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Una pregunta a la ciencia política española

El 15M y especialmente el nacimiento de Podemos dio estatus de ciudadanía a los politólogos, les llevó a las tertulias y consolidó el espacio a los que escribían columnas en las periódicos.

Los que se dedicaban a las encuestas, igualmente tuvieron una mayor presencia, pues acompañan con sensación de fiabilidad las patadas que le meten a las encuestas los medios de comunicación, que son quienes las pagan para poder publicar exclusivamente lo que les interesa.

Los politólogos es difícil que brillen, porque en nombre de un supuesto rigor, han renunciado a la intuición, a las valoraciones y a los grandes relatos que son los que colocan cada acto dentro de una constelación que les da sentido.

Las tertulias han ganado en calidad, aunque ningún politólogo ha logrado un enorme brillo. Porque la ciencia política ahora mismo no tiene mucho brillo. Algunos han obtenido un mayor conocimiento del que tiene, por supuesto, un profesor de universidad, pero más allá de esa necesidad televisiva de convertir cualquier acto político en un espectáculo, no hay politólogos a la altura del reconocimiento de los periodistas que acompañan o han acompañado a la política española.

Los politólogos es difícil que brillen, porque en nombre de un supuesto rigor, han renunciado a la intuición, a las valoraciones y a los grandes relatos que son los que colocan cada acto dentro de una constelación que les da sentido. Si solo son narradores asépticos, se convierten en aburridos cuentacuentos -a menudo envueltos en números, estadísticas y regresiones que acercan a la ciencia política a la economía- que no aciertan a decir sino lugares comunes que los periodistas, con menor sentido del ridículo, superan y desbordan.

Ni las intuiciones ni los grandes relatos son rigurosamente científicos. Le preguntaron a Robert Oppenheimer, físico teórico conocido como el padre de la bomba atómica, si creía en los efectos del muérdago de los druidas que coronaba la entrada de su casa. Sin parpadear contestó: “por supuesto que no creo, pero funciona ¿eh?, funciona”.

Los politólogos deben enfriar los hechos. Pero no convertirlos en algo anodino. De lo contrario, como les pasa, caen en la “”falsa precisión o en una irrelevancia precisa”

Ni las intuiciones ni los grandes relatos son rigurosamente científicos, pero funcionan. Además, y si dejamos la hipocresía de lado, tampoco son científicas, por ejemplo, las teorías de la elección racional o casi todas las leyes neoliberales premiadas con Premios Nobel. Pero las usamos. Cuando algo ideológico coincide con el mainstream, con la corriente principal que sostenga la academia, se asume como científica. Por el contrario, si cuestiona el marco de la democracia representativa o el modelo capitalista, es rechazada como ideológica.

Los politólogos deben enfriar los hechos. Pero no convertirlos en algo anodino. De lo contrario, como les pasa, caen en la “”falsa precisión o en una irrelevancia precisa”. A fuerza de mirarse el ombligo, dejan de mirar la realidad y son incapaces de trenzar las relaciones entre la teoría y la práctica.  Giovanni Sartori fue uno de los politólogos más queridos del statu quo politológico. Se fue de Italia a finales de los 60 porque creyó que la nacionalización de la red eléctrica era el comienzo de una dictadura comunista. Nunca pensó en irse, curiosamente, cuando la democracia cristiana gobernaba en connivencia con la mafia. Por eso escandalizaron más sus palabras regañando a la ciencia política cuando se preguntó en 2004 a dónde iba la ciencia política norteamericana:

“¿Hacia dónde va la ciencia política? Según el argumento que he presentado aquí, la ciencia política estadounidense […] no va a ningún lado. Es un gigante que sigue creciendo y tiene los pies de barro. Acudir, para creer, a las reuniones anuales de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política (APSA) es una experiencia de un aburrimiento sin paliativos. O leer, para creer, el ilegible y/o masivamente irrelevante American Political Science Review. La alternativa, o cuando menos, la alternativa con la que estoy de acuerdo, es resistir a la cuantificación de la disciplina. En pocas palabras, pensar antes de contar; y, también, usar la lógica al pensar.”

