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El domingo votaron los ciudadanos. El lunes votó el dinero. Y el dinero rara vez disimula.
A las pocas horas de conocerse los resultados de la primera vuelta, el COLCAP subió cerca del 6%. Fue la bolsa que más ganó en el mundo ese día. El peso se apreció con fuerza y el dólar cayó hacia los 3.550 pesos. El riesgo país pasó de 220 a 180 puntos básicos. Ecopetrol se valorizó casi 10%. Algunos bancos tocaron alzas del 11%. No fue un repunte. Fue un veredicto.
¿Por qué un resultado todavía parcial, sin presidente electo, produjo semejante euforia? Porque los mercados no leen discursos. Leen probabilidades. Y la probabilidad que descontaron es sencilla. La economía colombiana volvería a tener reglas predecibles.
Aquí conviene hablar claro. La bolsa no premia ideologías. Premia certidumbre. Un inversionista no pregunta si un candidato le cae bien. Pregunta si su capital estará protegido, si la regla fiscal se respetará y si la deuda del país es sostenible. Cuando esas respuestas se vuelven creíbles, el riesgo baja. Y cuando el riesgo baja, todo lo demás se abarata. El crédito, la inversión, el empleo formal.
Ese es el argumento económico a favor de De la Espriella. No es un argumento sobre simpatías. Es un argumento sobre el costo del dinero.
Durante los últimos años, Colombia pagó una prima por la incertidumbre. Cada anuncio improvisado, cada amenaza a la regla fiscal, cada duda sobre Ecopetrol se tradujo en un peso más débil y en tasas más altas. Esa prima la pagamos todos. La paga el joven que pide un crédito. La paga la empresa que no invierte. La paga el Estado que destina más a intereses que a colegios.
Un candidato percibido como respetuoso de la disciplina fiscal y de la institucionalidad económica reduce esa prima. No por magia. Por confianza. La confianza es, al final, la materia prima más barata de cualquier economía.
Citi modeló dieciocho escenarios para la segunda vuelta. De la Espriella gana en diecisiete. Los mercados ya internalizaron ese cálculo. Por eso la reacción no fue tímida.
Conviene, sin embargo, no confundir las cosas. Que los mercados celebren no significa que el bienestar esté garantizado. Una bolsa eufórica mide expectativas, no justicia. Mide el apetito del capital, no la vida del que madruga a trabajar. Un buen gobierno económico empieza con confianza, pero no termina ahí. Necesita ejecución, equidad y reformas que duren más que un titular.
El 21 de junio nada está decidido. La segunda vuelta enfrentará proyectos opuestos y una campaña ruidosa. Pero el lunes dejó una señal difícil de ignorar. Cuando los mercados anticipan reglas claras, responden con generosidad inmediata.
Los ciudadanos elegirán con el corazón y con el bolsillo. El capital ya eligió con la calculadora.
Y la calculadora, esta vez, fue contundente.













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