”. La práctica habitual implicaba registros genitales de personas consideradas sospechosas de travestismo, realizados por agentes mujeres en baños o salas separadas. Esto debe nombrarse sin mojigatería: era una práctica de humillación corporal sistemática, ejercida por el Estado contra personas pobres, racializadas, queer y trans, en un país que simultáneamente libraba la guerra de Vietnam y reprimía al movimiento por los derechos civiles.
La madrugada del 28 de junio de 1969 fue particularmente brutal incluso para los estándares acostumbrados. Por ello, las personas que estaban adentro del Stonewall esa noche decidieron no aceptar el guion.
El altercado se desencadenó cuando la policía intentó subir a Stormé DeLarverie a un patrullero. Y hay que aclarar quién fue DeLarverie, porque el mito de Stonewall como “levantamiento de personas trans racializadas” no solo se equivoca sobre la identidad de las protagonistas: también borra que la instigadora más probable sí era racializada, sí enfrentaba violencia interseccional y sí desafiaba normas de género, pero partiendo de un lugar distinto al que el mito le asigna.
Stormé DeLarverie nació en 1920 en Nueva Orleans, hija de una madre afroamericana que era empleada doméstica y un padre blanco. Creció birracial en el sur de los Estados Unidos bajo las leyes Jim Crow, en un entorno donde la violencia racial cotidiana se sumaba al rechazo por su lesbiandad y su estilo y vestimenta masculinos. Fue maestra de ceremonias del Jewel Box Revue por 14 años, una compañía itinerante de impersonadores femeninos donde ella era el único drag king, llevando ese espectáculo a públicos integrados a lo largo del país en los años cincuenta y sesenta —lo que no era trivial en un Estados Unidos todavía formalmente segregado—. Era una lesbiana butch negra que por décadas se vistió de hombre, viajó por el país en ese registro y resistió la violencia racial y homofóbica desde su mismo cuerpo.
Esa noche, múltiples testigos coinciden en que el forcejeo de DeLarverie con la policía fue el catalizador que movilizó a la multitud. Un oficial la golpeó en la cabeza con un bastón policial. Ella, esposada, se giró hacia los presentes y, según varios relatos, gritó: «¿No van a hacer nada?». El altercado escaló rápidamente hasta convertirse en una protesta masiva que duró varios días… y el resto pertenece a la historia que ya conocemos.
¿Dónde estaban Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera mientras esto sucedía? Marsha lo dijo ella misma en entrevistas posteriores: llegó al Stonewall alrededor de las dos de la mañana, cuando “el lugar ya estaba en llamas y la redada ya había comenzado”. Sylvia Rivera dormía en una banca de un parque y fue Marsha quien fue a buscarla al enterarse de la insurrección. Ambas participaron activamente en las jornadas siguientes. Marsha está documentada arrojando piedras, gritando consignas, sosteniendo el conflicto durante días; no obstante, ninguna de las dos fue la persona que convocó al levantamiento ni estuvo en sus momentos detonantes.
Aquí la cuestión se vuelve más delicada y conviene proceder con cuidado, porque la expresión “trans” se usa hoy con un sentido que en 1969 no existía de esa manera.
Marsha P. Johnson se identificaba a sí misma como drag queen, gay, travesti y usaba la palabra “queen” para nombrarse. En distintas entrevistas alternó entre pronombres femeninos y masculinos al referirse a su propia persona. El vocablo “transgender” comenzó a popularizarse recién en los años noventa, tras su fallecimiento en 1992, y no hay evidencia de que Marsha recurriera a él para definirse. Llamarla “trans” en sentido contemporáneo no le devuelve dignidad: le impone una categoría identitaria que ella nunca reclamó. Y eso, en términos estrictos, es lo mismo que si alguien esgrime el sexo biológico de nacimiento contra una persona trans actual: es imponer una identidad ajena a la que ella reivindicaba.
Sylvia Rivera es un caso más complejo. Su identidad de género femenina era más estable y declarada que la de Marsha. Fue cofundadora de Street Transvestite Action Revolutionaries (STAR, que años después se renombró Street Transgender Action Revolutionaries) y a lo largo de su vida adoptó un activismo cada vez más cercano a lo que en retrospectiva denominaríamos trans. Decir categóricamente que “Sylvia no era trans” sería tan anacrónico como afirmar que sí lo era. Lo más honesto que se puede decir es que Sylvia ocupaba un espacio que, traducido al vocabulario vigente, probablemente calificaríamos de trans, pero que en su época no se entendía así.
El punto que me interesa subrayar es otro: Marsha y Sylvia fueron activistas de verdad, importantes y valientes. Cofundaron STAR. Acogieron a jóvenes trans y travestis sin hogar en Nueva York en la década de los setenta. Marsha fue una de las voces más visibles en el activismo contra el VIH antes de su muerte. Ese trabajo no necesita ser embellecido con un mito fundacional sobre Stonewall para tener valor. De hecho, embellecerlo con ese mito tiene un efecto contrario al deseado: las hace ver necesitadas de un certificado de origen para ser reconocidas, cuando su activismo concreto y ampliamente documentado ya es suficiente.
