¿Ha renunciado la derecha a la democracia?

Siempre nos construyen nuestros enemigos

Como contó con detenimiento el historiador Eric Hobsbawm, las revoluciones de 1848, una derivada de la irrupción del pueblo en la historia a partir de la Revolución Francesa de 1789, consiguieron el sufragio universal masculino como contrapartida para abandonar las barricadas. En el ámbito occidental, todo el siglo XIX  fue una lucha constante para hacer cierta esa extensión del sufragio, con discusiones alambicadas e idas y venidas sobre el umbral de renta o el tipo de empleo que había que poseer para tener el derecho al voto. También con asonadas militares y guerras civiles para impedirlo o para matizarlo y donde el protagonismo correspondía más a fracciones de la burguesía enfrentadas entre sí que a los sectores de populares (incluidos los pueblos indígenas y afrodescendientes, que deberán esperar al siglo XX para empezar a visibilizar sus reclamaciones).

Siempre nos construyen nuestros enemigos, especialmente cuando la consciencia y la organización ponen en peligro algún privilegio –evidente en conflictos de clase, raza o género- o hacen más eficaz una agresión –propio de las guerras de tipo imperialista o de descolonización-. La revolución mexicana de 1910 y la rusa de 1917, con la generalización de la reclamación de derechos sociales, terminarían ayudando a que los sectores latifundistas, empresariales y financieros, apoyados puntualmente por clases medias, apostaran por el fascismo, el nazismo y el franquismo (o, en otros lugares, por sus émulos). En Europa, la derecha, que renunció a la democracia para mantener sus privilegios, prefirió la guerra y perdió.

Tras ser derrotada en 1945, principalmente por el esfuerzo bélico de la Unión Soviética –que empezó a pararle los pies a los nazis en Stalingrado (actual Volgogrado)-, la derecha occidental sufrió su más dolorosa experiencia. La Constitución francesa de 1946, la italiana de 1948, la alemana de 1949 o la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 las escribieron, entre otros, héroes de la Resistencia. El Zeitgeist (el espíritu de la época) era progresista en la política, el derecho, la economía y la cultura. La imposición del modelo neoliberal en los 70 y 80 vino para revertir esa derrota. No en vano empezó con el golpe contra Salvador Allende en Chile en 1973 y la imposición del modelo económico autoritario de Milton Friedman, el discípulo de Friedrich Hayek.

Estados Unidos, en franca decadencia, está protagonizando la violencia ante el cambio de modelo.

Dos grandes movimientos volvieron a activar a la derecha. Por un lado, el auge de las protestas antiglobalización y las reclamaciones contra el neoliberalismo. Estas fueron plurales y globales como el propio capitalismo. Su presencia se rastrea por todos lados. Van del fraude electoral en 1988 en México contra la candidatura de Cuahutemoc Cárdenas –opción crítica con el giro neoliberal del PRI de Miguel de la Madrid- a la reciente victoria de Gustavo Petro en Colombia, pasando por el Caracazo, las primaveras árabes, las cumbres contra el FMI y el BM, el 15M, Occupy Wallstreet y tantas otras. Al tiempo, la izquierda que renunció a la lucha armada y optó por la salida electoral empezó a ganar elecciones con un discurso y un programa claramente críticos con el neoliberalismo (a los que se han ido sumando las reclamaciones medioambientales, feministas y decoloniales y la paulatina desaparición del modelo unipolar salido del fin de la guerra fría).

Esta doble vía electoral y de protesta han generado una nueva etapa de conflicto que se expresa con creciente dureza entre los que quieren regresar al privilegio del liberalismo previo a la consecución de derechos políticos y sociales y los que quieren repartir equitativamente las ventajas de la vida social. En esa pelea, y de manera cada vez más evidente, la derecha está abandonando la democracia. Y Estados Unidos, en franca decadencia, está protagonizando la violencia ante el cambio de modelo, expresada en la represión policial de la comunidad negra y latina en el país, en los crecientes niveles de miseria en los cinturones urbanos, en los bloqueos a los países que intentan modelos alternativos, en la manipulación mediática y en la guerra de Ucrania como antesala de la confrontación con China.

La extrema derecha asaltando el Capitolio

La irrupción del Tea Party la victoria de Ronald Reagan, la candidatura de Sarah Palin, el fraude electoral que dio la victoria a Georg Bush frente a Al Gore o el triunfo electoral de Donald Trump gracias al apoyo mediático, son hitos del vaciamiento democrático de los EEUU. La derrota de Trump a manos de Joe Biden ha ahondado en la renuncia en el Partido Republicano a las reglas democráticas. La estrategia de desconocimiento de las reglas democráticas -que incluye el abuso de las redes sociales, el nombramiento de jueces reaccionarios en el Tribunal Supremo, la autorización de la violencia policial o la amenaza militar- se expresa también en la influencia del trumpismo en la extrema derecha en Europa y en América Latina.

La entrevista que publica el diario The Guardian el 21 de agosto al político republicano Rudy Bowers es estremecedora. Acerca un poco más la tesis de que EEUU puede estar al borde de una guerra civil y, de manera aún más clara, demuestra que una parte sustancial del Partido Republicano ha decidido desconocer el Estado de derecho y la Constitución norteamericana.

