La salud que podemos construir juntos

“Esperanza, acuerdos y el rumbo de la evidencia”

Al cierre de las elecciones presidenciales de nuestro país escribo como alguien que no quiere resignarse, que todavía cree que hay mucho por hacer y que podemos avanzar en el camino. He visto cómo se desgasta el sistema y aun así no me entrego al desasosiego; con el tiempo aprendí una cosa: la esperanza, cuando se apoya en evidencia, deja de ser un sentimiento y empieza a parecerse a un plan para la salud que todavía podemos construir juntos.

Volver a encender la luz

Algo se nos fue apagando en los últimos tiempos, la luz de la razón serena y del pensamiento crítico, la que permite tomar decisiones acertadas y lograr los mejores resultados. Resolvimos demasiadas veces desde la urgencia, desde la consigna, o desde la trinchera. Y casi nunca desde la pregunta que de verdad ordena todo lo demás: ¿qué dice la evidencia?

Recuperar la mirada técnico-científica es, ante todo, un acto de honestidad. Volver a confiar en los datos bien hechos, en la evaluación técnica de las tecnologías en salud y en un cálculo riguroso de la UPC. En medir resultados con paciencia y preferir lo que funciona a lo que suena bien, aunque cueste más, luzca menos y no esté en la orilla de nuestras creencias, sentimientos o pensamientos.

Y esa luz, además, tiene una virtud que casi nunca celebramos; la evidencia es un idioma común. Dos personas pueden discrepar a fondo sobre cómo organizar la salud y, puestas frente a una misma cifra bien calculada, reconocerla como cierta. La ciencia no nos dice qué debemos querer, pero nos da un piso firme donde pararnos a conversar sin terminar a los gritos ni a los golpes. Por eso volver a lo técnico es el gesto más humano que tenemos a la mano, porque es el que hace posible el encuentro.

 

Encontrarnos en el método

He visto naufragar suficientes reformas como para sospechar algo: rara vez se hunden por falta de ideas. Se hunden por falta de acuerdo, el choque de maneras de entender el mundo.

Pero hay otro terreno donde sí nos podemos dar la mano, y es el del método. Podemos no coincidir en el modelo y aun así pactar un sistema de información que a todos nos conviene. Una forma transparente y estable de calcular la UPC. Reglas para los presupuestos máximos que no se reinventen con cada gobierno. Criterios compartidos para evaluar tecnologías. Ese pacto – entre quienes gobiernan, aseguran, atienden, investigan, cuidan con las manos y, sobre todo, esperan turno para que los atiendan – no le pide a nadie que renuncie a lo que cree. Le pide otra cosa, más modesta y difícil: aceptar una misma vara para medir. Acuerdos sobre el cómo, aunque sigamos peleados sobre el qué. Esa me parece la forma adulta de avanzar y la única que sobrevive al vaivén de los gobiernos, porque se afirma en la razón y no en la coyuntura. Hay una fraternidad posible incluso entre quienes piensan distinto y, empieza por respetar los hechos. Empieza por respetar los datos reales y válidos.

 

La obra común

Cuando descansamos sobre ese piso, las metas dejan de ser una lista de quejas y se vuelven una obra que podemos levantar entre todos, piedra sobre piedra, con la paciencia de quien sabe que lo que de verdad vale se construye despacio.

La primera piedra, la que sostiene a todas las demás, es un sistema de información confiable, donde las cuentas, los registros y las prescripciones por fin se hablen entre sí. El día que sepamos con certeza dónde estamos parados, media discusión de hoy se cae sola. Y es una meta de todos, porque caminar a oscuras no le sirve a nadie. La segunda es una UPC suficiente y ajustada al riesgo real de las personas, calculada con estudios actualizados, capaz de distinguir lo que es pagar deudas viejas de lo que es sostener el sistema año tras año. La tercera, su gemela financiera, es ordenar el financiamiento de las tecnologías más costosas con una metodología estable y un control de precios anclado en el valor, para que ni el gasto se desborde ni el enfermo se quede sin lo que necesita.

La cuarta es un modelo que de verdad cuide antes de que la enfermedad avance – que apueste por la atención primaria y la prevención – con la humildad de aceptar que esos frutos maduran en años y nos pedirán constancia más allá de un período de gobierno. La quinta es garantizarle al que ya está enfermo un modelo que lo acompañe de verdad: una ruta completa, sin soltarle la mano en ninguna etapa, desde el diagnóstico oportuno hasta la rehabilitación y el cuidado paliativo. Es lo que llamamos salud basada en valor – medir por lo que de verdad le cambia la vida al paciente, y no por el número de procedimientos – y gestión del riesgo entendida como salir a buscar al que está enfermo o en riesgo, en lugar de esperar a que reaparezca, más grave, en una urgencia.

La sexta es cerrar las distancias del territorio y devolverle dignidad a quien trabaja en salud, porque no hay sistema sin las personas que lo sostienen, ni hay justicia mientras el lugar donde uno nace siga decidiendo si vive o no. Y la séptima es darle estabilidad y certeza jurídica al conjunto, de modo que el acceso deje de pelearse a punta de tutelas y vuelva a ser, sencillamente, un derecho que se cumple.

Ninguna de estas metas es un sueño imposible. Todas se pueden medir, contamos con talento para liderarlas y se logran mejor cuando muchas manos empujan juntas en la misma dirección. Ese “juntos” no es una frase bonita: es una condición práctica, porque ninguno de nosotros, por grande que sea, levanta esta casa solo. Construir juntos empieza justo ahí, en ponerse de acuerdo sobre el plano antes de poner el primer ladrillo. Y ese plano, en salud, es la evidencia y las reglas que acordamos. Sigue cuando cada uno se apropia de forma responsable por su parte y responde por ella: el que asegura, el que atiende, el que investiga, el que cuida, el que gobierna. Y pide, sobre todo, no olvidar para quién se levanta la casa, el paciente.

 

Una esperanza que es un plan

Vuelvo a la esperanza, ahora con los cimientos a la vista y tenemos el conocimiento para encontrar el camino. Tenemos, en la evidencia, una luz que puede reunirnos por encima de las diferencias. Y tenemos metas claras, que se alcanzan si las hacemos nuestras. No nos falta saber qué hacer. Nos falta decidirnos a hacerlo, con rigor y con aguante. Trabajar, trabajar y trabajar, sí. Pero hacia un mismo norte, y con la callada certeza de que vamos a llegar.

Y ese norte conviene no perderlo nunca de vista. Detrás de cada cifra, de cada método y de cada acuerdo hay un rostro. La mujer que en un pueblo lejano espera un diagnóstico que no termina de llegar. El hombre que cuenta sus últimas pastillas. La familia que no duerme sin saber si le van a autorizar el tratamiento. Esa persona es el punto donde todos nos encontramos. La que le da sentido a recuperar el rumbo. Si sostenemos esa mirada, el paciente como fin y la evidencia como camino, la nueva ruta no es solo posible. Es alcanzable, con compromiso y con acuerdos. Ojalá tengamos la grandeza de construirla entre todos. Y de dejarla un poco mejor de como la encontramos, pensando en los que vienen detrás. Al final es eso lo que sostiene la mano que trabaja: saber que vale la pena.

Patricia Valentina Ballesteros Nova

Médica con experiencia en gerencia en salud, economía de la salud y resultados en salud

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