¿Qué debe contener una Constitución?

Supongo que esta es la pregunta con la que empiezan miles de títulos académicos brillantes, muchos de ellos, llenando kilómetros de anaqueles en prestigiosas Universidades y Facultades de Derecho. Y es la pregunta retórica con la cual el renombrado profesor, eminencia en ese tema constitucional, arranca la clase frente a los futuros abogados, cuyo blando cerebro juvenil no les permite más que mirar alelados a su maestro despacharse frente a ellos, con una salva de conceptos y citas espectaculares para abrir el semestre.

A pesar de la combinación de cinismo y sarcasmo del párrafo de arriba, el tema y la pregunta, siguen siendo relevantes e importantes. Sin embargo, en la actualidad, en Colombia y durante muchas décadas, para ser honestos, esa pregunta ha sido pronunciada con un tono de buche de agua y solemnidad ridículas que merecen una especie de burla por la patética pomposidad fingida con la que se oye de los políticos y muchos académicos colombianos que la usan como frase inicial de su liturgia impenetrable e ininteligible, diseñada para espantar a los no iniciados en el secreto, y descalificar cualquier opinión no autorizada y sancionada por la jerarquía eclesiástica laica que guarda celosamente el libro de rezos y conjuros, cuyas páginas están vacías y en blanco, y que cuando uno está arrodillado ante estos falsos gigantes intelectuales esperando la unción, no alcanza a ver.

Pero como yo soy un usurpador del fuego de los dioses, un asaltante del Olimpo académico y un practicante profano de las artes religiosas del Derecho, la cuestión que yo planteo, es más bien “¿Qué no debe contener una Constitución?”. Esa, es una pregunta mucho más interesante y relevante, y sobre todo, más coherente con la evidencia empírica económica y política: que los Estados Unidos es más exitoso económica y socialmente con una Constitución no tan larga, que se lee en media hora, que no tiene miles de derechos, y que limita el Estado y no al ciudadano. Si nunca se la han leído, creo que la sección de las enmiendas es más larga que el resto del texto. Pero el tema no es lo especial de la Constitución Política de los Estados Unidos de América, sino qué es en sí lo que la hace tan efectiva y tan duradera, siendo tan, “sucinta”, como dirían algunos de los sacerdotes del culto jurídico que la desprecian por no producir o conducir a una sociedad ilustrada ideal.

En el 1789, año de su publicación, los redactores y firmantes de la Constitución de los EEUU, no contaban con las herramientas científicas y analíticas para determinar los factores precisos que harían de dicho documento, quizá, uno de los dos documentos legales más importantes del segundo milenio, junto con la Magna Carta del 1215; aunque si contaban con una herramienta fundamental que Occidente ha ido rechazando sistemáticamente como obra de los peores criminales ideológicos de la historia: la tradición judeocristiana, ergo, el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, y demás libros sagrados que componen nuestra herencia religiosa. Suena exagerado, pero así es como la izquierda le vende actualmente la religión a las personas y a los ciudadanos, y no solo en este hemisferio.

Un ejemplo son los 10 mandamientos otorgados a los hombres en el Monte Sinaí a través de Moisés; todos, excepto uno, tienen en común un detalle fascinante, y es que se refieren a lo que no hay que hacer, es decir, al negativo, al límite. La tradición religiosa es sobre sabiduría, cuya diferencia con el conocimiento ilimitado que propone la ilustración, es que inculca la abstención, saber cuándo NO, más que la acción o la coacción. Ese detalle, que parece una simple característica o una curiosidad, tiene implicaciones evolutivas para la supervivencia de la especie, incluyendo, su éxito económico. Para quienes nunca han leído La Biblia, o se les ha negado el conocimiento básico de estas reglas, aquí están los 10 mandamientos para que los analicemos desde el punto de vista de su conveniencia evolutiva y económica.

