El lobo que no era invencible

Chuck Norris (1940–2026): del mito de internet al hombre que peleó de verdad

Hay algo en la manera en que despedimos a los famosos que dice más de nosotros que de ellos. Cuando muere alguien que conocimos a través de una pantalla, lo que lloramos no es a la persona, que nunca conocimos, sino al tiempo en que la vimos. Lloramos la infancia, la sala de la casa, la televisión vieja. Y creo que eso es exactamente lo que pasó ahora que Chuck Norris murió a los 86 años, un jueves por la mañana, rodeado de su familia. Internet se llenó de memes transformados en algo parecido a una ovación colectiva. Pero detrás del mito había un hombre. Y detrás del hombre, una historia que vale la pena contar.

Hay una escena en El lobo solitario (Lone Wolf McQuade, 1983) que vi por primera vez a una edad en la que probablemente no debía verla. El personaje de Norris, McQuade, ranger de Texas, es enterrado vivo dentro de su camioneta. Lo cubren de tierra. Lo dan por muerto. Y entonces, con la cerveza que guardaba en la guantera y el motor de un Dodge Ram, se desentierra a sí mismo en una explosión de polvo y furia. A los diez años, aquello me pareció la escena más extraordinaria jamás filmada. A los cuarenta y tantos, sigue sin parecerme del todo inverosímil. Tal vez porque crecí en la frontera de México, donde la gente se desentierra a diario de cosas peores que la tierra.

Lo que siempre me fascinó de Chuck Norris no fue la leyenda digital. Fue el reverso: el niño Carlos Ray, nacido en Oklahoma, tímido, sin coordinación física, sin confianza.

Lo que siempre me fascinó de Norris no fue la leyenda moderna. Fue el reverso: el niño Carlos Ray, nacido en Ryan, Oklahoma, en una familia sin recursos, tímido, sin coordinación física, sin confianza. Un niño al que nadie habría apostado ni un centavo. Esa historia, la del chico invisible que se convierte en campeón mundial de karate con 183 victorias, es la verdadera película de acción. Me pregunto cuántas veces necesitamos que alguien nos recuerde que las transformaciones más extraordinarias no ocurren en la pantalla, sino en la vida de personas que un día deciden dejar de ser el que eran. Norris tomó esa decisión en Corea, siendo un joven de la Fuerza Aérea sin rumbo. Aprendió Tang Soo Do casi por accidente, como quien encuentra una puerta donde solo veía pared. Regresó convertido en otra persona. Ganó campeonatos. Abrió escuelas. Creó su propio estilo marcial. Entrenó a Steve McQueen, que fue quien le sugirió tomar clases de actuación. Sin McQueen, no hay Walker, Texas Ranger. Sin Corea, no hay McQueen. La vida es una cadena de casualidades que solo se entiende mirando hacia atrás. Y creo que eso aplica para todos: los caminos que nos definen rara vez son los que planeamos.

Pero si tuviera que quedarme con una sola cosa de Norris, no sería el cine ni los torneos. Sería Kickstart Kids: el programa que fundó para enseñar artes marciales a jóvenes en riesgo, y por el que han pasado más de ciento diez mil muchachos. Mientras Hollywood lo convertía en héroe de acción y el internet lo transformaba en meme, Norris estaba en gimnasios de barrios difíciles enseñándole a un adolescente a sostenerse en guardia. A no bajar las manos. A recibir el golpe y seguir de pie. Eso no sale en ningún meme, pero es lo más parecido a una patada giratoria real que he visto fuera de un dojo. Y me parece que ahí está el verdadero valor de una persona: no en lo que el mundo ve, sino en lo que hace cuando nadie filma.

Norris nunca fue fronterizo, pero filmó una verdad fronteriza: aquí, muchas veces, estás solo. Y lo que hagas con esa soledad te define.

Quienes vivimos en la frontera entendemos algo de El lobo solitario que quizás otros espectadores pasan por alto: la geografía como destino. La película transcurre en ese territorio ambiguo entre Texas y México donde las leyes se desdibujan y la justicia es más un acto personal que institucional. McQuade persigue traficantes en paisajes que podrían ser los de cualquier carretera entre Chihuahua, México, y El Paso, Texas.

 

Sé que Norris era una figura polarizante. Conservador declarado, cristiano militante, republicano sin matices. Hizo declaraciones que muchos consideraron alarmistas y mezcló su fe con la política de maneras que incomodaban incluso a quienes compartían sus creencias. No voy a borrar eso del retrato porque sería deshonesto, y un homenaje deshonesto no es un homenaje. Pero tampoco voy a reducirlo a sus opiniones políticas, porque eso sería igual de injusto. Creo firmemente que las personas no son sus peores declaraciones. Ni sus mejores películas. Son la suma desordenada de todo lo que intentaron. Lo que Chuck Norris intentó, y en gran medida logró,  fue demostrar que la disciplina transforma. Que un niño tímido de Oklahoma puede convertirse en campeón del mundo. Que un actor de películas clase B puede sostener una serie durante ocho temporadas. Que un hombre famoso puede usar esa fama para algo más que venderse a sí mismo. Se dice que un día antes de morir, estaba entrenando. Me pregunto si hay una mejor forma de despedirse: haciendo exactamente lo que te dio sentido.

Chuck Norris ya no está. Internet seguirá diciendo que es invencible, porque los memes no entienden de obituarios. Pero los que crecimos viéndolo en televisores de antes, en casas de la frontera, sabemos lo que realmente era: un hombre que eligió no quedarse enterrado. Y eso, en cualquier frontera del mundo, es suficiente.

 

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Rubén Eduardo Barraza

Maestro en la Universidad La Salle // Experto en cine.

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