¿Sí hay trabajo para los antropólogos?: la pregunta que más recibo en redes

Maria Camila Moreno Gil (Camila Gil

Quizás la pregunta no es si existe trabajo para los antropólogos, sino cuántos trabajos todavía no han descubierto que necesitan una mirada antropológica.


Soy Camila Gil y, desde 2022, movida por una pregunta muy sencilla —¿cómo sacar el conocimiento antropológico de las aulas y las bibliotecas?— empecé a crear contenido en redes sociales. Así nació mi primer proyecto de divulgación bajo el usuario @unaantropologa_.

Elegí ese nombre por una razón muy específica. Sentía que hacía falta un lugar donde quienes estudiaban antropología, querían estudiarla o simplemente tenían curiosidad por la disciplina pudieran encontrarse. Un espacio donde la antropología no apareciera únicamente en artículos académicos o congresos, sino también en el celular, entre videos cortos y conversaciones cotidianas.

Con el tiempo mi usuario cambió, porque también cambiaron las preguntas que me hago y la manera en la que entiendo mi trabajo. Sin embargo, hay algo que nunca ha cambiado: los mensajes que recibo.

Todas las semanas alguien me escribe para decirme que acaba de empezar la carrera. O que quiere estudiarla. O que su hijo o su hija está pensando en hacerlo. Y casi siempre aparece la misma pregunta:

“¿Sí hay trabajo para los antropólogos?”

Durante mucho tiempo nunca respondí esos comentarios.

No porque no quisiera, sino porque me parecía una enorme responsabilidad. Conozco las condiciones laborales de muchos colegas. Sé de la precarización que atraviesa buena parte del trabajo académico. Sé de contratos temporales, consultorías de pocos meses, convocatorias que aparecen y desaparecen, dificultades para acceder a plazas de investigación y un mercado laboral que rara vez ofrece caminos claros.

Entonces, ¿qué podía responder?

Con el tiempo entendí que quizás el problema no estaba en la respuesta, sino en la pregunta.

Porque cuando alguien pregunta si “hay trabajo en antropología”, normalmente imagina que existe una lista de cargos llamados “antropólogo”, esperando ser ocupados por quienes se gradúan.

Y esa imagen casi nunca corresponde con la realidad.

En antropología no suele existir un único camino profesional. De hecho, una de las características más bonitas —y al mismo tiempo más desafiantes— de la disciplina es precisamente su capacidad para moverse entre escenarios muy distintos.

Creo que esa expectativa nace, en parte, de nuestra propia formación. Pasamos años aprendiendo con profesores que investigan, publican, escriben libros y dictan clases en universidades. Sin darnos cuenta, terminamos creyendo que ese es el recorrido natural de la profesión.

Pero la universidad no representa todo el campo laboral de la antropología.

Representa apenas una parte.

Y, además, una parte cada vez más competitiva.

Aquí creo que tenemos una conversación pendiente como disciplina. Durante la carrera aprendemos a leer grandes autores, a escribir etnografías, a hacer trabajo de campo y a desarrollar una mirada crítica sobre el mundo. Todo eso es indispensable. Lo que pocas veces aprendemos es a responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué hacemos cuando nos graduamos?

No hablo de convertir la universidad en una escuela para conseguir empleo. La antropología no debería perder su capacidad crítica por adaptarse al mercado. Pero sí creo que podríamos hablar con más honestidad sobre las múltiples maneras de ejercer la profesión. Porque muchas veces los estudiantes descubren esas posibilidades demasiado tarde, cuando ya están buscando su primer trabajo.

La mayoría de antropólogos termina construyendo trayectorias mucho más híbridas. Trabajan en organizaciones sociales, instituciones públicas, cooperación internacional, empresas, proyectos culturales, museos, consultorías, investigación de mercados, diseño de políticas públicas, comunicación, creación de contenidos, patrimonio, innovación social, experiencia de usuario, transformación digital, educación, participación comunitaria o procesos territoriales.

Muchas veces el cargo ni siquiera dice “antropólogo”.

Y, sin embargo, el trabajo consiste precisamente en hacer preguntas antropológicas.

