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¿El debate sobre si los profesores deben dedicar más o menos tiempo a docencia o investigación es el más trascendente en la actualidad? El mundo nos muestra realidades que nos impactan aun cuando las ignoremos. Esas nuevas realidades llevan a una nueva pregunta: ¿qué tipo de desarrollo queremos construir durante las próximas décadas y cuál debe ser el papel de la Universidad de Antioquia en ese proyecto? Afrontar esas preguntas y caminar hacia el jalonamiento sólido de un ecosistema de innovación requiere reglas claras, solidez jurídica y un liderazgo rectoral que goce de respaldo, que proyecte confianza en la comunidad destinataria. Y todo eso se fragiliza si no se supera la pugnacidad entre el gobernador y la Universidad.
La realidad actual exige dar un paso más allá del modelo Universidad-Empresa-Estado. Debemos imaginar espacios completos donde investigación, educación, emprendimiento, infraestructura, logística, agroindustria, IA, salud, administración pública y financiación evolucionen como un mismo ecosistema. No podemos limitarnos a cooperar más, hay que diseñar mejores arquitecturas de cooperación. Y ni siquiera debemos correr el riesgo conlleva el ensayo y error, porque existen ya ejemplos construidos.
Hoy la principal ventaja de un territorio supera aquello que puede construirse sobre él. Hay que contemplar lo que puede construirse alrededor de sus reglas: la rapidez con que se crean empresas, la facilidad para transferir conocimiento, la confianza entre universidad y sector productivo, la capacidad para experimentar, la estabilidad institucional, la velocidad para resolver conflictos. Las ciudades del siglo XXI compiten mediante esas capacidades, no porque estas sustituyan la infraestructura, sino porque la potencian.
Tenemos un activo extraordinario que debe salir de la discusión pública sobre droga, violencia o conflicto y volver a aparecer en las discusiones públicas sobre desarrollo. No es un puerto, carretera, túnel o zona franca. Es una universidad que durante más de dos siglos ha construido conocimiento, legitimidad y presencia territorial, y lo ha hecho de la mano del departamento. La actualidad exige dejar de pensar la Universidad como una institución dedicada únicamente a enseñar o investigar, y empezar a verla como una plataforma para organizar nuevos escenarios de cooperación y desarrollo.
Cada región donde la Universidad hace presencia es una gran oportunidad para eso. Lo mismo que el Oriente, Urabá, empieza a convertirse en uno de los principales nodos logísticos del país. Ese cambio no debe ser únicamente físico, debe ser también institucional. Un puerto mueve mercancías; pero un ecosistema de innovación mueve conocimiento, empresas, investigación, talento y nuevas industrias. El 43% de los ingresos totales por exportación en Estonia corresponde a servicios digitales o TIC. No es un asunto de países pequeños, otros ejemplos son Irlanda, Israel, Finlandia; pero además India, el país más poblado del mundo, que factura más de 160.000 millones de dólares al año sin usar contenedores. La mitad de las exportaciones de estos países no requiere carreteras, puertos, puentes.
Silicon Valley no surgió porque Stanford impartiera más clases ni porque las empresas financiaran más investigaciones. Surgió porque la Universidad se convirtió en el lugar donde empresas, inversionistas, científicos y gobiernos acudían cuando necesitaban resolver problemas cuya solución todavía no existía. Con eso Stanford evitó que sus mejores graduados migraran a Nueva York u otras ciudades. Alguien objetará que los ingresos de ambas instituciones impiden cualquier comparación. Sin embargo, en Stanford, esos ingresos son la consecuencia -y no la causa- del cambio de modelo.
La UdeA hoy hace lo contrario que Stanford: lejos de retener a sus graduados, los desplaza desde el momento mismo en que los admite como estudiantes. En las regiones sólo hace presencia profesionalizante, y con educación para el empleo. Los estudiantes de Medicina o ingeniería deben matricularse y cursar en Medellín, para no regresar más a las regiones. Porque el centralismo que atacamos cuando invocamos el federalismo también opera a nivel regional. El estudiante no sólo no debería ser desplazado a priori de las regiones, sino que debería dejar de ser un receptor pasivo y convertirse en un agente activo del conocimiento.
Pensar que en las regiones se puedan construir nuevos modelos de ciudad alrededor de la Universidad es una forma de enfrentar la rígida estructura del centralismo y micro-centralismos, sin enfrentarnos como nación. No sería el federalismo decimonónico que enfrenta al poder central, sino un federalismo de la innovación, capaz de convertir las regiones en laboratorios de conocimiento y desarrollo al servicio del país entero. Ya la autonomía de las regiones debe entenderse como la capacidad de un territorio para aprender, experimentar y construir soluciones propias dentro del marco constitucional colombiano. No para separarse del país. Sino para contribuir a transformarlo.
La realidad nos muestra nuevas formas de organización territorial. Distritos de innovación. Ciudades del conocimiento. Jurisdicciones especializadas. Ecosistemas científicos. Regiones digitales. Con nombres propios, además de los países atrás mencionados, de estados como Delaware donde el número de sociedades es más del doble del número de habitantes, podrían nombrarse ciudades como Shenzhen, Hong Kong, Taiwán, Incheon, Dubai International Financial Centre, Jebel Ali Free Zone y por qué no: Próspera, aunque sea para aprender de sus errores.
No se necesita copiar ninguno de esos modelos. Ninguno de ellos es copia de otro. Se trata de no ignorar esa realidad; de no detenernos simplemente en cómo administrar mejor las instituciones que heredamos, sino en preguntarnos cómo diseñar, desde nuestras propias universidades, regiones y capacidades, las instituciones que necesitaremos durante los próximos cincuenta años. El desarrollo del siglo XXI no dependerá solamente de las mejores carreteras. Dependerá también de quién sea capaz de construir las mejores formas de cooperación.
Más allá de apostar por infraestructuras físicas desconectadas -como zonas francas o puertos- y debates sobre incentivos tributarios, la pregunta definitoria es qué ecosistemas territoriales somos capaces de construir alrededor de nuestro mayor activo: el conocimiento. Este salto hacia un nuevo modelo es inalcanzable si el gobernador y la Universidad no marchan en la misma dirección, sumando al gobierno nacional. Quien está llamado a pensar y liderar esa transformación institucional no es otro que nuestro principal centro de pensamiento: la Universidad de Antioquia.














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