El revisionismo histórico que ubica a Marsha como la iniciadora trans de Stonewall no surge de la nada ni de un solo lugar. Tiene una genealogía rastreable que es útil reconstruir, porque entender cómo se difundió ayuda a dar luces de por qué se volvió tan resistente a la corrección factual.
Durante las décadas posteriores a Stonewall, ni Marsha ni Sylvia fueron figuras centrales de la interpretación dominante del levantamiento. Eso, per se, era una objeción válida: ambas habían sido activistas relevantes, ambas habían cofundado STAR, y el movimiento gay mainstream de los setenta y ochenta, cada vez más enfocado en estrategias de respetabilidad y asimilación, las marginó sistemáticamente. Sylvia fue abucheada en el Christopher Street Day de 1973 cuando intentó hablar sobre las travestis sin hogar. Marsha vivió en la pobreza, ejerció el trabajo sexual y murió en 1992 en circunstancias todavía no resueltas, sin que su muerte recibiera la atención que habría recibido la de una figura hegemónica. Esa exclusión es plenamente demostrable.
A partir de los años 2000, y con más fuerza después de 2010, cristaliza un esfuerzo genuino por recuperar sus legados. Janet Mock las nombra en su memoria de 2014: Redefining Realness. El documental Pay It No Mind: The Life and Times of Marsha P. Johnson se estrena en 2012. La activista, historiadora y cineasta Reina Gossett, quien es además una mujer trans negra, dedica años a investigar el archivo de Marsha y Sylvia y a producir material sobre ellas. El cortometraje Happy Birthday, Marsha! se estrena en 2017. Hasta acá, el trabajo de recuperación es legítimo: visibilizar a dos referentes clave que el canon mainstream había marginado.
El punto de inflexión llega en octubre de 2017, cuando Netflix estrena The Death and Life of Marsha P. Johnson, dirigido por David France. El film documental alcanzó audiencias millonarias e instaló a Marsha en el corazón del relato de Stonewall en el imaginario global, pero a un costo importante: Reina Gossett acusó públicamente a France de haber tomado su trabajo de investigación previo sin crédito ni compensación adecuada, una controversia extensamente registrada en LA Times y otros medios. Más importante para nuestra discusión: el film documental, en su esfuerzo por enaltecer a Marsha, contribuyó a consolidar atribuciones que el propio testimonio de Marsha contradice. Marsha es presentada como “veterana de Stonewall” en un sentido que sugiere protagonismo iniciador, a pesar de que ella misma dijo en entrevistas que llegó horas más tarde del comienzo de la redada.
Desde 2017, el mito se difundió con velocidad de meme. Redes sociales, contenidos virales en el marco del mes del Pride, paneles educativos en universidades y columnas de opinión en Rolling Stone, Forbes y The New York Times (este último rectificó en 2020 una afirmación previa sobre “mujeres trans racializadas” liderando Stonewall) repitieron la fórmula “Marsha P. Johnson, mujer trans negra, lanzó el primer ladrillo en Stonewall e inició el movimiento LGBT moderno”. Cada repetición fortaleció el mito. La frase se volvió consigna. Aparecer cuestionándola pasó a ser señal de transfobia o de complicidad con la derecha, lo cual cerró el espacio para la corrección factual, incluso entre quienes enarbolan las banderas del activismo trans y conocen la evidencia histórica.
A esto se suma otro factor estructural: el avance del activismo TERF, específicamente en el mundo anglosajón. Frente al discurso que niega legitimidad histórica y social a las personas trans, la respuesta política intuitiva fue erigir una contranarrativa que afirmara presencia trans en el germen del movimiento. La operación tiene sentido emocional. Sin embargo, a nivel intelectual lo que produce es reemplazar evidencia histórica por un constructo políticamente conveniente. Es exactamente la misma operación que el revisionismo conservador hace en otras direcciones y debería incomodarnos en ambos casos.
El problema es que la aplicación de una invisibilización a través de la fabricación de un mito histórico produce, a su vez, una nueva exclusión. Para sostener que Marsha fue iniciadora hay que mover a Stormé DeLarverie del centro a los márgenes; para sostener que Stonewall fue iniciado por personas trans hay que pasar por alto que los protagonistas esa noche fueron, según la mayoría de las fuentes, una lesbiana butch negra, un grupo de hombres gay y algunas drag queens y travestis que llegaron luego. El relato interseccional perfecto requiere borrar a las personas reales que protagonizaron el evento, reproduciendo exactamente la operación que dice combatir.
Hay un detalle del propio acrónimo que deberíamos examinar, porque conecta directamente con esta estrategia de borrado.
