Colombia al borde del estallido electoral

Colombia llega este domingo 31 de mayo a una de las elecciones presidenciales más complejas, emocionales y polarizadas de su historia reciente. Y quizás la principal conclusión antes de abrir las urnas es una sola: en esta primera vuelta no habrá un ganador político claro. Habrá, sí, un reacomodo de fuerzas, dos sobrevivientes rumbo al balotaje del 21 de junio y un país todavía más dividido frente a su futuro inmediato.
La disputa presidencial terminó concentrada en tres nombres: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Esa concentración no ocurrió de manera espontánea. Fue impulsada por un fuerte efecto de voto útil, alimentado durante meses por encuestas cuestionadas, ecosistemas digitales agresivos y una amplificación constante desde medios de comunicación y grupos económicos que terminaron moldeando la conversación pública.
Durante el último año, quien ha liderado prácticamente todas las encuestas ha sido el senador Iván Cepeda, candidato respaldado por el petrismo. Su trayectoria política ha estado marcada por el conflicto armado, la defensa del proceso de paz y el enfrentamiento permanente con el uribismo. El juicio contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez terminó convirtiéndose en el símbolo más poderoso de su carrera política. Aunque posteriormente un tribunal declaró inocente a Uribe, el impacto mediático de aquel proceso consolidó a Cepeda como referente absoluto de la izquierda colombiana.
Sin embargo, para amplios sectores del país, Cepeda representa un liderazgo más enfocado en la confrontación ideológica que en la administración práctica del Estado. Allí aparece una de las grandes preguntas de esta elección: ¿puede gobernarse un país tan complejo como Colombia únicamente desde la confrontación política?
En segundo lugar aparece Abelardo de la Espriella, probablemente el fenómeno político más disruptivo de esta campaña. Inspirado en modelos como Javier Milei y Nayib Bukele, construyó una marca política agresiva, emocional y profundamente digital. Su campaña entendió muy bien el lenguaje contemporáneo de las redes: velocidad, confrontación, viralidad y espectáculo.
Pero detrás de esa maquinaria sofisticada también apareció un ecosistema paralelo caracterizado por ataques sistemáticos, desinformación y campañas de destrucción reputacional contra adversarios políticos. La gran incógnita es si ese músculo digital realmente se traducirá en votos o si terminará inflando artificialmente la percepción de respaldo ciudadano.
La tercera gran fuerza es la encabezada por la senadora Paloma Valencia, heredera política del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Su fórmula vicepresidencial con Juan Daniel Oviedo intenta proyectar modernización, diversidad y renovación dentro del uribismo. La posibilidad de una dupla presidencial conformada por una mujer y un hombre abiertamente gay representa un hecho simbólicamente poderoso dentro de la historia democrática colombiana.
Sin embargo, existe un dato profundamente preocupante: ninguno de los tres candidatos más opcionados ha ocupado cargos de poder ejecutivo local, regional o nacional. Ninguno ha administrado una alcaldía importante, una gobernación o un ministerio de alto nivel. Ninguno ha enfrentado desde la ejecución pública la complejidad operativa de gobernar un país tan fragmentado y desigual como Colombia.
Y gobernar Colombia no es administrar un país cualquiera. Colombia es prácticamente un conjunto de países dentro de un mismo territorio: regiones desconectadas, economías ilegales, narcotráfico, inequidad social y profundas fracturas culturales. La ejecución pública exige mucho más que capacidad discursiva; requiere experiencia concreta de gobierno.
Al revisar los programas de gobierno de los tres candidatos más opcionados, resulta evidente que existen coincidencias en los temas que hoy dominan las preocupaciones ciudadanas: seguridad, generación de empleo y mejores condiciones de salud. Allí está el verdadero corazón de esta campaña. Hoy el miedo por el deterioro de la seguridad y la fragilidad económica pesa más que muchas discusiones ideológicas tradicionales.
Precisamente en materia económica aparece uno de los mayores temores del sector productivo y de los inversionistas internacionales: la posibilidad de que una eventual llegada de Iván Cepeda fortalezca un relato antiempresarial y de desestímulo al sector privado. Muchos empresarios consideran que el petrismo más radical ha construido una narrativa de confrontación permanente contra la empresa privada, generando incertidumbre sobre la inversión y el crecimiento económico.
Ese temor se amplifica en una economía particularmente frágil. El exministro Alejandro Gaviria la describió recientemente como una “economía de nadadito de perro”: una economía que avanza lentamente, pero apenas logra mantenerse a flote. Colombia no está quebrada, pero tampoco atraviesa un momento sólido. Cualquier error político o fiscal podría generar efectos delicados sobre el empleo y la estabilidad social.
El presidente Gustavo Petro ha logrado sostenerse políticamente con cerca de un 32 % de aprobación, incluso a pocos meses de terminar su mandato. Parte de esa capacidad de supervivencia se explica por medidas profundamente populares entre los sectores más vulnerables.
Una de ellas fue el incremento extraordinario del salario mínimo, que durante su gobierno alcanzó aumentos cercanos al 23 %, más del doble de lo que históricamente suele incrementarse en Colombia. Esa decisión golpeó fuertemente a pequeños y medianos empresarios, afectando la generación de empleo formal y encareciendo la contratación laboral.
Pero, al mismo tiempo, millones de familias sintieron un alivio inmediato en sus ingresos. Allí radica buena parte de la fortaleza política del petrismo: mientras sectores empresariales cuestionan el impacto económico de sus decisiones, una enorme base popular percibe que, por primera vez, un gobierno puso dinero directamente en manos de los más pobres.
También debe reconocerse que el gobierno Petro logró cifras importantes en entrega de tierras a campesinos, impulsó subsidios para adultos mayores y promovió medidas sociales que, aunque calificadas como populistas por sus opositores, generaron un fuerte impacto emocional en la base de la pirámide social colombiana.
Y es precisamente allí donde gran parte de la oposición parece no haber entendido cómo funciona hoy la política contemporánea. En lugar de construir una oposición estratégica e inteligente, muchos sectores terminaron alimentando permanentemente el caos, la confrontación emocional y la radicalización del discurso. Sin comprenderlo, fortalecieron la narrativa del propio Petro frente a millones de colombianos históricamente excluidos.
Desde nuestra firma consultora hemos corroborado que la política, los políticos y la ciudadanía cambiaron radicalmente. Los tiempos de obsolescencia del marketing político tradicional son cada vez más cortos. Hoy las viejas fórmulas pierden efectividad a una velocidad vertiginosa. Los grandes mítines, las bolsas llenas de dinero, la presión electoral, el clientelismo y buena parte de las maquinarias tradicionales dejaron de ser garantía de victoria.
La ciudadanía colombiana ya no se comporta igual. Existen nuevas generaciones mucho más empoderadas, emocionales, digitales y profundamente desconfiadas de las estructuras tradicionales de poder. Incluso la forma de protestar cambió: hoy muchos ciudadanos expresan su rabia, frustración o hastío a través del voto, castigando a los partidos históricos y alterando por completo las lógicas tradicionales de la política colombiana.
Los apellidos históricos, las casas políticas tradicionales y las estructuras eternas del Senado y la Cámara siguen teniendo peso, pero ya no controlan completamente el comportamiento electoral como ocurrió durante décadas. El elector contemporáneo es mucho más impredecible, emocional y sensible a las dinámicas de opinión pública construidas desde las redes sociales.
Mientras tanto, el llamado centro político terminó desdibujándose lentamente. Claudia López demostró capacidad de ejecución en proyectos como el Metro de Bogotá, las manzanas del cuidado y diversos programas de infraestructura urbana. Sergio Fajardo, exalcalde de Medellín y exgobernador de Antioquia, representa uno de los perfiles con mayor experiencia administrativa de esta contienda. Sin embargo, ambos terminaron perdiendo espacio frente a campañas mucho más emocionales y polarizantes.
La participación electoral podría rondar los 25.850.000 votantes, apenas cerca del 51 % del potencial electoral colombiano. Y esa cifra incluso podría disminuir en segunda vuelta debido a la coincidencia parcial con el Mundial de Fútbol de 2026, fenómeno que históricamente altera las dinámicas de participación electoral en América Latina.
Otro elemento profundamente delicado en esta elección es el papel de las inteligencias artificiales generativas y de los ecosistemas digitales manipulados. Lo ocurrido recientemente en Ecuador, Honduras, Panamá, República Dominicana, México y Estados Unidos ya había anticipado este escenario: campañas atravesadas por automatización digital, producción masiva de contenido político sintético y proliferación de noticias falsas.
En Colombia, el fenómeno parece haber alcanzado niveles especialmente preocupantes. Buena parte de la conversación política que consume diariamente el ciudadano podría no ser orgánica. Likes, tendencias y percepciones de popularidad terminan siendo fabricadas digitalmente, alterando profundamente la percepción democrática de los ciudadanos.
En medio de ese ambiente de sospecha, el presidente Gustavo Petro ha cuestionado públicamente la transparencia del sistema electoral colombiano e insistido en acceder a los códigos fuente utilizados por la Registraduría Nacional para la consolidación de resultados. El organismo electoral negó dicha solicitud y, desde entonces, Petro endureció su discurso alrededor de la supuesta ilegitimidad del sistema.
La paradoja es evidente: se trata del mismo sistema que lo eligió presidente y que permitió a su movimiento político obtener una representación significativa en el Congreso. Deslegitimar anticipadamente las instituciones democráticas puede terminar erosionando la confianza colectiva en el sistema electoral.
Colombia llega así a esta elección agotada de polarización, saturada de propaganda y profundamente influenciada por un ecosistema digital cada vez más artificial. El domingo probablemente no habrá un verdadero ganador. Habrá simplemente dos sobrevivientes políticos avanzando hacia una segunda vuelta incierta, mientras el país sigue buscando, entre el ruido, el miedo y la rabia, alguien capaz no solamente de ganar una elección, sino verdaderamente de gobernar.

