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«La atención es la forma más rara y pura de la generosidad.» Simone Weil, carta a Joë Bousquet, 1942
El 15 de mayo de 2026, ciento treinta y cinco años después de la Rerum novarum, León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica social, dedicada por entero a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La noticia circuló poco entre nosotros, ocupados como estábamos en discutir si conviene o no prohibir ChatGPT en los parciales, y me parece un descuido, porque en lo que toca a la técnica, que es de lo único que quiero ocuparme aquí, se trata probablemente de la reflexión más lúcida que ha producido hasta hoy una institución de alcance global, y dice con calma cosas que ninguna oficina de innovación ni ningún ministerio de las tecnologías se ha atrevido a formular. La leo como quien trabaja con estas tecnologías todos los días y cree de veras en su promesa, desde una preocupación que vengo rumiando hace años y que dejé escrita en un libro sobre algoritmos deshumanizantes, y la leo persuadido de que uno puede asumir sus criterios sobre la técnica sin compartir entera la fe que los sostiene, igual que un economista agnóstico aprende de la Caritas in veritate sobre el mercado y el bien común. Pero quien habla en estas páginas, y a quien vale la pena escuchar de veras, es el Papa.
La encíclica ordena toda su reflexión alrededor de dos imágenes bíblicas que pone una frente a la otra como dos destinos posibles de la era digital, y la primera es la torre de Babel. Los hombres de Senaar, cuenta el Génesis, deciden levantar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, sostenidas por una sola lengua, una sola técnica y una sola dirección, y la empresa parece imponente hasta que León XIV descubre el engaño que la habita, porque está «sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización». El Papa nombra con rara exactitud lo que esa torre pretende, pues la describe como un lenguaje único, incluso el digital, capaz de «traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos», y en esa sola frase está condensado el diagnóstico entero del documento. Babel es el nombre antiguo de una tentación que hoy vuelve con rostro técnico, la del sistema que aspira a verterlo todo a una sola lengua, la del número, y que para conseguirlo necesita aplanar precisamente aquello que hace que cada persona sea quien es y no otra. La encíclica agrega además un matiz que es teológico pero también, si se lee con cuidado, una advertencia de ingeniería, porque Babel no se derrumba por un castigo que llega desde fuera sino por un defecto que estaba en su origen, ya que ninguna construcción humana se sostiene cuando suprime la pluralidad que le dio vida, de modo que la torre era inviable desde el primer ladrillo.
La segunda imagen es Nehemías, y es la que más me ha trabajado por dentro desde que cerré el libro. El judío al servicio del rey persa Artajerjes recibe la noticia de que las murallas de Jerusalén siguen en ruinas después del exilio, y su manera de responder es lo contrario exacto de la de Babel, porque no impone soluciones desde lo alto, sino que ayuna primero, reza, examina en silencio los lugares destruidos, y sólo después convoca a las familias, le confía a cada una un tramo de muralla, escucha los temores y coordina los esfuerzos. La ciudad renace, escribe León XIV, no por la iniciativa de una sola persona sino por la responsabilidad compartida de todo el pueblo, sacerdotes y artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes, y renace de un modo que conviene subrayar, porque el Papa dice que Nehemías «reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras», que es justamente lo que termina volviendo sólidas a las piedras. Por eso la primera elección, insiste, no está entre un sí y un no a la tecnología, falsa disyuntiva que nos entretiene mientras lo decisivo pasa por otro lado, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén, entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia.
Aquí la lente desde la que leo se vuelve útil, y pido permiso para usarla apenas un momento antes de devolverle la palabra a la encíclica. En aquel libro defendí un principio que llamé la incomputabilidad del individuo y que resumí en una fórmula que da nombre a esta columna, deshumanizar es computar sin resto, una fórmula que no tiene nada de mística y que llega, por caminos que no se hablan entre sí, desde varios frentes a la vez. Gödel demostró en 1931 que todo sistema formal suficientemente rico contiene verdades que no puede demostrar desde sí mismo, Turing mostró cinco años después que hay problemas bien planteados que ninguna máquina puede decidir, Borges, que no leía matemáticas, escribió en Funes el memorioso que «pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer» y dejó a Funes, el hombre que todo lo recordaba, incapacitado para pensar, Lévinas situó ese resto en el rostro del otro, que interrumpe todo cálculo en el instante en que alguien me mira, y Weil lo situó en la atención, esa suspensión del cálculo ante un ser concreto que ella tenía por la forma más pura de la generosidad. De todos esos frentes llega la misma noticia, que siempre sobra algo que el sistema no logra capturar, y que ese algo no es el error del modelo sino el lugar donde empieza la persona. Lo traigo no para medirlo contra la encíclica, cosa que sería impertinente, sino porque ayuda a ver por qué las dos imágenes del Papa son tan precisas, ya que Babel es exactamente la fantasía de computar sin resto y Nehemías es exactamente la política que se hace cargo del resto, la que construye tramo a tramo porque sabe que cada tramo es distinto y que el muro entero se viene abajo si alguien es tratado como pieza genérica. Babel suma, Nehemías acompaña.
