Unidos para volver a levantarnos

Luis Carlos Gaviria

La mañana del lunes 10 de agosto quedará grabada en la memoria de Colombia como uno de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse.

La tierra tembló con una fuerza que sembró miedo, incertidumbre y dolor en buena parte del país. El sismo, reportado con una magnitud de 7,4 y con epicentro en el área de San José del Palmar, en el Chocó, dejó tras de sí una tragedia cuyas consecuencias todavía estamos tratando de dimensionar.

Las imágenes que comenzaron a llegar desde las zonas afectadas nos enfrentaron nuevamente a la fragilidad de la vida: edificios y viviendas destruidos, familias buscando a sus seres queridos, personas heridas, comunidades enteras sumidas en la incertidumbre y equipos de rescate trabajando sin descanso.

Según los balances más recientes disponibles, la tragedia deja cientos de personas fallecidas, miles de heridos, centenares de desaparecidos y decenas de miles de colombianos afectados. Son cifras dolorosas, pero detrás de cada número hay una historia, un nombre, una familia y una vida que jamás podrá reducirse a una simple estadística.

Hoy Colombia está de luto. Nos duele el Chocó. Nos duele el Eje Cafetero. Nos duelen las ciudades y municipios golpeados por la fuerza de la naturaleza. Nos duelen las familias que han perdido a un ser querido y aquellas que, en este preciso momento, continúan esperando noticias de quienes aún no aparecen.

Pero en medio de la tragedia también vuelve a surgir algo que hace parte profunda del espíritu de nuestro pueblo: la solidaridad. Porque cuando la tierra tiembla, cuando una casa se derrumba o cuando una familia lo pierde todo, desaparecen por un momento muchas de las diferencias que diariamente nos dividen.

En esos momentos comprendemos que somos, antes que cualquier otra cosa, colombianos. Y ser colombiano también significa tender la mano. Significa compartir el alimento con quien no tiene qué comer. Abrir un espacio para quien perdió su hogar. Aportar desde nuestras posibilidades. Acompañar a quien llora. Y entender que la tragedia de una región es, finalmente, la tragedia de todo un país.

Colombia ha conocido el dolor de los terremotos, las avalanchas, las inundaciones y tantas otras tragedias que han puesto a prueba nuestra capacidad para resistir. Hemos llorado profundamente, pero también hemos demostrado una y otra vez que tenemos una enorme capacidad para levantarnos.

Nos han golpeado muchas veces. Pero aquí seguimos. Y seguiremos. Ahora corresponde a las instituciones responder con la misma rapidez con la que la solidaridad ha comenzado a movilizarse.

Esta es la hora de los equipos de rescate, de los organismos de socorro, de los profesionales que evalúan los daños, de los médicos, de los voluntarios y de todas las personas que hoy trabajan para salvar vidas.

Pero también es la hora de los gobiernos. La ayuda debe llegar. Los recursos deben administrarse con absoluta transparencia. Las decisiones deben estar guiadas por criterios técnicos y por las verdaderas necesidades de las comunidades.

Y cada peso destinado a atender esta tragedia debe tener un solo propósito: proteger la vida, aliviar el sufrimiento y ayudar a reconstruir lo que ha sido destruido. Porque en una tragedia de esta magnitud no hay espacio para la indiferencia, la burocracia ni la improvisación.

Hoy el país necesita gobiernos presentes. Necesita autoridades en el territorio. Necesita información clara. Necesita decisiones oportunas. Y, sobre todo, necesita que las familias que lo han perdido todo no tengan que enfrentar también el abandono.

Pero Colombia necesita igualmente de nosotros. De cada ciudadano. De cada comunidad. De cada persona que tenga la posibilidad de ayudar.

Tal vez no todos podamos viajar a las zonas afectadas ni remover los escombros con nuestras propias manos. Pero todos podemos hacer algo: donar, acompañar, compartir información verificada, apoyar los centros de acopio y, sobre todo, mantener viva la solidaridad cuando las cámaras y los titulares comiencen a desaparecer.

Porque la tragedia no termina cuando deja de ser noticia. La reconstrucción apenas comienza. Y será larga. Habrá que levantar viviendas, recuperar escuelas, reparar caminos y reconstruir comunidades enteras. Pero habrá también que sanar heridas mucho más profundas: las heridas que deja la pérdida de un hijo, de un padre, de una madre, de un amigo o de un hogar construido durante toda una vida.

Hoy Colombia llora. Pero Colombia también abraza.

Hoy la tierra nos recordó nuestra fragilidad, pero nosotros podemos responderle recordando nuestra fortaleza. Que esta tragedia no nos encuentre divididos. Que el dolor ajeno no nos resulte indiferente. Que ninguna familia afectada sienta que ha sido olvidada. Y que, cuando pase el tiempo y comience la difícil tarea de reconstruir, sigamos estando allí.

Porque los pueblos no se levantan únicamente con cemento y ladrillos. Los pueblos se levantan con solidaridad, con dignidad, con trabajo y con esperanza.

Hoy nos duele Colombia. Pero Colombia volverá a levantarse. Y tendrá que hacerlo como mejor sabemos hacerlo: unidos, de la mano, con el corazón puesto en quienes más sufren y con la firme convicción de que, aun después de las más grandes tragedias, siempre es posible volver a ponerse de pie.

¡FUERZA, COLOMBIA!

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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