
“El votante que necesita conquistar no lee documentos programáticos ni escucha discursos de una hora”
El 31 de mayo los analistas fallaron, las encuestas fallaron y el establecimiento político falló. El país, en cambio, fue preciso. Colombia votó como lo hace cuando está cansada de que le expliquen lo que supuestamente quiere: sin avisar, sin pedir permiso y contra todo pronóstico. Lo que viene ahora no es una segunda oportunidad para los mismos errores. Es otra elección, con otras reglas y con un electorado que ya demostró que sabe sorprender.
Los números antes de hablar
Con el 99,9% de las mesas contadas, Abelardo de la Espriella obtuvo 10.361.413 votos, el 43,74% del total. Iván Cepeda llegó a 9.688.245, el 40,9%. La diferencia fue de 673.168 sufragios, lo que equivale a toda la votación de una ciudad como Bucaramanga. No es poco, pero tampoco es definitivo.
El mapa habla tan claro como los porcentajes. De la Espriella arrasó en el centro y el oriente: Casanare con el 61,25%, los Santanderes, Boyacá, los Llanos. Cepeda dominó donde el Estado social del petrismo echó raíces: Vaupés con 75,52%, Putumayo con 71,36%, el Pacífico, el sur profundo. Dos Colombias que conviven en el mismo territorio pero que se miran con desconfianza desde hace décadas.
Lo que define la segunda vuelta es lo que quedó entre esas dos orillas: 2,85 millones de votos entre Paloma Valencia con 1,6 millones, Sergio Fajardo con 1 millón y Claudia López con 225 mil. Esos votos no tienen dueño todavía. Ahí, exactamente ahí, está la presidencia de Colombia.
Por qué nadie lo vio venir
Las encuestas ponían a Cepeda entre 37 y 44 puntos. A De la Espriella, entre 18 y 31. El resultado los puso al revés. Eso no es un error estadístico menor: es una señal de algo que los sondeos no capturan bien.
El primer factor es el voto vergonzante. Cuando un candidato carga con un estigma social, el elector que lo apoya no se lo dice al encuestador; lo guarda para la cabina. Este fenómeno ya ocurrió con Trump en 2016, con Bolsonaro en 2018, con Milei en 2023. La encuesta capturaba la intención declarada, no la decisión real.
El segundo factor fue el trasvase de último minuto. Buena parte del votante que los sondeos tenían con Paloma Valencia migró hacia De la Espriella en los días finales, al ver que ella no crecía y que él sí podía consolidar el voto opositor. Ese movimiento ocurre en conversaciones privadas y en grupos de WhatsApp, y ninguna encuesta lo detecta a tiempo. Hay además un elemento que pocos mencionan: la elección de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial de Valencia le generó una tensión interna a su campaña. Oviedo convocó un electorado urbano e independiente que no comulgaba del todo con el uribismo, lo que dispersó votos que de otro modo habrían sido más cohesionados para Valencia y, en consecuencia, más difíciles de arrebatar para De la Espriella.
El tercer factor fue un golpe de imagen. Dos días antes de la elección, De la Espriella apareció en Quito junto al presidente Noboa anunciando un acuerdo bilateral. Un candidato actuando como si ya fuera presidente. Ese gesto no suma puntos en ningún sondeo, pero le dice al ciudadano indeciso que este hombre ya sabe gobernar.
La lección para segunda vuelta es incómoda: las encuestas hoy muestran a De la Espriella con ventaja, pero ya demostraron que pueden equivocarse. Quien se confíe en ellas corre el mismo riesgo que corrió Cepeda el 31 de mayo.
Las fórmulas vicepresidenciales: el mensaje que cada candidato le envió al país
Las fórmulas vicepresidenciales no son un detalle de protocolo. Son la declaración más honesta de lo que cada candidato cree que necesita para ganar, y en esta elección los dos mandaron mensajes muy distintos.
De la Espriella eligió a José Manuel Restrepo, exministro de Hacienda. Como binomio, generan entusiasmo pero también despiertan desconfianza en el sector empresarial y en la clase media urbana que rechaza a Cepeda pero teme un gobierno impredecible. Restrepo es el antídoto a ese miedo: institucional, técnico, con credenciales internacionales. El mensaje para ese votante fue preciso: aunque el candidato sea combativo, la economía va a estar en manos serias. Fue una decisión que le ayudó a ampliar su votación más allá de su base natural.
Cepeda eligió a Aida Quilcué, lideresa histórica del movimiento indígena del Cauca. Fue una decisión coherente con su proyecto político: Quilcué activa la base popular, moviliza comunidades indígenas y afrocolombianas, y conecta con el sur y el Pacífico. Para primera vuelta, tenía toda la lógica. El problema es que la segunda vuelta se gana en otro lugar. Para el votante de Fajardo, profesional y urbano, que rechaza a Petro pero también desconfía del estilo de De la Espriella, la figura de Quilcué no abre ninguna puerta nueva. Al contrario, le confirma que un gobierno Cepeda sería la continuación del proyecto actual con otro nombre.