“Dios habló, y dio a conocer todos estos mandamientos:
«Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo.
1. »No tengas otros dioses además de mí.
2. »No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados y me odian, yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por el contrario, cuando me aman y cumplen mis mandamientos, les muestro mi amor por mil generaciones.
3. »No uses el nombre del Señor tu Dios en falso. Yo, el Señor, no tendré por inocente a quien se atreva a usar mi nombre en falso.
4. »Acuérdate del sábado, para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades. Acuérdate de que en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y que descansó el séptimo día. Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo.
5. »Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios.
6. »No mates.
7. »No cometas adulterio.
8. »No robes.
9. »No des falso testimonio en contra de tu prójimo.
10. »No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca».”
–Éxodo 20:1-17 (NVI)

El primero, sin ir muy lejos en el asunto teológico: se refiere a la verdad. Si se abrigan mentiras, si se abrigan falsedades, al final uno se llena de problemas. ¿Les parece que hacer negocios con alguien que miente es una estrategia financiera exitosa en lo personal y en lo colectivo como sociedad? Los psicópatas siempre ofrecen salidas fáciles y rápidas, y para eso tienen que recurrir a la mentira y al engaño; un psicópata nunca va a decir que algo toma tiempo y esfuerzo, o es difícil y existe una gran posibilidad de fracaso, porque eso no vende rápidamente un producto fraudulento, quizá, excepto en una sociedad que se acostumbró a que eso es la norma.

El segundo, es más bien una advertencia sobre poner la fe en quienes (o en cosas materiales) se quieren apoderar de la autoridad para producir o sancionar lo que es verdad y lo que no. En nuestros tiempos diríamos que son los políticos, pero actualmente los influencers, celebridades, periodistas, y demás, ocupan también este papel, y no es que lo hagan con mala intención, sino que por la guerra constante contra la verdad objetiva –aquella fuera del individuo, y que implica múltiples comprobaciones con el mismo resultado en diferentes momentos y a través de diversos reinos del conocimiento– que se ha desatado en Occidente, las personas ya no tienen mecanismos claros para filtrar a quién dirigen su atención y en qué grado le confieren credibilidad. Ya no está moralmente mal visto declararse seguidor o decir que alguien es un ídolo, aunque solo proporcione emociones tan pasajeras como la sombra de una nube y tan efímeras como su forma.

El tercer mandamiento, también tiene que ver con la mentira y la falsedad. De nuevo les pregunto, ¿es que hacer negocios o tratos con personas que mienten y engañan es exitoso? Yo no creo. En Colombia, y en Antioquia también, nos acostumbramos a que las personas en los más altos cargos nos mientan y no reaccionamos, y luego salimos a preguntarnos por qué no hay orden, por qué los ladrones no están en la cárcel, por qué los asesinos tienen curules en el Congreso, entre otros.

Es muy curioso que los primeros tres mandamientos de la Ley de Dios se refieran a no engañar, a no engañarnos, a no decir mentiras y a rechazar la falsedad. Yo creo que es porque la mentira destruye las conexiones humanas en un nivel tan fundamental, que aunque podemos observar sus consecuencias, aún no las entendemos bien.

Todos nos mentimos a nosotros mismos y también mentimos a otros. El problema no es reconocer ese defecto humano, sino destruir y rechazar las reglas y mecanismos que le ponen límites. Mentiras económicas como la inflación, el déficit presupuestal, el control de precios, y así sucesivamente, son el equivalente a un arbusto enredadera de alambre de púas que crece de manera descontrolada entre nosotros hasta asfixiarnos; todo vínculo de confianza se rompe y no es posible tener interacciones honestas, ni en la familia, ni en los negocios ni en cualquier otro tipo de transacción porque las distorsiones hacen imposible ver el mundo con nitidez. Mentir y falsear destruyen, y por extensión, eliminan a los individuos que las practican con mecanismos tan simples como que un comerciante se queda sin clientes, o una empresa no puede vender sus productos o es demandada. Mentir y falsear son nuestras masacres. Esos son los asesinatos, esas son las amenazas, ese es el robo del dinero para los desayunos escolares o las vacunas de los niños.

