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El autoengaño no consiste exactamente en ignorar la verdad. Consiste, con frecuencia, en administrarla. Se la deja entrar a medias, se le borran partes, se la aplaza para una ocasión menos incómoda, se la traduce a un lenguaje menos comprometedor. En suma: se le busca la vuelta. No se dice: “estoy traicionando lo que pienso”; se dice: “las circunstancias son complejas”. No se dice: “tengo miedo”; se dice: “hay que ser realista”. No se dice: “me conviene”; se dice: “no había otra alternativa”.
Esa administración de la verdad para que no incomode tiene una vida íntima. Sirve para conservar una imagen tolerable de uno mismo y para no mirar de frente la cobardía, el interés, la comodidad o la necesidad de ser aceptado. Pero tiene también una vida política. Allí las palabras no sólo protegen al individuo de su propio juicio moral o del juicio de los íntimos; pueden proteger una decisión colectiva de la mirada moral que podría condenarla.
El juicio no desaparece ni queda enteramente suspendido. Se lo administra también: se le permite entrar a medias, se lo aplaza, se lo distrae con circunstancias, razones de Estado o fines superiores o necesidades urgentes. De ese modo sigue allí, pero pierde fuerza; no alcanza a interrumpir la decisión ni a incomodar demasiado a quien la toma o la aprueba.
Una cosa es mentirse para conservar una buena opinión de sí; otra, más grave, es que ese autoengaño se convierta en autorización moral para aceptar, defender o incluso celebrar un daño político. Ya no se trata sólo de no reconocer la propia cobardía, el interés o la complacencia. Se trata de no reconocer como daño aquello que se acepta para otros en nombre de una causa, una seguridad, un orden o una victoria.
No se dice: “acepto que otros paguen el precio de mi tranquilidad”; se dice: “hay que pensar en el país”. No se dice: “prefiero mi seguridad a sus derechos”; se dice: “las circunstancias obligan”. No se dice: “quiero que desaparezca quien me incomoda”; se habla de orden, defensa, limpieza o salvación. El daño no desaparece, desde luego. Pero cambia de nombre y, al cambiar de nombre, parece cambiar de naturaleza. Hay palabras que no lavan nada, aunque dejen las manos muy presentables.
El asunto, sin embargo, no comienza cuando llega la derrota o cuando hay que justificar una decisión ya tomada. Suele comenzar antes: cuando se elige un equipo, un partido o un líder y, junto con esa elección, se adopta una cierta manera de mirar a quienes están del otro lado. El hincha no espera el final del partido para pensar que el rival juega sucio; el simpatizante no espera los resultados de una elección para creer que quienes votan distinto son ignorantes, manipulados o moralmente inferiores. La derrota apenas pone en escena una convicción que ya venía ensayada.
Para que el daño resulte aceptable, quien lo recibe suele haber sido preparado de antemano en el relato que rebaja su condición moral, humana, intelectual, social o económica, para que su sufrimiento, su exclusión o su derrota parezcan menos graves. Ya no basta con que el adversario se equivoque: aparece como alguien que no entiende, que no trabaja, que no sabe, que es inútil y desechable. Poco a poco se le va quitando complejidad, hasta dejarlo convertido en etiqueta.
El adversario no se vuelve bárbaro después de la derrota. Ya venía siéndolo en el relato que muchos necesitaban para no sentirse bárbaros ellos mismos. Los propios conservan motivos, familia, historia, contradicciones y excusas. Los otros quedan reducidos a una palabra. Y una palabra, repetida con la paciencia de una gotera, puede hacer el trabajo de muchas razones y hasta escribir el epitafio.
No todo autoengaño es consciente ni deliberado. Muchas veces nadie decide engañarse; simplemente va aceptando una versión cómoda de las cosas porque confirma sus temores, sus afectos o sus lealtades. Pero esa disposición puede ser usada con cálculo. Hay dirigentes, propagandistas y operadores que conocen el oficio: no necesitan inventar una mentira completa; les basta con encontrar la sospecha que ya circula, el resentimiento que ya existe, el miedo que anda buscando nombre, y darles una frase, una imagen, una repetición. Hoy esa vieja industria dispone, además, de algoritmos publicitarios que averiguan qué teme cada cual y le devuelven el temor convertido en argumento. La técnica no inventó la credulidad; le puso megáfono y horario.
Esto no quiere decir que no existan daños reales, abusos reales o decisiones que merezcan un juicio severo. Tampoco quiere decir que las responsabilidades sean siempre iguales. Hay quienes concentran poder, producen daños que otros no podrían producir y deberían responder por ellos. Pero estar del lado de quien pierde, de quien ha sido agraviado o de quien denuncia una injusticia no vuelve a nadie inocente por decreto.
También quien pierde puede encontrar en la barbarie real del vencedor —o, a falta de ella, en la barbarie que le atribuye— una manera de no examinarse. Después de un partido perdido, el rival no jugó mejor: hizo trampa; después de una elección perdida, quienes ganaron no eligieron de otro modo: demostraron que el país se volvió ignorante o bárbaro. La injusticia del otro puede ser real, pero también puede ser agrandada, simplificada o incluso inventada; en los tres casos puede servir de coartada. Puede ahorrar la revisión de la propia rabia, de la necesidad de castigo y de las pequeñas mentiras con que se ha explicado la derrota.
La política no es un salón de buenos modales ni una fiesta de integración. Hay intereses que chocan, desigualdades que producen enfrentamientos reales y decisiones que obligan a tomar partido. Muchas veces la política es disputa, resistencia y pugna; puede incluso haber conflictos en los que no existe un acuerdo posible. Pero una cosa es reconocer al adversario como alguien con quien se sostiene un conflicto serio, incluso irreconciliable, y otra necesitar que sea un bruto, un bárbaro o una especie moral inferior. El desacuerdo no obliga a retirarlo del género humano. Esa rebaja es una operación adicional: facilita la adhesión de los propios, vuelve más llevadera la dureza de ciertas decisiones y deja más limpia la conciencia de quien las apoya.
Juzgar es necesario; a veces es una obligación. Lo peligroso empieza cuando el juicio se vuelve certificado de inocencia. La lucidez política no consiste en vivir libre de coartadas: nadie vive así. Consiste en desconfiar de las palabras que dejan a alguien demasiado pronto del lado de los buenos. Porque, antes de una elección, un partido o una guerra, el relato ya ha ganado cuando consigue que el otro deje de parecer una persona y empiece a parecer un permiso.













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