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La universidad de Antioquia atraviesa dos desafíos estructurales que comprometen su presente y su futuro: el primero es la crisis por la insuficiencia de recursos económicos para el sostenimiento del proyecto académico más importante del departamento y el segundo es la crisis provocada por las múltiples manifestaciones de las violencias basadas en género que afectan de manera directa a toda la comunidad universitaria. A puertas de las elecciones rectorales cabe preguntarnos ¿Qué se necesita para erradicar las violencias basadas en género en un contexto de austeridad?
Mi apuesta como egresada y docente se decanta por la necesidad de tender puentes entre la rigurosidad académica y las experiencias humanas que atraviesan nuestra vida universitaria. He aprendido que ninguna persona vive la violencia de la misma manera y que las respuestas institucionales deben ser capaces de reconocer esa diversidad. Mi lugar en esta conversación no ha estado en las trincheras, sino en la búsqueda de soluciones que permitan prevenir el daño, acompañar a quienes lo padecen y fortalecer las capacidades de la universidad para transformarse.
Durante años hemos discutido las violencias basadas en género principalmente desde la necesidad de la sanción. Sin desconocer su importancia, quizá ha llegado el momento de preguntarnos también por las condiciones estructurales, culturales y relacionales que permiten que estas violencias ocurran y persistan, esta postura nos exige revisar quiénes y desde qué lugar participan en las decisiones más importantes de nuestra universidad y quiénes continúan encontrando barreras para hacerlo. Entre muchas otras condiciones, la universidad necesita masculinidades capaces de participar en la conversación, asumir responsabilidades y convertirse en potenciadoras de una transformación institucional que beneficie a toda la comunidad universitaria.
Finalmente, la equidad de género debe comprenderse como una política integral de cuidado. Esto implica garantizar respuestas sólidas frente a las violencias basadas en género, pero también fortalecer la salud mental, el acompañamiento psicosocial y las capacidades de la universidad para reconstruir confianza entre todas las personas integrantes de su comunidad. La universidad que cuida debe comprender que el bienestar colectivo, la convivencia y la dignidad de las personas son condiciones indispensables para la producción de conocimiento y para la construcción de un futuro sostenible.
Hoy la discusión sobre la rectoría adquiere una relevancia particular. La Universidad de Antioquia necesita liderazgos capaces de comprender la gran dimensión de los desafíos que enfrenta, construir consensos amplios y promover transformaciones institucionales sin profundizar las fracturas existentes. Por ello considero valiosa la candidatura del profesor Luquegi Gil Neira, cuya trayectoria combina solvencia académica, experiencia de gestión y una reconocida capacidad para el diálogo. Su propuesta representa la posibilidad de fortalecer una universidad que avance desde la excelencia académica, la inclusión y la deliberación plural, valores especialmente necesarios en un país marcado por la inequidad y los altos niveles de polarización.













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