Una revolución musical

Jorge Diego Mejía Cortés

“La música es una ilusión que
compensa todas las demás”
E.M. Ciorán


 

Al mejor estilo de la Revolución Cantada que sacudió el Báltico entre los años ochenta y noventa del siglo XX, cuya iniciativa llevó a Estonia, Letonia y Lituania a independizarse de la Unión Soviética; deberíamos iniciar una sublevación contra el monopolio de la industria musical actual y, sobre todo, contra las emisoras que nos imponen ese lánguido monocultivo sonoro y esa contaminación auditiva sistemática, a una escala tal, que amenazan seriamente extinguir la riqueza acústica que por siglos ha caracterizado nuestro país y que ha venido en franco deterioro desde hace más de dos décadas.

A riesgo de parecer excluyente o clasista, voy a expresar sin tapujos e incluso con algo de inquina mi posición que no es humilde: estoy hasta los cornetes de los narcocorridos, de la música de banda y, sobre todo, más que hastiado, asqueado del reggaetón, ¿en qué momento los medios de comunicación perdieron su función social y su buen gusto y se dedicaron a reproducir la música más pobre de la historia? (aclaro, cuando me refiero a pobre me refiero a su precariedad simplista, a su falta de arpegios, de ritmo, de cadencia, de complejidad, de armonía, de tonos, de colores, a sus letras facilistas que parecen compuestas por un retrasado, con una ausencia total de romance o poesía y sin un ápice de buen gusto).

México y Puerto Rico especialmente, nos han invadido con la peor basura auricular posible en los últimos años, siendo países que han producido artistas increíbles y musicalmente impecables de la talla de Héctor Lavoe, Roberto Roena, Daniel Santos, José Feliciano, Juan Gabriel, José Alfredo Jiménez, Chavela Vargas, Café Tacuba, Caifanes, Pedro Infante (por mencionar algunos). En las últimas tres décadas nos ha llegado un caudal auditivo-escatológico sin precedentes que ha encargado de alienar a varias generaciones de latinos mal educados en cuanto a cultura musical se refiere y acostumbrados a una escala tan básica que no soportan una mínima tonada de inteligencia sonora (Petro debería llamar a consulta a sus embajadores por esta intromisión continua de mal gusto[1]).

Estos estilos musicales post-modernos, apocalípticos, que parecen creados con la única intención de lavar cerebros (y dinero), se enquistan en los oídos de los oyentes pasivos, que contra la fuerza de la voluntad vamos repitiendo como un desagradable mantra sus ridículas estrofas y coros mal elaborados, que terminan por infantilizar el gusto del usuario, convirtiéndolo paulatinamente en un analfabeto melódico sin oponer mayor resistencia, lo peor es que el grueso de la población supone que la música popular contemporánea es del gusto de todos, entonces se adjudican el derecho de poner a todo volumen canciones o producciones musicales que en otra época tendrían control parental.

Se escuchan entonces, letras que invitan abiertamente al consumo de droga y a la fornicación, y, el problema no es en sí la invitación, si no a qué público está llegando, ritmos que son replicados en las voces de los menores, quienes la cantan a todo pulmón, sobre todo en las fiestas familiares e institucionales. Este tipo de estímulos despiertan la libido a temprana edad y desestimulan la creatividad de los preadolescentes e infantes. Escuchar buena música es tan importante como leer, y, por supuesto, no es lo mismo leer a Paulo Coelho que a Dostoyevski, por ello es urgente pulir un poco la capacidad auditiva, especialmente la de los jóvenes pubertos, abrir la mente a nuevos instrumentos y voces que nos pueden transportar a otros estados; a lugares que van más allá de una rumba química o la cama de un motel.