Los politólogos, en esa mala reflexión sobre sí mismos, no enfrían los hechos. Los convierten en algo aburrido. Entre lo fáctico y lo válido, que criticó Habermas, prefieren mirarse en el espejo de los supuestos científicos -los que no cuestionan nada fuera de lo correcto- y se ahorran valorar algo que es profundamente normativo como la democracia.

Si la profesión se tomara un poco más en serio, habría aprovechado las declaraciones sobre la normalidad democrática en España vertidas por el Vicepresidente del Gobierno para salir a contar lo que cuenta en las clases.

Convertir en carne las reflexiones teóricas parece demasiado para la politología que sabe que puede meterse en faena defendiendo lo que existe pero que teme salir con algo más que arañazos si cuestiona la democracia que tenemos.

Porque en las clases explican el concepto de “desafección democrática” desarrollado por politólogos como el alemán Wofgang Merkel, que cuenta la debilidad del funcionamiento democrático, o hablan, con O’Donnell, de “democracias delegativas”, es decir, de democracias clientelares, sin imperio de la ley, con judicaturas caprichosas y una rendición de cuentas meramente electoral cada cuatro años. Citan a Katz y Mair sobre la cartelización de los partidos políticos, donde les pesa demasiado lo que quieren siempre conservar, o señalan el vaciamiento de la democracia (Peter Mair), continuando la crítica a la “posdemocracia” señalada por Colin Crouch. A veces, incluso, recuperan las críticas que Robert Dahl hizo a su propio concepto de poliarquía, que se olvidaba de las condiciones económicas en medio de la Guerra Fría, o, incluso, explican a Noelle-Neuman, que dijo que la “espiral del silencio” es la sumisión popular a lo que es aceptable en una sociedad y determina el poder de las posiciones que se construyen como mayoritarias.

Sin embargo, cuando podían haber salido a debatir en la opinión pública todos estos conceptos, con el que martirizan a los alumnos en los exámenes, han salido como la guardia de la noche a defender el Muro que separa los siete reinos de las tierras salvajes. Como si convertir en carne las reflexiones teóricas fuera demasiado para la politología que sabe que puede meterse en faena defendiendo lo que existe pero que teme salir con algo más que arañazos si cuestiona la democracia que tenemos.

Decía Gramsci que para entender el funcionamiento del Estado, había que pensar en el Estado estricto y también en el Estado ampliado. Y en el Estado ampliado, que permitía funcionar al Estado estricto, estaba, claro, la universidad.

La crisis de 2008 no sirvió para que los economistas reflexionaran sobre su disciplina. Tenían que haber retirado los premios Nobel a buena parte de sus gurús. El fin del bipartidismo ha pillado a la ciencia política española con el pie cambiado. Y se convierten en factores conservadores de una arquitectura que se ve resquebrajada.

Decía Albert Hirschman, un economista y politólogo crítico, que ante el enfado por una situación política, se respondía con la voz, es decir, protestando; con la salida, es decir, marchándose; o con la lealtad, es decir, aguantando el chaparrón sosteniéndola y no enmendándola.

Nos moriremos todos los politólogos y es muy probable que a la inmensa mayoría de nosotros no nos lea nadie. Pero se seguirá leyendo a Maquiavelo. Aunque no le publicarían en las revistas académicas.

No puede brillar la politología porque después de la crisis de 2008, de la corrupción, del fraude demostrado tanto del Emérito como del relato de la Transición, del desmantelamiento de los derechos sociales y el empobrecimiento de los jóvenes, de la deriva de la Unión Europea, del auge de la extrema derecha, de la conversión de los medios en altavoces de las fakes news o de la deriva de la democracia occidental, incluidos loquitos con pieles de bisontes y cuernos entrando en el capitolio, optan por la lealtad. Y por eso, no publicarían a Maquiavelo en las revistas que reparten la gloria académica. Dirían que es poco científico.

Aunque nos moriremos todos los politólogos y es muy probable que a la inmensa mayoría de nosotros no nos lea nadie. Pero se seguirá leyendo a Maquiavelo. En comparación, no está mal ese puñado de politólogos que fundó un partido que ha llegado al Gobierno.

Esto fue escrito por

Juan Carlos Monedero

Es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Hizo sus estudios de posgrado en la Universidad de Heidelberg (Alemania). Actualmente es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid (con dos tramos de investigación -sexenios- reconocidos).

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