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Vulnerables

“¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?”. Nietzsche

Cada ser humano resiste sus pandemias. Algunos las soportan desde la precariedad y otros las viven desde sus comodidades. Vulnerabilidad significa que puede ser dañado física o moralmente, es decir, todos somos vulnerables, pero hoy más. Sin buscar lecciones debajo de las piedras, sí es importante reconocer que un virus nos ha hecho confesarnos mortales —insistiré que la intensidad de dicha vulnerabilidad depende de cada vida—. Pero ser vulnerable hoy no es una especie de atributo, sino más bien “un modo de relación con el mundo”. Fisiológicamente somos débiles; económicamente nos hicieron inestables; psicológicamente estamos frágiles; socialmente estamos necesitados; la experiencia de la pandemia nos ha reconocido como una estirpe más pretenciosa y narcisa que fuerte y admirable.

La vulnerabilidad es “lo común” para los habitantes del siglo XXI. Para Kierkegaard “hay que encontrar el lugar desde el que mirar” y la vulnerabilidad parece eso, el ángulo desde el cual escribiremos el texto de la vida después de la pandemia. ¿Qué ventajas tiene el escribirse desde ahí?

Si tuviéramos que escoger una imagen de la vulnerabilidad ante el COVID-19, sin duda alguna viajaríamos a las Unidades de Cuidados Intensivos donde las almas se debaten entre la vida y la muerte, bajo un silencio lúgubre. Inclusive la imagen descrita es tan desgarradora que sugirió una nueva ley, pues en Milán el concejal Lorenzo Musotto indicó que debe existir el “derecho a decir adiós”. Las personas entran a los hospitales y son aislados de sus familiares y amigos para enfrentarse al virus —ganar o perder la batalla— sin compañía alguna. Pareciera ser que la imposibilidad de decir adiós es más dolorosa que la aceptación de la muerte misma. La vulnerabilidad compartida es una forma de resistencia porque vincula las interioridades, los miedos y las ilusiones de las personas, por lo que rompe con la lógica estratificada de la individualidad y sus ordenanzas.

Reconocernos vulnerables nos acerca al Otro. La narrativa ideológica del sistema tiene como uno de sus principios que el hacerse individuo es la solución a todos los problemas. A eso falsamente le han llamado autonomía y consta de asesinar las dependencias, los ensamblajes y hacerse burócrata de sí mismos; gestionarse como una empresa, porque solo así se llega a ser un sujeto digno: ¡qué triste el mundo de quien no necesita un abrazo! ¡Maldita la vida de quien no goza sus contradicciones! ¡Qué desconsolada situación de la quien tiene que guardar el control y la cordura siempre! Al respecto dice Judith Butler:

“Cuando se plantea que el individuo puede hacerse cargo de sí mismo bajo unas condiciones de vulnerabilidad generalizada, sino de auténtica pobreza, se está dando por hecho algo asombroso, y es que se asume que las personas pueden (y deben) actuar de manera autónoma y solitaria en unas condiciones en que la vida se ha hecho invivible”.

Entendernos vulnerables es también coincidir en un objetivo que es el querer vivir. Todos queremos sobrevivir al virus, pasar económicamente con los menores daños posibles y encontrarnos de nuevo con nuestros seres queridos. Pero, ¿no sería una conmoción política interesante percibir al otro no como una amenaza sino como alguien con quien compartimos coincidencias, afectos y expectativas frente a la incertidumbre actual? Es como encontrarse con un hincha del mismo equipo, un vecino del barrio o con alguien que lee el mismo autor de culto; un cómplice de ternuras y tristezas. Lichtenberg decía: “Estoy convencido de que uno no sólo se ama en los otros: también se odia en ellos”. El otro es una interrogación constante, una enunciación afirmativa de la propia experiencia y si nos reconocemos compañeros de la lógica del cuidado, las alianzas y sus potencias, estarán más próximas.

Josep Maria Esquirol, filósofo catalán, indica que el cuidar nos ha enseñado a pensar, y es que la empatía hoy exige juzgar y juzgarse cuidadosamente y no solo como un principio de convivencia, sino también como una oportunidad epistemológica. La pandemia reclama batallas en diferentes dimensiones y con ello no se limita a un único sentir, hay otros modos de alojarse en el mundo y vivir sus derivas y con ello podemos aperturarnos a la diferencia, sin embargo, también a la cercanía. En definitiva, somos contemporáneos porque somos compañeros de pérdidas.

Hay un gesto que vale la pena mencionar: la vulnerabilidad como forma de relación nos conecta, no importa si el diagnóstico es pesimista u optimista, lo cierto es que las pocas guerrillas al virus se han fraguado en el calor de la alianza. La medicina, la política —unas más y otras menos— y las acciones subjetivas de cuidado nos han dado amparo. Hay cuerpos protegiendo a otros cuerpos, hay cuerpos sirviéndose completos a otros y es así, nadie podría resistir este quiebre de la realidad en la soledad absoluta. Las vidas que comparten sus capacidades generan murmullos de vecindad y aunque el futuro no promete mejores mañanas los guiños de protección siguen estando presentes. Tan importante como la medicina es todo el conocimiento que intente asistir —asistir significa detenerse al lado de algo o de alguien— y en este sentido hemos visto movilizar el juicio de las más diversas filosofías para acompañarnos en lo que pasa.

En este tiempo de pandemia descubrimos derechos, reafirmamos deberes y ratificamos deseos. Al mundo al que regresaremos posee el tamaño de una desventura ya que de ahora en adelante todo proyecto humano, sea colectivo o individual, tiene mayor probabilidad de fracaso que antes de la pandemia. Si previamente la vida era difícil, mañana será peor. El oráculo era la fuente de todas las respuestas y en este momento pareciera ser que el miedo y la desconfianza son el punto de partida para pensar el futuro, y si no nos aceptamos compañeros de vulnerabilidad posiblemente la realidad nos caiga encima uno por uno sin dejarnos respirar.

Esto fue escrito por

Juan Pablo Duque Parra

Colombiano y vivo en México. "Con edad de siempre, sin edad feliz".
Psicólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Mágíster en Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y Magíster en Comunicación de la UNAM. Estudié Escritura Creativa en Aula de Escritores (Barcelona). "Un jamás escritor a un siempre lector".
Profesor universitario, sea lo que eso signifique.

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