De panelas y política. La polarización y las narrativas de odio en tiempos de elecciones.

“Con un coeficiente de Gini de 0,551, Colombia sigue siendo un país que tiene un largo camino por recorrer en materia de desigualdad. Esta realidad puede trasladarse a la creación y consolidación de narrativas polarizantes que invitan al odio y a la anulación del otro, fragmentando relaciones de amistad, familiares y sociales en nombre del fanatismo político.”

Las recientes elecciones presidenciales, marcadas por la controversia y la polarización, parecieron colocar al país en un escenario de confrontación acompañado por una avalancha de noticias que se deslizaba a través de las redes sociales.

Nos encontrábamos a un clic de despertar inundados de mensajes, contenido audiovisual y comentarios cargados de improperios dirigidos hacia quienes se identificaban con uno u otro candidato.

La manera en que se desarrollaron las campañas presidenciales, más que invitarnos a realizar análisis punitivos en los que se señalen los defectos de cada bando, nos invita, como sociedad, a reflexionar no solo sobre cómo ejercemos nuestro derecho al voto, sino también sobre qué debatimos y cuáles son nuestras motivaciones y argumentos al momento de acudir a las urnas.

¿Decidimos nuestra postura política desde la reflexión o desde la visceralidad?

En definitiva, somos seres racionales y emocionales. La cognición y el afecto van de la mano, incluso en los procesos de aprendizaje. La política y los medios de comunicación lo saben; por eso vemos a diario noticias con tintes amarillistas o titulares que nos invitan a reaccionar desde las vísceras, provocando sentimientos de desagrado, ira, tristeza o alegría.

El poder de lo simbólico, de las frases breves que conectan fácilmente con la población y de la construcción de líderes políticos bajo narrativas de salvación —en las que el enemigo siempre es el otro y existe la firme convicción de que hay un país que rescatar— conduce a que, más que debatir con argumentos, terminemos señalando al otro desde la conocida idea de Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”.

Así, dejamos de definir al otro desde las diferencias políticas para hacerlo desde el fanatismo político: quien simpatiza con un bando es catalogado como ignorante o idiota y, por tanto, merece ser anulado.

Con un coeficiente de Gini de 0,551, Colombia sigue siendo un país con profundas desigualdades. Estas pueden convertirse en el terreno fértil para el desarrollo de narrativas polarizantes que promuevan el odio y la deshumanización del otro, fracturando relaciones de amistad, familiares y sociales en nombre de la política.

Las armas, por sí solas, no generaron la violencia entre chulavitas, bandoleros, liberales y conservadores. Fueron las narrativas de odio, alimentadas por el fanatismo político, las que redujeron al otro a la condición de enemigo, olvidando el principio constitucional inspirado en la sabiduría indígena:

“Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente”.

Patricia Isabel Catalan Duran

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