
“Colombia ejerció su derecho al voto. Lo llevó a cabo con claridad, contundencia y un evidente deseo de corregir el rumbo que ha tomado el país durante los últimos cuatro años. Sin embargo, la historia electoral colombiana demuestra que una primera vuelta no determina la elección. El desenlace definitivo se materializará el próximo 21 de junio, cuando los ciudadanos ratifiquen o modifiquen el mensaje previamente enviado.”
Existe un antiguo refrán que sintetiza con precisión el contexto político actual, “En la puerta del horno se quema el pan”. Es preciso mantener la cautela hasta que se complete el recuento de todos los votos. Los antecedentes son concluyentes. En 1998, Horacio Serpa obtuvo la mayoría en la primera vuelta, lo que le otorgó una posición de fuerza para la segunda vuelta. Sin embargo, fue derrotado por Andrés Pastrana. En 2014, Óscar Iván Zuluaga resultó vencedor en la primera ronda de las elecciones, lo que llevó a muchos a considerar inevitable su llegada a la presidencia. Sin embargo, Juan Manuel Santos logró revertir el resultado en la segunda ronda. La historia de la política colombiana ha demostrado de manera repetida que las victorias anticipadas a menudo se convierten en derrotas inesperadas.
Por lo tanto, quienes aspiran a un cambio de rumbo no deben sucumbir a la complacencia. La abstención, la confianza excesiva o la sensación de victoria asegurada pueden convertirse en los mejores aliados de quienes buscan mantener el modelo político que hoy ocupa la Casa de Nariño.
El gobierno de Gustavo Francisco Petro Urrego accedió al poder con el compromiso de impulsar transformaciones, promover la reconciliación, garantizar la seguridad humana y fomentar la prosperidad de los sectores más vulnerables de la sociedad. Cuatro años después, la percepción de millones de colombianos ha experimentado un cambio significativo. El país está transitando una crisis de seguridad cada vez más pronunciada, con grupos armados ilegales que se han fortalecido en diversas regiones, economías criminales en constante expansión y comunidades que perciben una pérdida de la capacidad del Estado para ejercer su autoridad de manera efectiva.
A ello se suman las dificultades económicas que afectan a hogares, empresarios y trabajadores. El discurso del cambio se ha visto obligado a adaptarse a las restricciones impuestas por la realidad de la gestión pública. Las expectativas eran elevadas, pero los resultados percibidos por una parte significativa de la ciudadanía difieren significativamente de las promesas realizadas durante la campaña.
Ciertamente, resulta cuando menos inquietante observar cómo algunos sectores siguen apoyando de manera inquebrantable un proyecto político que ha demostrado ser profundamente ineficaz en la implementación de sus propuestas. La práctica democrática requiere de un análisis reflexivo y no de una adhesión acrítica. Ningún líder político debe ser considerado infalible, indispensable o superior al escrutinio ciudadano. Las sociedades progresan cuando evalúan resultados y no cuando convierten a los dirigentes en figuras intocables.
La elección que se aproxima representa una decisión de gran importancia que trasciende la mera selección entre nombres o extremos políticos. Se trata de una confrontación entre dos visiones contrapuestas de la nación. Por un lado, quienes consideran que el camino recorrido durante los últimos años debe continuar. Por otro lado, se encuentran aquellos que consideran que Colombia requiere recuperar la confianza institucional, fortalecer la seguridad, estimular la inversión, generar empleo y restablecer reglas claras para todos los sectores de la sociedad.
En este contexto, la fórmula compuesta por Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo ha logrado consolidar una propuesta que gira en torno a la recuperación de la autoridad, la estabilidad económica y la confianza empresarial. Esta candidatura es percibida por sus seguidores como una opción para rectificar el curso de la nación y encarar con mayor resolución los desafíos que actualmente inquietan a millones de ciudadanos.
Como es natural, serán los electores quienes, en ejercicio de su derecho y responsabilidad cívicas, juzguen la viabilidad de las propuestas y determinen si representan la respuesta adecuada a los desafíos actuales. Es indispensable que el debate se centre en resultados, ideas y capacidades de gobierno, evitando consignas emocionales o narrativas construidas para dividir a los colombianos.
El 21 de junio representará un hito significativo que trasciende el ámbito electoral. Esta decisión afectará al futuro inmediato de la nación. Los ciudadanos tendrán la facultad de ratificar el mensaje enviado en la primera ronda o de modificar el rumbo mediante una nueva decisión democrática.
La invitación es clara, no se debe asumir que la tarea ha concluido. La historia demuestra que las elecciones se ganan cuando se cuentan los votos definitivos, no cuando se celebran resultados preliminares. Colombia ya ha emitido una declaración, pero es necesario que lo haga nuevamente. Como han demostrado las experiencias de 1998 y 2014, no existe una garantía de éxito. Y como reza el dicho popular, seguridad mató a confianza.
El país se enfrenta a una decisión de gran importancia. Aquellos que consideran que Colombia requiere un cambio de rumbo deben acudir nuevamente a las urnas con la misma convicción demostrada en la primera vuelta. Aquellos que respaldan la continuidad también tendrán la oportunidad de presentar y defender su visión del país. Esta premisa constituye la esencia misma de la democracia.
Colombia no puede darse el lujo de ignorar esta situación. Es importante destacar que el futuro no se determina únicamente mediante la influencia de las redes sociales, las encuestas o los debates entre los seguidores. Lo que está por venir se determinará a través del sufragio. La cita definitiva está programada para el próximo 21 de junio.
Es importante destacar que las elecciones no se basan en discursos, sino en los resultados tangibles. Por lo tanto, los ciudadanos colombianos deberán decidir si respaldan una propuesta de derecha que ofrece autoridad, crecimiento económico, generación de empleo y recuperación institucional, liderada por individuos con amplia experiencia profesional y capacidad de ejecución, o si apoyan la continuidad de una visión política de izquierda que solo ha demostrado ser efectiva en la construcción de narrativas, de odio y resentimiento, que en la resolución de los problemas reales del país.













Comentar