La diferencia entre las dos decisiones es estratégicamente reveladora: Restrepo fue elegido pensando en la segunda vuelta; Quilcué fue elegida pensando en la primera. Ese cálculo tiene consecuencias directas en el mapa de votos disponibles hoy.
Lo que hizo bien cada uno y lo que les costó caro
De la Espriella entendió algo que sus rivales no quisieron ver: esta no era una elección ideológica, era una elección emocional. Colombia no salió a votar por un programa; salió a votar contra cuatro años de incertidumbre económica, de polarización constante, de reformas que no llegaron o llegaron a medias. Él canalizó ese hartazgo mejor que nadie.
Pero tuvo un error que lo puede perseguir en segunda vuelta: en la recta final peleó más con Paloma Valencia que con Cepeda. Casi destruyó el puente que hoy necesita para ganar. Transformar ese resentimiento en apoyo activo, no solo en respaldo declarado, sigue siendo uno de sus desafíos más urgentes.
Cepeda logró algo históricamente significativo: 9,6 millones de votos es la votación progresista más alta en primera vuelta en la historia electoral del país. Pero llegó a ese número con un lastre que ninguna campaña puede remover en pocas semanas: según Guarumo y EcoAnalítica para El Tiempo, el 42,9% del electorado dijo antes de votar que nunca lo elegiría. Ese rechazo no lo construyó él; lo construyeron cuatro años de gobierno de Petro. Y lo carga igual.
Su mayor desafío en segunda vuelta no es solo diferenciarse de Petro sino cambiar el canal por donde habla. Cepeda es un hombre de ideas sólidas y de plaza pública, pero en esta recta final las plazas solo convocan a los convencidos. La campaña necesita salir de ese formato y llegar a los medios masivos, a las redes, al mensaje corto que entra rápido y toca emociones. El votante que necesita conquistar no lee documentos programáticos ni escucha discursos de una hora: necesita una chispa, algo que se comparte en tres segundos y que le haga sentir que votar por Cepeda no es votar por más de lo mismo. Mientras el tono del petrismo siga marcando la pauta de la campaña, ese votante no va a aparecer.
Los dos escenarios del 21 de junio
Para ganar con margen seguro, ambos necesitan entre 11,5 y 12 millones de votos. Las matemáticas son las siguientes.
De la Espriella parte mejor. Si el apoyo de Valencia se transfiere en un 80%, algo conservador dado que ella misma ya lo anunció, eso suma 1,28 millones de votos adicionales. Si los de Botero, cerca de 200 mil, van casi en bloque con él, y si Fajardo se divide 60 a 40 a su favor, De la Espriella llega a los 12,3 millones y gana con el 52,5%. Un margen suficiente para gobernar con autoridad.
Para que ese escenario se concrete, necesita tres cosas que aún no ha demostrado: moderar el tono sin perder la esencia, ganar o empatar los debates, y reconquistar la Costa Caribe, su propia región, donde Cepeda ganó departamentos que no debería haber ganado.
Cepeda tiene el camino más empinado, pero existe. Necesita capturar más del 55% del voto de Fajardo, activar entre 600 y 800 mil votantes nuevos en Bogotá, Cali y el Pacífico, y que De la Espriella cometa errores visibles. Si logra todo eso, puede llegar a 11,4 millones. En ese escenario la diferencia final sería de menos de 100 mil votos. Una elección de infarto.
Lo que cada uno debe hacer en estas tres semanas
Para De la Espriella, el mayor riesgo no es Cepeda sino él mismo. La tentación del ganador es hablarles solo a los propios y descuidar al votante que todavía duda. Necesita anuncios de gabinete con figuras técnicas reconocidas, presencia fuerte en Bogotá con un discurso de economía y seguridad ciudadana, y recuperar la Costa Caribe, su propia región, donde Cepeda ganó departamentos que no debería haber ganado.
Para Cepeda, el movimiento más difícil y más necesario es construir un discurso propio que no dependa del tono del gobierno actual, y llevarlo a donde está el votante indeciso: en el scroll del celular, en la pantalla del televisor, en el titular que se lee en 10 segundos. No se trata de abandonar sus convicciones sino de traducirlas. Los debates serán decisivos: De la Espriella gana en carisma y comunicación emocional; Cepeda tiene más trayectoria legislativa y solidez programática. Un buen debate puede cambiar percepciones en 90 minutos, pero solo si llega preparado para ganar en imagen y no solo en argumentos.
En el fondo, esta segunda vuelta es un referéndum sobre dos temores. El miedo a que Colombia termine pareciéndose a Venezuela si gana Cepeda. El miedo a que termine pareciéndose a El Salvador si gana De la Espriella. El candidato que convenza al votante del centro de que el otro miedo es peor que el suyo, ese llega a la Casa de Nariño el 7 de agosto. Las cifras hoy favorecen a De la Espriella. Pero Colombia ya demostró el 31 de mayo que sabe sorprender.













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