El cuarto mandamiento se refiere a descansar. ¿Ustedes realmente creen que se puede ser productivo sometiendo el cuerpo a jornadas extenuantes de trabajo? Eso tiene consecuencias. Si los patrones de sueño se alteran y no es posible descansar la mente, no se fija el conocimiento, y las ideas se acaban. Descansar es de sentido común económico.

El quinto mandamiento lo voy a dejar de último, porque es muy especial.

El sexto es muy claro: no matar. ¿Qué les parece? Para muchos no es obvio de toda obviedad que asesinar a otros seres humanos es malo, en tantas dimensiones, que uno se pregunta ¿qué es lo que pasa? No solo eso, se justifica, como lo hacen algunos con frases de una ignorancia tan inocente como peligrosa como las siguientes: “hay que quebrar huevos para hacer una tortilla”, o “unos pocos sacrificados por el bien de la mayoría”, es decir, por la pureza de la raza y otros más. Durante el siglo XX hubo decenas de millones de asesinatos cometidos bajo ese tipo de justificaciones, y a Colombia acaba de llegar al poder un grupo que lo ha practicado con total tranquilidad de consciencia durante más de 50 años, claro está, que lo que había antes, era un grupo de gente que parece que nunca leyeron los primeros tres mandamientos, a pesar de que se llamaron a sí mismos creyentes y cristianos devotos.

El séptimo: No cometer adulterio. Este es uno de los preferidos de la izquierda para justificar el ataque constante contra el tal “heteropatriarcado” y hablar de la liberación sexual femenina, y para justificar cuanta cosa se les pasa por la cabeza sobre lo arcaico de las tradiciones y costumbre sexuales de la humanidad y, en especial, del cristianismo, etc., etc., etc.… pero, hay que explicar algo: la fidelidad en el matrimonio, el cual, es un contrato de vinculación económica porque la familia es la célula esencial de la sociedad, y la más importante empresa en ella puede verse afectada si una infección de transmisión sexual como el VIH, la sífilis, la gonorrea, entre otras, se filtran a través del contacto sexual con terceras personas fuera de la relación. Evolutivamente, tiene todo el sentido guardar fidelidad, si con esto se preserva la salud e integridad física de los individuos que componen un matrimonio, y no solamente eso, se preserva la confianza mutua esencial para llevar a cabo exitosamente esa empresa. No es una cuestión religiosa la que decidió que la fidelidad era saludable, fue lo saludable de la fidelidad lo que la convirtió en parte de los códigos religiosos; no son los curas los que un día se levantaron y dijeron “¡Eureka!”. Los seres humanos hemos descubierto que la fidelidad es excelente para mantener la calidad de vida de toda una sociedad gracias a millones de años de evolución y paciente observación, lo que definitivamente obligó a incluir este principio básico como regla moral.

Las reglas morales tienen que conducir a la preservación de los individuos y del grupo, y eso a su vez, implica que tienen que ser económicamente sólidas para poderse mantener en el tiempo.

El octavo: no robar. ¿Es que no es obvio que uno no debe hacer tratos y negocios con ladrones? Aunque en Colombia nos encanta posar con gente que miente, mata y roba. Una sociedad donde no se protege la propiedad privada, es una sociedad que fracasa. En el socialismo de nuestra Constitución Posmoderna de Derecho Positivo de 1991, se proclama que la propiedad tiene función social y ecológica, es decir, que nos la pueden quitar. Además, el Gobierno se arroga el privilegio, porque no tiene ningún derecho, de decidir con qué cantidad de nuestros ingresos nos podemos quedar, o cuánto podemos o debemos pagar por ciertos bienes o servicios.