Miguel Jaramillo Luján

Magíster en Gobierno de la Universidad EAFIT; Máster Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, España y Licenciado en Comunicación y Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB).

Autor del libro Marca Poder, el Poder como Marca editado por Planeta. Elegido, por segunda vez consecutiva (2019 y 2020), entre las 100 personas más influyentes de la política en América Latina por la Revista Washington Compol. Ganador del Napolitan Victory 2020 y 2021 a campaña regional del año, mejor campaña de gobierno en 2018 y nominado a campaña del año en 2021. Ganador en los Premios Innopolítica 2021 a mejor campaña municipal, mejor campaña a cargo legislativo y mejor campaña a organismo de control. Ganador de 5 premios de la Asociación Colombiana de Consultores Políticos Acopol 2019 y 2020.

En España, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Perú, México y Colombia ha laborado como consultor, estratega, docente y asesor. Entrenador de equipos de gobierno en varios lugares del continente, con líderes y gobernantes que han sido elegidos como los más populares en sus territorios por firmas globales de investigación como Invamer Gallup y Yan Haz.

Docente universitario y conferencista en varios eventos internacionales sobre gobierno, políticas públicas, marketing, imagen y comunicación. Director y Ancor de www.jaramillolujan.com y del portal de formación www.marketingpoliticoygobierno.com premiado por el gremio de la consultoría política en 2020 y como Blog Político del año en los Napolitan Victory Awards 2021.

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