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Semana mayor: sacralidad y contagio

Era el momento propicio de haber desacralizado lo sagrado y haber vivido desde un ejercicio de lo contingente, la experiencia metafísica de la pasión, muerte y resurrección.


No podemos negar que la sacralidad es un punto equidistante entre lo dogmático y la radicalidad de la trascendencia. Sin embargo, cuando hemos vivido de nuevo una Semana Santa bajo la agobiante luz de la pandemia, nos adentramos en un espacio que  problematiza las concepciones filosóficas entorno a cómo construir y mantener verdaderamente la concepción de las costumbres de lo sagrado,  ya que la relación directa entre Dios y el hombre, dos entes que se han buscado en toda la historia de la humanidad, se sintetiza en una vivencia metafísica de lo religioso, claro se vio en las calles a partir del miércoles santo, las personas en una correría por no dejarse coger del toque de queda, no por la preparación anhelada de vivir el triduo pascual, sino por la necesidad de hacerse un paseíto en el puente más largo del año.

Ahora bien, cuando vemos que nuestro fenómeno es la categoría de lo sagrado acuñado a la Semana Santa, partimos de la necesidad de desacralizar lo sagrado, o mejor dicho, darle a lo sagrado una visión plena que lo transmute a un fenómeno puro y poder crear un acceso al Dios crucificado y resucitado, y así definir lo que verdaderamente es sagrado en sí mismo, no una semana, sino en la concepción de vida y por ende hacer que la relación del Dios uno y trino con su sujeto (El hombre) sea experimentado desde una toma de conciencia radical sobre la comprensión del propósito en sí de vivir lo religioso, es decir hacer un ejercicio contingente de lo que hoy es sagrado en nuestra sociedad y mostrar por qué es importante todavía la puridad de la sacralidad de una Semana Santa,  eso sí partiendo de la duda de lo que hoy significa la Semana Mayor para nuestro nichos sociales.

Es menester por lo tanto que nuestras cogitationes (lo que está dado en sí al humano en relación del fenómeno de la sacralidad) nos pueda llevar a lo absoluto y lo indubitable, partiendo de lo que está dado, es decir una Semana Santa equivalente a paseos y contagios, enmarcada en un apriorismo dañino de que la vacuna ya está dada y por lo tanto, como lo sagrado está revestido de Semana Santa, el rezar me ayudará a una inmunidad metafísica, independiente de cualquier escenario en que esté viviendo el rito religioso y además, se le adhiere, la concepción de que el momento está lleno de una donación de misericordia  permanente. Así concluiremos en las semanas que vienen, puede que la gloria de la resurrección me alcance en una cama UCI.

“La realidad implica o un lugar en el espacio, o un lugar en el tiempo, una hora, un aquí, y un segundo término, un modo de ser accidental como el que suministra la percepción sensible de cada aspecto”

Confiemos ahora en que esta Semana Mayor (de contagios) vivida en el fenómeno de la sacralidad, sea la posibilidad de comprender nuestra visión pobre de la trascendencia de lo religioso. Era el momento propicio de haber desacralizado lo sagrado y haber vivido desde un ejercicio de lo contingente, la experiencia metafísica de la pasión, muerte y resurrección. El orden hoy se hace lento y cambiante, ya hemos vivido la pasión (paseos, rumbas…) esperamos que la muerte no sea el fenómeno inmanente después de haber vivido la fiesta de la resurrección.