Rudy Bowers era el Presidente de la Cámara de Representantes de Arizona y se presentaba a la reelección. Fue derrotado por David Farnsworth, otro republicano, en esta ocasión apoyado directamente por Donald Trump. La nueva Roma paga bien a sus leales. Farnsworth asumió la tesis de que las elecciones de 2022 fueron arrebatadas ilegítimamente a Trump. Recuerda The Guardian que en la campaña contra Bowers, Farnsworthe señaló que quien le robó las elecciones al candidato republicano fue «el mismo diablo» de una manera «satánica». Se hace cierto que todo lo que se usa contra un adversario al que se ve externo –y que por su condición externa justifica el terrorismo de Estado, el uso del deep State, quebrar el estado de derecho, ejecuciones extrajudiciales o acosos civiles- termina sufriéndose dentro.

El escenario de los que se resistían a usar las mascarillas durante la pandemia ya le había dado alguna pista. Siempre hay señales que advierten del peligro a la democracia, aunque el deterioro general de los medios de comunicación dificulta verlo.

Donald Trump y su abogado Rudy Guliani (quien fuera alcalde por el Partido Demócrata en Nueva York entre 1994 y 2001 y a quien Trump habría ayudado en un momento de depresión y alcoholismo) fueron los encargados de presionar a Bowers para que «encontrara» donde fuera y como fuera los 11.000 votos que le habían hecho perder en ese Estado al presidente del pelo naranja. Bowers, un mormón de ideas profundamente conservadoras («familia, fe, comunidad»), reconoce en la entrevista que siempre pensó que serían los demócratas los que traicionarían a una Constitución que el político republicano ve inspirada por Dios (es decir, la polarización en los EEUU, como en todos nuestros países, crea nichos de sentido y dificulta a mucha gente entender la realidad). Cuando el político republicano vio que los que estaban desconociendo la Constitución eran los suyos se quedó «boquiabierto» (aunque, señala, el escenario de los que se resistían a usar las mascarillas durante la pandemia ya le había dado alguna pista. Siempre hay señales que advierten del peligro a la democracia, aunque el deterioro general de los medios de comunicación dificulta verlo).

Trump y Guliani, continúa The Guardian, le hicieron saber a Bowers que habían detectado en Arizona a «200.000 inmigrantes ilegales y 6000 personas muertas» que habían votado. Si aquello no bastaba, le contaron que existía una «Ley arcana de Arizona» (Arcane Arizona Law) que permitiría a los republicanos, en ese momento en el poder en el Estado, prescindir de los electores de Biden y mandar al Congreso a los seguidores de Trump. Es decir, le exigían a Bowers que anulara el resultado de las elecciones. Por si fuera poco, John Eastman, profesor de derecho, director del Centro de Jurisprudencia Constitucional (instituto vinculado al Think Tank conservador Claremont Institute), y antiguo decano de la Escuela de Leyes de la Chapman University, exhortó a Bowers a quitar la certificación electoral a los votantes y a dejar que los tribunales solventaran el asunto, es decir, que robara las elecciones, impidiera el nombramiento de Biden y confiara en una justicia que ya no lo era para lograr en las salas judiciales lo que no habían logrado en las urnas: «simplemente hágalo y deje que los tribunales resuelvan todo». Todo un decano de una prestigiosa facultad de leyes norteamericana. Lo que está pasando con el lawfare (la guerra jurídica contra la izquierda) en Argentina con Cristina Fernández de Kirchner y el Partido Justicialista, en Brasil con Lula, Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores, en Ecuador con Correa y el Movimiento País o en España con Podemos forma parte de un comportamiento repetido por el conservadurismo de todo el mundo. Trump ha sido el espejo. Pero el espejo refleja el comportamiento de la derecha en prácticamente todo el mundo.

El decente político republicano tuvo que soportar que matones armados y tatuados con símbolos de extrema derecha le acosaran en su casa, le amenazaran de muerte e intentaran invalidarle en sus derechos civiles acusándole de «pedófilo». Les dio igual que su hija, enferma de cáncer y moribunda, estuviera en la casa. Y también tuvo que ver cómo el Comité Ejecutivo del Partido Republicano de Arizona le censurara y le dijera que «ya no era un republicano de buena reputación». Así hasta su expulsión del congreso de Arizona. Todos los que ganaron las postulaciones a Gobernador, senado, Fiscal General del Estado y secretario de Estado en Arizona en las elecciones en las que Bower fue expulsado son fanáticos de Trump, continúa el periodista de The Guardian, Ed Pilkington. El candidato a la Secretaría de Estado es Mark Finchton, miembro de la milicia nacionalista de extrema derecha Oath Keepers. Estuvo en el asalto al Capitolio el 6 enero de 2021, donde murieron cinco personas y se han suicidado cuatro policías de los que repelieron el ataque (¿presiones? ¿Mala conciencia? ¿Otros causas no explicadas?).

