Cultura El oficio de reescribirse Selección del editor

Solo dejó de ser

El nido parecía hacerse más grande con el pasar de los días, el espacio entre su cuerpo recostado entre las hojas y mi rostro contemplándola al pie del bodegón, se había vuelto un universo.

Hablábamos para lo estrictamente necesario o mientras tendíamos el cielo en las mañanas -que en realidad parecía dos cielos distintos, uno en el que ella había soñado profunda y otro en el que yo había dado tantas vueltas que parecía levantarme en otra nube-.

El momento del ritual de cafeína, se nos volvía solo un paso más para iniciar el día de cada uno. Cuando el sol se posaba sobre la mesa con el último sorbo, yo sabía que era mi momento del día antes de llegar la luna para mirar su ventana. Lo intenté por semanas -mirarla- pero mis ojos no tocaban los suyos, los de ella estaban muy bajos, muy lejos, muy fríos.

Entonces el reloj empezaba a consumirnos, a cada uno desde su rincón, como si nuestras vidas solo tuvieran el mismo techo en común. Con este encierro, la quietud de los labios se había vuelto evidente. Se me ha pasado entre las pestañas la idea de si éramos así antes, cuando podíamos oler el pavimento.

Cada hora marchita arrasaba con los verbos conjugados entre dos. Yo me concentraba en mis selvas de cemento, me hundía entre ellas como si pudiera escapar de aquí. Ella navegaba entre sus preguntas y respuestas, parecía que le cambiaban la expresión y le curvaban los labios; era evidente que sus números exactos la hacían más feliz que yo.

Apagado el sol, llegaban los puntos suspensivos y la ilusión de llenarlos compartiendo más que solo una habitación. Llegaba la esperanza de que los cuerpos estuvieran imantados por el deseo y que, en la complicidad, nuestra nube dejara de ser dos continentes. Pero no resultaba. Estábamos más conectados con otras almas, a mil pasos de distancia a través de espejos negros, que con nosotros mismos. Descendíamos al cielo entre tinieblas y volvía a encandilar el día.

Ayer cruzamos más de dos sílabas, fue inquietante porque daban recién las tres. Me emocioné, quise reiniciar los últimos dos meses, la intenté leer entre persianas. Ella, al otro lado del vaivén, respondía bajito a mis comentarios, con un hilo de voz que apenas si acariciaba. No sé cómo nos desviamos, no sabría encontrar el punto de quiebre que llevó a la decisión. Mis palabras de repente salían sin mi control, como arrancadas directo desde el estómago. Su hilito se volvió corriente de agua salada, de ideas completas, como escritas desde antes. Sus ojos se alzaron firmes y en ellos ya no la encontré, ya no estaba, ya no estábamos.

Entendimos sin muchas explicaciones que esto dejó de ser.

Hoy al despertar vi su cuerpo profundo, durmiendo en tanta paz que la sentí mía de nuevo. No pesó sobre los hombros cada sorbo callado en el desayuno, porque estaba pactado. La rutina para ambos comenzó, pero se siente distinta. El nido se ha encogido, casi puedo oír su aleteo tras mi cuello, a pesar de que ella sigue entre las hojas y yo al pie del bodegón.

Ahora nos queda un mes aquí adentro para entender que, a lo mejor, antes estábamos más cómodos sin ser, pero sin saberlo.

Esto fue escrito por

Sara Vásquez Marulanda

Sara es psicóloga de la Universidad Pontifica Bolivariana de Medellín y actualmente se encuentra en Santiago de Chile a donde se mudó por trabajo hace tres años. Más allá de su profesión, le gusta buscarse y encontrarse entre las letras y la música.

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