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Hace unas semanas, pasó inadvertido para los medios la sensacional afirmación de Abelardo de la Espriella, al recibir la credencial presidencial, de que él era el nuevo Alejandro Magno. A la afirmación que pasó por un gesto de egolatría sin piso, correspondía un símil histórico correspondiente. Ridículo. ¿Pensaba el hombre de exitosos negocios privados, de súbito pasar a la historia nacional (y universal), como el hijo de Filipo II, que había emprendido la odisea de conquistar el mundo panhelénico, es decir, se sentía el nuevo presidente en el palco de un mundo histórico inédito, en el epos de conquistar desde la Grecia clásica los confines que llevó a Alejandro Magno extenderse por África, llegar a la India y dominar los Balcanes? Nada de eso pasó por la mente de los muy cultos periodistas y, es de suponer, por la opinión pública en general que más bien veían en el ídolo ascendente de barro un therians felino en asalto de la Casa de Nariño, jaula capitalina que, como ha hecho saber, le ha quedado chiquita.
Pues el Alejandro Magno tropical ha decidió, más bien, en contra del estrambótico símil histórico de que se ufanó ser su encarnación, encontrar su locus de predicación presidencial, en la Universidad Santiago de Cali, institución universitaria insignificante que no aparece registrada en ningún Ranking internacional. Así que, quien se presentó a la opinión pública nacional como discípulo de Aristóteles y el más grande militar de la antigüedad, nada menos que Alejandro Magno, resultó en su primera salida a la opinión pública como un gatico enteco. Sus miaus lastimeros nada tiene que ver con la antigüedad clásica, pues en realidad el mundo histórico, al menos desde el Renacimiento italiano, la filosofía cartesiana, los paseos solitarios del melancólico Rousseau (que activó ese portento ineludible del hombre en estado de naturaleza), las críticas de Kant, la Revolución francesa, las revoluciones industriales y sus reacción proletaria (interpretada por el marxismo y los populistas rusos), la conquista brutal de África por Bélgica y Alemania, las dos guerras mundiales, etc. es decir, el largo y complejo mundo de la modernidad y sus efectos universales, en América latina, no permiten, de ningún modo, o quizá solo del modo más pueril y grotesco, compararse con una personalidad histórica de la Antigüedad griega (remito a la obra de Droysen, quien la interpretó por primera vez para la historiografía contemporánea), tan compleja, que el mismo brutal y sanguinario Caracalla, en plena decadencia romana, se llamaba el sucesor y heredero de Alejandro Magno, no sin antes asesinar a su hermano Geta y llevar al imperio romano a la ruina.
Así que, entre llamarse el nuevo Alejandro Magno, como haberse podido llamar en igual medida, el nuevo Atila, o el nuevo Mussolini o el nuevo Castaño, o qué sabe la opinión pública que votó y no votó por el ególatra de De la Espriella (¿o es Laprida?), como seguirlo comparando, nos asalta la pregunta ¿pero el atrio de su posesión no parece más un capítulo de Hello Kitty grabado en un ignoto país tercermundista sin voluntad de superar todos sus lastres del pasado que un luminoso episodio de la historia universal porvenir?
Adenda. Cerca a mi casa en camino al Mall de Viva Laureles de Medellín, paré en una modesta tienda de barrio para tomar una cerveza. Tomé asiento en la pequeña rambla entre un hombre costeño cincuentón y las dos matronas dueñas del establecimiento, ya muy entradas en edad. Como todo adolescente seguían las secuencias interminables de información mediática desde sus celulares. Se reían por un meme que mostraba a Petro con una camiseta de franjas azul, blanca y roja rumbo al exilio a Cuba, mientras a la vez se escandalizaban por el costo de 6.000 millones de pesos de la posesión presidencia en Cali. “¿No pues, decían las cuchas, que hablaba de austeridad?”. ¿No, pues, cabe agregar, no servirían esos 6.000 millones a mitigar la deuda de la universidad pública, en lugar de dilapidar la suma en una posesión que nada nos va a hacer recordar al aristotélico conquistador de medio planeta Alejandro Magno? ¿Invertirlos, más bien, esos 6.000 millones y quizá unos 60 billones adicionales anuales para salir de la vergonzosa invisibilidad en los rankings internacionales de la gran gran gran mayoría de las universidades de país?














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