A ese resto que la sola lógica constata pero no alcanza a fundar, la encíclica le pone un nombre que viene de muy atrás, la dignidad ontológica, y conviene seguir de cerca cómo lo hace. En el parágrafo 52, León XIV distingue con cuidado varias maneras de hablar de dignidad, la moral, que tiene que ver con el modo en que la persona orienta sus decisiones, la social, que depende de las condiciones de vida y del respeto que la sociedad le reconoce, y la existencial, que alude al modo en que cada uno percibe el valor de su propia vida, para llegar a una cuarta que está por debajo de todas y las sostiene, la ontológica, esa que según sus palabras «pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios», y que por eso ni se gana ni se pierde ni necesita demostrarse. Aquí ocurre algo que vale la pena decir despacio, porque es donde una intuición filosófica encuentra su suelo. Que el individuo sea incomputable es, al cabo, un teorema, y un teorema describe pero no obliga, dice que no se puede pero se queda corto a la hora de decir que no se debe. La dignidad ontológica, en cambio, no describe un límite sino que pronuncia un deber. El tránsito del uno al otro, ese paso que el pensamiento secular da siempre a tientas porque le faltan los cimientos, la encíclica lo da con una naturalidad que casi conmueve, porque para ella ese resto no es un residuo técnico que el próximo modelo, más grande y mejor entrenado, terminará absorbiendo, sino la huella de un amor que precede a la persona y que ninguna cantidad de cómputo alcanzará jamás a igualar.
De esa convicción se desprende lo más cortante de todo el documento, que está en el parágrafo 51 y que conviene leer de cerca, porque allí León XIV señala una ideología que considera «particularmente insidiosa», la que «sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos», una perspectiva en la que, escribe, «la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma, jamás instrumentalizable». Léase la frase y póngase enseguida al lado del lenguaje corriente de nuestras instituciones, pobladas de indicadores de productividad, de métricas de impacto y de tableros de seguimiento, y se verá que el problema no es que medir esté mal, porque medir es a veces necesario y hasta justo, sino que cuando la medición se convierte en la única lengua que sabemos hablar hemos empezado, sin advertirlo, a edificar Babel. Y es ahí, no antes, donde un algoritmo se vuelve deshumanizante, no porque odie al hombre, cosa que no puede, ni porque toda máquina esté condenada a ello, pues muchas se diseñan precisamente para reconocer lo raro y lo singular antes que la media, sino porque, cuando se la pone al servicio de aquella ideología, su pendiente más cómoda es promediar, y al promediar olvida lo único que en cada uno no se repite. El defecto no está en el cálculo, que es una de las herramientas más nobles que hemos inventado, sino en exigirle al cálculo que diga la última palabra sobre una persona, y contra esa exigencia la encíclica opone la única respuesta capaz de desarmarla, la de recordar que «el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce».

Convendría, además, que nadie leyera en todo esto a un Papa enemigo de la técnica, ni a mí escondido detrás de él, porque sería traicionar a la vez el documento y mi propia convicción. La encíclica es de una sobriedad luminosa en este punto, pues reconoce que la técnica «está arraigada en nuestra historia desde el principio» y que es «un hecho profundamente humano», afirma que la tecnología «puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común», y pide de manera expresa, en el parágrafo 14, alfabetización digital e investigación e industria orientadas a la justicia y la paz. Esa esperanza la comparto sin reservas, porque estos sistemas ensanchan lo que un médico alcanza a diagnosticar, lo que un investigador alcanza a descubrir y lo que un estudiante alcanza a leer en una sola tarde, y un alumno de 2026 que no sepa usarlos quedará tan desarmado como uno de 1995 que no supiera moverse en una biblioteca. Lo que León XIV rechaza no es entonces la herramienta sino el paradigma que la convirtió en ídolo, eso que Francisco había llamado el paradigma tecnocrático y que él retoma para describir un poder de rostro inédito, hoy sobre todo privado, en manos de actores transnacionales con recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos, de modo que la pregunta verdadera, recuerda citando de nuevo a su predecesor, no es solamente qué puede la técnica, sino quién la detenta y hacia qué fines la orienta. Distinguir entre usar la máquina y dejarse usar por ella no es por tanto un gesto de miedo ni de nostalgia, sino la condición misma de seguir siendo sujetos de una herramienta extraordinaria que, apenas esa distinción se borra, empieza calladamente a usarnos a nosotros.