Hay una paradoja interesante. Mientras muchas organizaciones hablan de poner a las personas en el centro, comprender contextos, escuchar comunidades, diseñar con los usuarios o trabajar desde enfoques participativos, pocas reconocen que buena parte de esas habilidades llevan décadas siendo parte del oficio antropológico.

En otras palabras, la antropología ya está presente en muchos espacios, aunque no siempre aparezca con ese nombre. A veces el cargo dice investigador social, consultor, gestor territorial, facilitador, investigador de usuarios, estratega de innovación o profesional de participación. Cambia el título, pero la capacidad de comprender cómo viven, sienten y construyen sentido las personas sigue siendo profundamente antropológica.

Recuerdo mucho una clase durante la carrera. Una trabajadora social fue invitada para hablarnos sobre metodologías participativas. Algunos compañeros recibieron la sesión con bastante resistencia. Parecía que aquello no pertenecía a la antropología.

Hoy me pregunto dónde estarán esos compañeros.

Porque con el tiempo entendí que buena parte de mi trabajo consiste justamente en facilitar talleres, diseñar metodologías, acompañar procesos colectivos, escuchar comunidades, traducir conocimientos entre distintos actores y construir espacios de diálogo. Es decir, muchas de esas herramientas que en algún momento parecían externas a la disciplina terminaron convirtiéndose en parte fundamental de mi ejercicio profesional.

También comprendí algo que nunca nos dijeron con suficiente claridad en la universidad: la antropología rara vez se ejerce sola.

Hoy los problemas son demasiado complejos para resolverse desde una única disciplina. Los antropólogos trabajamos junto a diseñadores, comunicadores, abogados, periodistas, psicólogos, trabajadores sociales, ingenieros, científicos de datos o expertos en políticas públicas. Nuestro valor no está únicamente en lo que sabemos, sino en nuestra capacidad para comprender contextos, escuchar, investigar, interpretar y conectar perspectivas diferentes.

En mi propio camino entendí que la antropología no iba a llegar a tocarme la puerta. Tuve que salir a buscarla. Aprendí comunicación digital, empecé a divulgar ciencia, construí proyectos propios, trabajé con organizaciones sociales, participé en investigaciones, hice consultorías y, poco a poco, entendí que mi profesión no era una única ocupación, sino una forma de estar en el mundo que podía tomar muchos formatos distintos.

Y creo que eso también es importante decirlo: explorar no significa renunciar a la antropología. Muchas veces significa precisamente encontrar nuevas maneras de ejercerla.

Las personas que he visto construir trayectorias laborales más estables no necesariamente son quienes siguieron un camino lineal. Son quienes aprendieron a combinar la antropología con otros saberes: tecnologías digitales, análisis de datos, comunicación, educación, diseño, innovación pública, gestión cultural o participación ciudadana.

No dejaron de ser antropólogos.

Al contrario.

Encontraron nuevas formas de ejercer la antropología.

Con el tiempo dejé de preocuparme por responder si hay o no hay trabajo para los antropólogos. Hoy creo que la pregunta más interesante es otra: ¿qué problemas contemporáneos necesitan una mirada antropológica?

Si pensamos en inteligencia artificial, crisis climática, migraciones, diseño de tecnologías, participación ciudadana, salud pública, educación, conflictos territoriales o transformación digital, resulta evidente que todos esos escenarios requieren comprender personas, culturas, relaciones de poder y formas de vida. Es decir, requieren antropología.

El desafío, entonces, no es únicamente encontrar un puesto que diga “antropólogo”. El desafío también es que nosotros aprendamos a mostrar por qué nuestra manera de investigar, escuchar y comprender el mundo sigue siendo necesaria.

Porque quizás nunca hemos tenido un mercado laboral sencillo. Pero sí vivimos un momento histórico en el que entender lo humano se ha vuelto más importante que nunca.

Quizás la pregunta no es si existe trabajo para los antropólogos, sino cuántos trabajos todavía no han descubierto que necesitan una mirada antropológica.

Maria Camila Moreno Gil (Camila Gil)

Antropóloga social de la Universidad de Antioquia, activista y divulgadora digital. Asesora en ONU Mujeres en temas de juventudes y derechos humanos digitales e investigadora y asesora en Universidad de Los Andes en pedagogías digitales del Equipo Consultivo Comunitario. Integrante de la Red de jóvenes constructores de paz y de espacios de participación.

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