La metafísica del fin: meditaciones sobre la muerte (I)

«Pregúntese si el anhelo por el cielo y la grandeza debería estar esperándonos en nuestras tumbas…, o si debería ser nuestro aquí y ahora y en esta Tierra.»
— John Galt, protagonista de “La rebelión de Atlas”, de Ayn Rand

La existencia tiene esos aspectos que, pese a ser parte de la vida, nos provocan algunos picos emocionales y marcan nuestro propio recorrido, trazando así un antes y un después. Naturalmente, la muerte es, tal vez, el evento que más nos impresiona. La muerte de un ser cercano vuelve inevitable, en algún punto, pensar y meditar sobre la naturaleza de un hecho tan violento y pacífico a la vez. Todo depende de la clase de muerte que presenciemos. En el presente, a modo de diario filosófico, no entraremos en las muertes extremadamente violentas y en los traumas generados por ellas. Ello corresponde a otros escritos. Meditaremos, por lo tanto, sobre la idea de la muerte y cómo, desde la filosofía, podemos enfrentar un hecho tan determinante.

I: Introducción — justificación de estas meditaciones

Para evitar que algún sabio y leído detractor caiga en falacias y nos acuse de no tener fundamento para hablar de algo porque no lo vivimos. Clásico en el socialismo donde se anula la opinión de aquel sujeto sin “consciencia de clase” que se atreve a opinar en contra de este. Cabe resaltar, entonces, que solo hay una posibilidad de vivir la muerte y poder hablar de ella: cuando un ser muy cercano fallece. Es así como mis dos primeras figuras de seguridad cuando era niño ya no están; mis abuelos ya no deambulan por los mismos pasillos que mi cuerpo mortal lo hace. Ya no puedo compartir con ellos ni penas ni alegrías. Resalto: han desaparecido. A dejó de ser A.

Tampoco pretendo que el presente sea una clase de homenaje; dicho acto no solamente debe realizarse en vida, sino también en lo privado de la relación. Por supuesto, si se lo merece la persona en cuestión. No puede haber homenaje a quien no se lo gane. Actuar así sería caer en una injusticia ética y, por ende, un acto inmoral. El presente nace de la experiencia de despedir a dos personas que fueron muy importantes en mi infancia y, en consecuencia, en mi formación. Sin entrar en debates sobre lo buenas o malas que fueron sus vidas (baste decir que ambos fueron el antídoto a mis peores pesadillas en mi infancia, mi lugar seguro), nace la imperiosa necesidad de pensar en la muerte; de afrontarla y, dado que somos seres racionales, que pensamos —valga la redundancia— y, luego, sentimos, no existe mejor forma. Me corrijo: no existe otra forma de afrontar un hecho metafísico como la muerte, si no es pensando en ella de forma “fría”, lógica y racional.

¿Qué sucede con las emociones? En un mundo donde parecería que nada importa más que lo emotivo, conviene entender qué es una emoción y de qué manera opera para poder filosofar sobre ella y sobre la muerte. Algunos filósofos contemporáneos pretenden deshumanizar la razón y enmarcar la emoción como el único aspecto de la sustancia “humana”. En ese caso, Aristóteles nos hubiera definido como “animal emocional” y no racional. Si queremos entender la muerte, no tenemos otro camino que comprender nuestro funcionamiento: cuál es el marco en el que ese sujeto que denominamos humano se mueve y actúa, además de su entorno. Pues bien, señala Leonard Peikoff: la verdad es contextual.

Habrá, en torno a lo mencionado hasta aquí, oportunidad para pensar, emocionarse y callar. Escuchar el silencio metafísico, ante las plegarias levantadas en nombre de un dios que nunca ha sido y nunca será, es justamente lo que necesitamos. Afrontarla racionalmente debemos —diría el maestro Yoda—.

Finalmente, lejos de la tentación racionalista de decirle al lector cómo enfrentar la muerte, esta es una invitación a pensar en ella. Cada uno ha de encontrar el camino, en virtud de la evidencia que logre alcanzar, sobre este tema que resulta tan importante abordar. Mucho se habla de libertad, de paz, de la propia vida. Pero poco de la muerte, que es un condicionante de la existencia. ¿Qué es estar vivo si no es no estar muerto? Eleve sus plegarias a su dios, entonces, que yo las elevaré a mi mente en este viaje que, ahora sí pecaré de pretencioso, seré mi propio dios. Amén.

En la próxima entrega daremos el primer paso. Antes de examinar el fin, corresponde enfrentar aquello que le da contexto y significado: la realidad.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Gelo Wayar

Abogado, profesor universitario y ensayista. Catedrático de Sociología del Derecho y Filosofía del Derecho en la Universidad Privada Boliviana (UPB). Posee una Maestría en Derecho Empresario por la Universidad Austral (Argentina) y es becario del programa Ayn Rand University del Ayn Rand Institute.

En 2026, fue distinguido como Alumni del Año (Aldina Jahić Memorial) por The Atlas Society. Es miembro fundador de El Insubordinado y Coordinador Senior de SFL Bolivia (Students For Liberty). Su trabajo se centra en la intersección entre el derecho, la ética objetivista y los fundamentos racionales de la libertad.

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