Soy profesor y me la juego por la vida con Abelardo.

Hay algo profundamente preocupante en ciertos sectores del magisterio colombiano. No es que tengan una posición política determinada. Eso es legítimo. Lo preocupante es que algunos han llegado a creer que son los propietarios exclusivos de la verdad, de la razón y de la superioridad moral. Hablan de democracia, diversidad, inclusión y pensamiento crítico, pero basta que un colega piense diferente para que aparezcan los insultos, los señalamientos y las etiquetas. Para ellos, quien no repite su discurso no es un ciudadano con una opinión distinta; es un enemigo que debe ser ridiculizado, silenciado o expulsado del debate público.

Lo más curioso es que muchos de quienes reparten calificativos como “fascista” con una ligereza alarmante jamás se detienen a examinar sus propias conductas. ¿Qué nombre merece quien pretende intimidar a otros por pensar diferente? ¿Qué nombre merece quien busca imponer una sola visión política dentro de espacios que deberían ser pluralistas? ¿Qué nombre merece quien utiliza la presión social, el señalamiento colectivo y la censura moral para disciplinar al disidente? Existe una forma de autoritarismo que no necesita uniformes ni botas. Le basta con la arrogancia intelectual de quienes creen que poseen la verdad absoluta y que todos los demás deben someterse a ella.

Durante años nos han vendido la idea de que el autoritarismo es un fenómeno exclusivo de la derecha. La historia demuestra exactamente lo contrario. La intolerancia, el fanatismo y la persecución del pensamiento independiente pueden aparecer en cualquier extremo ideológico. La diferencia es que algunos condenan esas prácticas cuando las ejercen sus adversarios, pero las justifican cuando las ejercen sus aliados. Esa doble moral se ha convertido en una de las mayores expresiones de hipocresía política de nuestro tiempo. Quienes se presentan como defensores de la diversidad suelen ser incapaces de tolerar la diversidad más importante de todas: la diversidad de pensamiento.

Un profesor no está llamado a adoctrinar. Está llamado a formar ciudadanos libres. No estamos en las aulas para fabricar militantes ni para convertir nuestras preferencias políticas en dogmas obligatorios. La educación pierde su esencia cuando el pensamiento crítico es reemplazado por la obediencia ideológica. Ningún sindicato, ningún partido, ningún líder político y ningún colectivo tiene el derecho de decirle a un docente cómo debe votar. Mi conciencia no pertenece a una organización. Mi voto no pertenece a una causa colectiva. Mi libertad no está en venta. Y no necesito la aprobación de quienes confunden el debate con el linchamiento y la democracia con el pensamiento único.

Termino como empecé: soy profesor y me la juego por la vida con Abelardo.

La verdadera amenaza para una democracia no es que existan opiniones distintas. La verdadera amenaza aparece cuando algunos creen que tienen el derecho de decidir cuáles opiniones merecen existir y cuáles deben ser silenciadas.

 

Hernán Augusto Tena Cortés

Columnista, docente y director de Diario la Nube con especialización en Educación Superior y maestría en Lingüística Aplicada. Actualmente doctorando en Pensamiento Complejo, adelantando estudios en ciencias jurídicas y miembro de la Asociación Irlandesa de Traductores e Intérpretes.

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