De Washington a Buenos Aires pasando por Madrid y Roma

Esta semana el fiscal Diego Luciana, un jurista con claras vinculaciones con el anterior Presidente de Argentina, Mauricio Macri, ha pedido, sin pruebas, una pena de 12 años e inhabilitación perpetua para la ex Presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Nadie duda de que ha sido un juicio plagado de irregularidades y sobre el que el ex magistrado de la Corte Suprema Raúl Eugenio Zaffaroni, uno de los juristas más prestigiosos de Argentina, América Latina y el mundo, ha dicho que se trata de una farsa donde «el propio funcionamiento institucional, enroscado en sí mismo, está produciendo una catástrofe que se está cargando a la República y la Democracia». Y donde el Poder Judicial, añade, amparado por unos medios que actúan como un monopolio, «protagonizan un show grosero» donde unos jueces «juegan a la política y protagonizan el juicio oral con el final sabido más vergonzoso que nunca se haya visto».

Conseguir en los tribunales lo que no consiguieron en las urnas. Pero con un agravamente, como ha recordado la ex Presidenta, respecto de lo que le pasó a Lula Da Silva en Brasil. Porque es cierto que allí igualmente un juez corrupto y prevaricador encarceló sin pruebas a Lula, que le sacaba 20 puntos de distancia a Bolsonaro, pero finalmente el Tribunal Supremo falló a favor de Lula. En Argentina, el Tribunal Supremo es parte de la farsa y una parte del ejército y la policía aún justifica la desaparición de 30.000 argentinos durante la dictadura. En definitiva, se trata es de un intento de proscripción de millones de argentinos que votaron por CFK, como se la conoce popularmente. La derecha argentina está renunciando a la democracia. Cuando pierden las elecciones y no le tienen miedo al pueblo, les regresan los malos pensamientos. Y cuando ganan, como en Hungría o Polonia o, con bastante probabilidad, en Italia, la extrema derecha convierte en ley su autoritarismo. El fantasma de los años treinta del siglo XX recorre el mundo. Y da miedo.

La derecha puede decir una cosa y la contraria, robar y criticar la corrupción política, mentir y bramar contra la falta de sinceridad en la política, acusar de inmorales a la izquierda y formar al tiempo parte de redes de corrupción, de tráfico sexual y de drogas. Hablar en nombre de la patria y robar constantemente a la patria

Defender la democracia vaciada o apelar a la creatividad

La izquierda está defendiendo la actual «democracia vaciada» (Peter Mair, Boaventura de Sousa Santos, Colin Crouch), mientras que la derecha ha renunciado a todas esas partes de las constituciones liberales que les frenan. La izquierda está enajenándose el apoyo de los enfadados defendiendo Gobiernos que si bien consiguen avances –pensemos en la subida del salario mínimo en España o la reciente batería de leyes aprobadas en defensa de las mujeres y los sectores más golpeados por la crisis-, apenas pueden poner parches a las enormes desigualdades. Es más fácil que las eléctricas y los bancos se enriquezcan con las crisis y las guerras que crear una banca pública o una empresa pública de energía, ponerles un impuesto eficaz o parar un conflicto como en Ucrania. Como venimos defendiendo, los que se benefician del sistema atacan el sistema y los que no pueden superarlo con las reglas de juego vigentes, sosteniendo las democracias liberales vaciadas. Y como la derecha tiene el monopolio de los medios de comunicación, la lucha de la verdad contra la mentira es un lecho de Procusto donde en el intento pierdes los pies o la cabeza. La incorrección política le da réditos a la derecha, que puede decir una cosa y la contraria, robar y criticar la corrupción política, mentir y bramar contra la falta de sinceridad en la política, acusar de inmorales a la izquierda y formar al tiempo parte de redes de corrupción, de tráfico sexual y de drogas. Hablar en nombre de la patria y robar constantemente a la patria.

La verdad, pese al optimismo de Hanna Arend después de la Guerra Mundial, no consigue hoy grandes adhesiones. ¿Cómo va a ser falsa esa noticia –dice un padre a su hija en una viñeta del argentino Daniel Paz que resume a la perfección el problema- si coincide totalmente con lo que yo pienso? Las legiones van detrás de identidades que te hacen sentir más fuerte y seguro, de liderazgos, lemas, promesas de futuro, salvaciones, resurrecciones o certezas frente a los enemigos. La verdad es incómoda, llena de matices, frágil y recelosa, tímida e insegura. La derecha, como la expresión política del poder, siempre ha recurrido a la mentira, salvo cuando ha sido derrotada. La izquierda, como la expresión política de los que buscan la igualdad, siempre ha creído que la verdad es revolucionaria. Y tiene otra vez como misión organizar el desconcierto, instruirlo y dotarle de un entusiasmo que sea más atractivo que la promesa purificadora de fuego y sangre que ofrece la derecha. Es tiempo otra vez de política. Pero de una política creativa. Renovada. Intergeneracional. Enfadarse con la política sin el antídoto de la organización es echar de comer al fascismo. No se puede criticar una enfermedad enfermándote.

Juan Carlos Monedero

Es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Hizo sus estudios de posgrado en la Universidad de Heidelberg (Alemania). Actualmente es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid (con dos tramos de investigación -sexenios- reconocidos).

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