Hay un lugar de la encíclica que me sorprendió de veras y que merece bastante más atención de la que ha recibido. En el parágrafo 67, mientras desarrolla el viejo principio del destino universal de los bienes, León XIV declara que entre los bienes que pertenecen a toda la familia humana hay que incluir hoy «patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos», y la afirmación es de una audacia cuyo alcance tardará en medirse, porque cambia por completo el sentido de la conversación. Si el algoritmo es un bien tan valioso, entonces el problema deja de ser que exista y pasa a ser que esté cercado, y que tres o cuatro compañías concentren la infraestructura cognitiva del planeta deja de verse como un simple dato de mercado para volverse, en el lenguaje sobrio de la doctrina social, una contradicción del destino universal de un bien, eso que la tradición llamó sin eufemismos acaparamiento. El cerco se siente, como casi siempre, donde más duele, en quien vive en un Sur cuyas máquinas piensan en otra lengua y para otros dueños, y por eso la salida que insinúa la encíclica no es nunca menos tecnología sino más acceso a ella, más manos sobre el muro. La preocupación antropológica y la distributiva, que solían ir por caminos separados, quedan así enlazadas, porque el algoritmo que promedia amenaza a la persona por dentro mientras el algoritmo cercado se la niega por fuera, y custodiar lo humano exige hacerse cargo de las dos cosas a la vez.
Todo esto deja de ser doctrina y se vuelve oficio en un lugar muy concreto, que es el aula, y que es, por seguir con la imagen, el tramo de muralla que a mí me toca levantar. Una educación que se tome en serio lo que la encíclica plantea no será la que prohíbe la máquina ni la que se rinde a ella, sino la que enseña a usarla bien y a la vista, pidiéndole al estudiante que dé cuenta de lo que le entregó y de lo que no, porque el modelo de lenguaje converge hacia el centro estadístico del idioma, que es un lugar tibio y por eso mismo peligroso, y si un estudiante deposita allí su voz antes de haberla encontrado no tendrá voz, tendrá un eco bien redactado e indistinguible de los demás ecos. Enseñar a pensar con la máquina sin pensar como ella es, me parece, la tarea pedagógica de la década, y es lo contrario de promediar, es proteger la dificultad, como pedía Zuleta, formar la atención, como pedía Weil, y sostener, como quería Zambrano, ese diálogo en el que la ignorancia y el saber circulan entre el maestro y el alumno hasta que algo, en los dos, se despierta. No por azar interpela León XIV, en el parágrafo 47 y con sustantivo propio, a las academias y a las universidades, a las que pide «revitalizar tales principios, reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital», y conviene notar que no nos habla como a un objeto pastoral ni como a un auditorio, sino como a un pueblo que tiene su propio muro que reconstruir. Yo no puedo reconstruir la ciudad entera, pero puedo, en el aula donde entro cada semana, cuidar que ningún estudiante sea tratado como un dato y enseñarle, sobre todo, a no tratarse a sí mismo como uno.
Cierro donde la encíclica cierra su introducción, con una palabra que cuesta y que sin embargo es la más justa de todas, la de permanecer humanos, custodiar esa magnífica humanidad que, dice León XIV, «ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor». La frase tiene un giro que reconozco con cierta humildad, porque resulta más fácil, y yo mismo he caído muchas veces en ello, escribir sobre la amenaza y decir que hay un resto incomputable y que reducirlo a cálculo es la forma contemporánea de la barbarie, mientras que la encíclica hace lo más difícil, que es nombrar el bien amenazado en vez del peligro y hablar en clave de esperanza en vez de alarma, y un bien que se nombra se defiende siempre mejor que un peligro que sólo se denuncia, porque uno sabe entonces no solamente contra qué lucha sino, lo que más importa, para qué. Para Weil, la atención al otro era la raíz de toda justicia posible, y en esa idea se resume lo que separa a las dos torres de la encíclica, porque Babel no atiende, calcula, mientras que Nehemías, antes de poner una sola piedra, atiende. Entre esos dos verbos seguimos eligiendo todos los días, en cada aula y en cada modelo que entrenamos y que después le entregamos a la vida de otros, y que sea la voz de Roma la que venga a recordárnoslo, con una hondura que conviene escuchar, es una de esas pocas ocasiones en que uno agradece que alguien haya dicho, con plena claridad, lo que el ruido del presente nos estaba haciendo olvidar.
Ante todo, aún humanos.













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