Propongo hacer pues, una masiva jornada de evangelización musical, llevar hasta los lugares más recónditos del país música que jamás los lugareños pensaron escuchar, persuadir los oídos de  los pobladores de la Colombia profunda y de las favelas citadinas con Bossa Nova, con Jazz, con los nuevos ritmos de la música colombiana, poner la Radio Nacional, La Cámara de Comercio de Medellín, la Emisora de la U de A, Radio Bolivariana…, exigirlas en lugares públicos, en el transporte, en el Uber, hacer que germinen las mentes acostumbradas a los graznidos absurdos de Bad Bunny o de Medio Kilo[2], y dejar que Pink Floyd active algunas neuronas espejo, o que algún déja vú antropológico reviva la sangre afro que llevamos dentro recordando alguna de esas piezas hermosas del Caribe colombiano en la voz de Leonor González Mina o los Corraleros del Majagual, o activar quizá las articulaciones del espíritu dormidas con esas fusiones de la música del pacífico presentes en la obra de Herencia de Timbiquí o Choquibtown.

Hay que salir de los lugares comunes, salir un rato de la caverna, sacudirse un poco. Yo no me explico cómo tanta gente sale del país, recorre el mundo y no es capaz de absorber un poco de lo bueno de las culturas que visita, uno podría perfectamente ir a Buenos Aires y traerse un tango nuevo entre el hipotálamo, una polka polaca en el subconsciente, un fado de Portugal de contrabando, una zarzuela de España entre las venas, una Nueva Trova de Cuba… o, al menos en el turismo local, atreverse a disfrutar de un par de composiciones o interpretaciones de las estudiantinas de Ibagué, del Valle o del Eje Cafetero y aproximarse levemente al trabajo de tantas Casas de la Cultura y organizaciones culturales que cada día, y con las uñas promueven el majestuoso y respetado arte de la música, la misma que pasa de boca en boca, que hace memoria en las grandes ciudades, que denuncia lo que otros callan a ritmo de Hip Hop, a ritmo de Metal o de Punk.

Ya lo dijo en su momento Neruda, muere lentamente quien no lee, quien no viaja, quien no oye música, quien no encuentra encanto en sí mismo (…) pero lo nuevo y sobre todo lo diferente nos cuesta y nos aterra, el confort de la masa nos arrulla y nos vamos volviendo comunes y corrientes, vamos envejeciendo cediendo a la presión de grupo y vemos con júbilo como nuestros padres o abuelos aprenden a cogerle el gusto al mal gusto, quizá en un intento desesperado por encajar en el absurdo.

Antes de finalizar esta diatriba, una invitación; es importante, si tienes amigos artesanos o artistas, dramaturgos, realizadores audiovisuales, danzantes, músicos, escritores, compren sus obras, vayan a sus ferias, conciertos, recitales y presentaciones, compartan en sus estados, ¡apóyenlos!, así como apoyan a multinacionales genocidas o a empresas paramilitares, o como cuando van a dar la ganga a esos restaurantes llenos de luces, caros y sobrevalorados, o a esos conciertos de ególatras “semidioses” ordinarios que tienen cero empatía por el mundo y cero conciencia social.

Por último, el cambio cultural debe comenzar por los promotores de la cultura y la educación, es decir, los funcionarios públicos, los gestores culturales y sobre todo por los docentes de cualquier orden, universitarios o de colegio, públicos o privados. Ahora bien, tampoco exageremos, no quiero decir que debamos pedir o poner black metal, música incidental japonesa o música del Languedoc en una cantina de pueblo o en un antro, pero que tampoco, como borregos, escuchemos siempre lo que se vuelve tendencia por influencia del marketing y que termina por promover la chabacanería y la ramplonería, en aras de encajar en algún ethos.


Todas las columnas del autor en este enlace: Jorge Diego Mejía Cortés

[1] Es broma (para quienes se lo toman todo de forma literal)

[2] Peso pluma (creo)

Jorge Diego Mejía Cortés

Coordinador de la Tertulia Literaria U de A. Docente Normalista. Politólogo Universidad de Antioquia.

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