La propiedad privada ha sido el caballo de troya que nos han metido como la causa de toda injusticia en la sociedad, y las personas, que se han creído esa mentira, han votado consecutivamente por Gobiernos diseñados para robar protegidos por el manto institucional, y con el propósito de redistribuir la riqueza como solución última a nuestros problemas. Ahora yo pregunto: y es que estar llenos de cosas materiales ¿nos ha resuelto la sed eterna de ese vacío permanente que nos causa la falta de tranquilidad en una sociedad sin justicia, donde se roba y se mata con la facilidad con la que se ordena una comida rápida? No, y no es que los bienes materiales no hagan falta, porque sí hacen falta, más tienen que ser bien habidos y sin robar y sin matar. Riqueza virtuosa, o sea, la que trae el trabajo duro, diario y constante, colaborando de manera libre y espontánea con otros seres humanos, y en los cuales se puede confiar y a los que no se les miente, es la riqueza que Colombia nunca podrá alcanzar. Algunos pocos se enriquecerán a costa del resto, pero tienen que andar en carros blindados, rodeados de escoltas, y vivir detrás de muros altos y sistemas de seguridad costosos y sofisticados, y siempre temiendo que alguno les haga algo a ellos o su familia.

La acumulación material es una consecuencia, una positiva si proviene de la práctica de la virtud y valores morales, que más que religiosos, están ampliamente reconocidos como exitosos económicamente: no robar, no matar, no mentir y no creer en personas que se quieren declarar como fuente de la verdad y demandan tributo con la amenaza de la violencia o la excomunión.

El noveno es una llamado explícita a no mentir (nuevamente). No solo es a buscar la verdad, o a apreciar el valor de la verdad o a saber detectar quienes no dicen la verdad, sino a que no mintamos. Estamos en graves problemas en nuestro país por el simple hecho de que ya no tenemos ningún empacho en decir mentiras de grandes calados o aceptar lideres que las dicen.

Y el décimo, y último de la lista, no codiciar. Es bien interesante que si uno sigue los otros mandamientos, el resultado probable, porque las cifras lo demuestran y la evidencia empírica económica lo respalda, es la acumulación material, y al final Dios nos dice que querer lo que los demás tienen de pronto no es tan bueno ni tan positivo. ¿Por qué? Yo creo que es porque todos los seres humanos tenemos la tendencia natural a pensar que a veces estamos mal porque otros están bien; que si somos pobres, es porque otros son ricos; que si somos ignorantes, es porque otros tienen conocimientos; que si somos oprimidos, es porque otros nos oprimen. Y este análisis es coherente con la rabia y resentimiento que predican y esparcen los falsos lideres e ídolos que venden todos los días las mentiras de sistemas políticos y económicos inmorales que destruyen al individuo y a las sociedades que los ponen en marcha: socialismo, socialdemocracia, fascismo, suprematismo racial de cualquier color (porque los hay de todos los colores), entre otros. Es cierto que el contexto a veces no se presenta para que podamos surgir o desarrollar proyectos personales, pero eso está muy lejos de la idea errónea de que son los demás los causantes de nuestras propias falencias morales. Es muy fácil convencer a otros, como ha sucedido en Colombia por más de dos siglos, de que un tercero es el culpable. Primero los españoles y el Rey, luego los burgueses, luego el heteropatriarcado, luego estos y luego aquellos, y así sucesivamente.

Por último, el quinto mandamiento: honrar a padre y madre para tener una larga vida. Qué raro que no se expresa en forma negativa, e incluso como imperativo, aunque sea un mandamiento; lo hace en forma de consejo, de proverbio, de adagio. Resulta que nuestros padres, mamá y papá, son los que nos conciben, y cada uno de ellos aporta 23 cromosomas cuya historia se remonta a antes de la consciencia, a antes de toda guerra y de todo conocimiento humano. La tradición, si uno quiere verla como simple herramienta, tiene la utilidad suprema de cargar por nosotros con una biblioteca de sabiduría acumulada por eones de evolución biológica y la pone a nuestra disposición con un simple gesto: respetar a nuestros viejos y a nuestros antepasados. La línea que conduce al futuro de cada familia, se proyecta en el espejo del presente que refleja el pasado, y cuando despreciamos la tradición del conocimiento que nos ha servido para ser exitosos llegando hasta el presente, nos imaginamos erróneamente que la historia, el conocimiento y la sabiduría nacen y mueren con nosotros, que somos el principio y el fin de todo, y que no hubo nada ni antes ni después; esa arrogancia es anti-humana, anti-económica y produce el fracaso seguro de una sociedad.