El orden actual de LGBT no es el original. En los años setenta y ochenta el orden más común era GLBT, con la “G” de gay al inicio. El paso de GLBT a LGBT se consolida desde fines de los ochenta y a lo largo de los noventa, y uno de los factores mejor documentados del cambio es el rol que las lesbianas desempeñaron durante la crisis del VIH. Mientras los hombres gay morían en masa y muchas instituciones médicas se negaban a tratarlos, fueron las lesbianas quienes organizaron redes de cuidado, donaron sangre, mantuvieron hospitales improvisados y acompañaron a moribundos abandonados por sus familias. No es la única razón del cambio, aunque es una de las principales; también pesó el cuestionamiento del sexismo dentro del propio movimiento y la visibilidad creciente del activismo feminista lésbico.
Esto trasciende por dos motivos. Primero, porque el rol de las lesbianas en el origen del movimiento LGBT estadounidense no fue tangencial. Stormé DeLarverie en Stonewall y las redes lésbicas en el marco de la crisis del VIH son dos puntos de la misma línea histórica, y reescribir Stonewall como un “levantamiento trans liderado por mujeres racializadas” borra a las lesbianas dos veces: de entrada, del momento iniciador, y después de la posibilidad de reclamar el papel clave que el propio acrónimo les reconoce.
Segundo, porque la operación intelectual que perpetúa el mito Marsha-Stonewall es equiparable a que mañana se permita borrar a las lesbianas de otros espacios. Si la historia se puede reescribir cuando conviene políticamente, no hay razón para que mañana no se reescriba de otra manera. La protección del registro histórico, inclusive si incomoda, es lo que protege a todas las disidencias por igual.
Lo que sí existió ocurrió en Chile y debe contarse por contraste, porque es algo que la historia de mi país conoce poco y nadie debería olvidar.
El 22 de abril de 1973, en plena Plaza de Armas de Santiago, durante el gobierno de la Unidad Popular, alrededor de 50 personas se manifestaron públicamente exigiendo el fin del acoso policial y derechos civiles para homosexuales. Fue la primera manifestación LGBT en la historia de Chile y una de las primeras en América Latina. La organizadora, apodada “La Gitana”, era una travesti de 26 años que ejercía la prostitución y la lectura de manos en la plaza. Además participaron, entre otras: “La Raquel”, “La Eva”, “La Larguero”, “La Romané”, “La José Caballo”, “La Vanesa”, “La Fresia Soto”, “La Confort”, “La Natacha” y “La Peggy Cordero”. Eran travestis, trabajadoras sexuales, personas de estratos populares hartas de las redadas, golpizas, cortes forzados de cabello y detenciones por “ofensas a la moral” por parte del Estado.
La prensa de todo el espectro político las trató con saña. El Clarín, periódico abiertamente de izquierda y de gran circulación, tituló “Colipatos piden chicha y chancho”. La revista VEA habló de “fenómenos” que querían casarse. Ningún sector de la sociedad chilena, ni siquiera el progresista, defendió esa manifestación.
Cinco meses después llegó el golpe militar y el activismo se replegó a la clandestinidad. En medio de la dictadura, la vida disidente se concentró en espacios nocturnos, especialmente en Fausto Discotheque; en tanto, muchos travestis, lesbianas, gais y bisexuales pobres fueron, en palabras de quienes documentaron esa historia, las víctimas más olvidadas de la represión política. La protesta del 73 quedó borrada de la memoria oficial por décadas, hasta que el activismo más reciente la recuperó.
Acá sí hay una historia en la que las travestis, las trans “avant la lettre” y las personas queer fueron protagonistas inequívocas del activismo LGBT. No hace falta inventar nada, porque la historia ya es suficiente.
Llego al final y al punto que pretendo dejar planteado.
Es válido querer mitos fundacionales. Toda comunidad los crea. Las personas trans tenemos que pelear constantemente por visibilizar y justificar nuestra existencia a la derecha conservadora y a ciertas ramas del feminismo. La tentación de apropiarse de Stonewall, de construir un origen interseccional perfecto que dé legitimidad histórica a la lucha actual, es comprensible. Pero no ayuda a nadie. No es honesto con la historia. Y distrae de los verdaderos aportes que las personas trans, travestis y queer sí hicieron al activismo LGBT en distintos contextos, incluido el chileno.
Las personas trans somos individuos, y nuestro valor no viene dado por identidades colectivas ni por una genealogía fundacional. Viene dado por nuestro valor intrínseco. No necesitamos un mito de origen. No importa si fuimos pioneras o si nuestras contribuciones al activismo LGBT son más tardías o más localizadas. Lo que importa es que existimos, que estamos, que sostenemos nuestra propia historia con lo que tenemos sin necesidad de reescribir la de otras.
Stormé DeLarverie hizo lo que hizo. Marsha P. Johnson hizo lo que hizo. “La Gitana” hizo lo que hizo. Cada una en su lugar, en su momento, con lo que tenía. Eso ya basta. Lo que sobra es la ficción que pretende anudarlas en una sola epopeya heroica para satisfacer una necesidad política contemporánea.
A las activistas reales se las honra contando lo que efectivamente hicieron. Todo lo demás es traicionar dos veces la misma historia.
¡Feliz Pride 2026!
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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