
![]()
La decisión es si el país conserva y protege el Estado social de derecho, una de las grandes conquistas políticas del siglo XX y que en Colombia se volvió promesa constitucional desde 1991, un acuerdo frágil que nos ha permitido ser ciudadanos, sirviendo de garantía de contención contra la amenaza hobbesiana de ser lobos entre nosotros y obligando a que la solidaridad colectiva evite que la vida en sociedad derive en cacería.
El Estado social de derecho trajo consigo una promesa imperfecta, igual de inconclusa, pero en cierto modo eficaz; la promesa de que nadie naciera condenado por su apellido, por su barrio, por su hambre, por su enfermedad, por sus raíces o por su identidad.
Y acá estamos, viendo a quienes subieron por esa escalera colectiva queriendo romperla desde el balcón. Ellos y ellas, sus padres, sus abuelos, sus hermanos estudiaron en aulas levantadas con impuestos, se curaron en hospitales sostenidos por lo público, encendieron la hornilla del fogón gracias a redes eléctricas subvencionadas y bebieron agua potable resultante de una iniciativa compartida. Ellos y ellas lograron romper con la fatalidad injusta del determinismo social porque el Estado les ayudó a abrir una pequeña grieta en el muro.
Ahora se avergüenzan del origen de sus victorias -tal vez ni siquiera lo entiendan-. Les dijeron que el Estado estorba, siendo este quien les abrió el camino; les dijeron que los impuestos roban, y parecieran no entender que su ascenso es, en parte, producto de esos impuestos. Compraron al por mayor la fábula vulgar del mérito que vociferan los herederos; seducidos por consignas infantiles sobre la patria. Les dijeron que cada quien debe salvarse solo, y ellos no se salvaron solos. Se sintieron convocados por la promesa absurda de “no más impuestos” -impuestos que éticamente les corresponden, aunque en su mayoría no sean para ellos-. Suscribieron el miedo a una idea irracional y estúpida del comunismo inexistente, motivados por la ilusión de pertenencia a una clase social que siempre les será ajena. Creyeron encontrar virilidad y fuerza en una estética fascista, que en realidad es vergonzosa y cobarde; aduladora y servil hacia arriba, violenta y humillante hacia abajo.
Y bueno, esa es la gran victoria corporativa en esta carrera presidencial, hacer que los hijos de lo público desprecien lo público; que los recién llegados cierren la puerta detrás de ellos; que la patria sea entendida como identidad desde el privilegio, y que el arribismo social parezca una ilusión realizable.
Todo esto tendrá un desenlace desastroso para el país. Importan, por supuesto, los animales, los ecosistemas, la pelea contra el patriarcado y la homofobia. Importa la decencia y la ética. Importa el rechazo a la estética vulgar y traqueta. Importa no hacer eco a la estupidez con micrófono. Importa denunciar el machismo asqueante y ramplón. Importa detener cualquier expresión de fascismo.
Pero lo decisivo es mucho más profundo: está en juego la arquitectura ética del país y la continuidad del Estado social de derecho como acuerdo mínimo civilizatorio.













Comentar