La religión, como código, es diferente en cada grupo humano y producto individual de cada medio ambiente; es uno, que reúne de forma explícita, reglas que contienen las adaptaciones evolutivas que se han determinado como exitosas en dicho(s) contexto(s) para la reproducción de los seres humanos y sus sociedades. Esta es la razón principal por la cual hay que separar religión y Estado, porque un grupo de personas desde cargos de poder, haciéndose pasar por lideres, obligando a los demás miembros de una sociedad a adorarlos como falsos ídolos, y mintiendo, robando y matando, no pueden por simple imposibilidad física, determinar cuáles son las adaptaciones evolutivas más adecuadas para la supervivencia humana.

Un Gobierno no es más que el administrador temporal de un legado cuyas reglas no puede escribir o cambiar, solo hacer respetar. Pero hay quienes insisten en que es posible “transformar la realidad”, ese mamarracho peligroso, slogan de aquellos que creen en la ingeniería social y que repiten constantemente como dogma de su más obstinado fundamentalismo ideológico; es un ejemplo de la arrogancia infinita y de una postura política que incluso rechaza la ciencia cuando ésta ya no le sirve más.

Por eso una Constitución que no es de Derecho Negativo ¡y que debe expresar limites! en vez de prescribir acciones respaldadas por violencia si no se ejecutan al pie de la letra, es un total y absoluto fracaso, como lo han demostrado la actual Constitución Política de Colombia y las sucesivas que han tenido los países que se tragaron el cuento ilustrado del “Contrato Social”, del “Estado fuerte”, del racionalismo, del sentimiento antirreligioso, del laicismo desconectado del pasado, de la ingeniería social, del individuo como una superficie en blanco o masa amorfa lista para ser moldeada, o de la ciencia como nueva religión, cuyas verdades son transitorias y puntuales.

Si alguien se pregunta por qué no tengo respeto alguno por (la mayoría de) la teoría jurídica practicada en Colombia, y por qué la Constitución propuesta para la República Libre y Soberana de Antioquia es de Derecho Natural y de Derecho Consuetudinario y no una lista de deseos y berrinches infantiles que quieren cambiar al mundo inventándose la rueda todos los lunes por la mañana rellena de cientos de garantías y saludos a la bandera, es porque el Derecho Positivo, el Derecho Codificado y la teoría ilustrada venida de la Europa continental son anti-humanos, pro-autoritarismo y pro-totalitarismo. Y su defecto fatal es que quienes las practican se tienen que aniquilar mutuamente en masa cada cierto tiempo para resolver las incongruencias del inevitable cierre lógico de los errores legales, administrativos y económicos derivados de la inmoralidad de su sistema de valores. Los europeos lo han hecho desde el siglo XVIII, continuaron en el XIX, y en el XX lo llevaron a su culmen máximo con las dos guerras mundiales. Me pregunto: ¿Cuándo será en el siglo XXI? Por ahora se tiene al conflicto en Ucrania, una más de las desgracias causadas por la ilustración francesa y el comunismo marxista; ambos, han dejado un país (Rusia) cuyo estado actual es una sociedad oligárquica y sin libertades, llena de miedo y desconfianza, y que solo puede considerar la agresión y la invasión como soluciones viables para su protección, pues eso es lo que su sistema de valores inmorales le indica, inevitablemente.


Este artículo apareció por primera vez en nuestro medio aliado El Bastión.

About the author

Germán Contreras “El Perforador”

Independentista antioqueño. Fundador de ALS (Antioquia Libre y Soberana): Movimiento por la Independencia de Antioquia de Colombia.

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