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Resumen Ejecutivo
La semana del 11 al 15 de mayo de 2026 quedará marcada como el momento en que varios supuestos que sostenían la narrativa de los mercados globales comenzaron a ceder de manera simultánea. La inflación estadounidense no solo no cede: acelera. El IPC de abril llegó al 3,8% interanual y el IPP al 6,0% —máximo desde 2022—, sepultando cualquier expectativa residual de recortes de tasas y elevando la probabilidad implícita de una subida de la Fed en diciembre desde el 14% hasta el 48% en el espacio de siete días. Kevin Warsh asumió formalmente la presidencia de la Reserva Federal en ese contexto, con un balance de 6,7 billones de dólares que quiere reducir y un mercado de bonos largos que ya cotiza el bono a 30 años por encima del 5,1%, nivel no visto desde agosto de 2007.
El Estrecho de Ormuz permanece efectivamente cerrado por décima primera semana consecutiva. La cumbre Trump-Xi en Pekín produjo compromisos verbales sobre agricultura y apertura del estrecho, pero ningún acuerdo vinculante ni calendario concreto. La producción mundial de petróleo cayó cerca de 1,8 millones de barriles diarios en abril según la AIE; el Brent cerró en 109 dólares y el WTI superó los 105 dólares con avances semanales del 8% y el 10,5% respectivamente. El CEO de Chevron advirtió esta semana que la escasez física de petróleo ha comenzado a manifestarse. El trigo acumula un alza del 6% semanal ante proyecciones de la cosecha más baja en más de cinco décadas.
Europa enfrenta el doble golpe de un ciclo que se agrieta y una política monetaria sin salida limpia. El PIB de la eurozona creció apenas 0,1% en el primer trimestre, sostenido en buena medida por el acopio preventivo de inventarios que los propios analistas califican de efecto transitorio. El PMI compuesto entró en territorio negativo por primera vez en año y medio. El BCE evalúa no subir tasas en junio para no agravar el daño al crecimiento, decisión que dejaría fluir libremente una inflación que Philip Lane calificó de potencialmente más severa que la de 2022. En el Reino Unido, el gilt a 30 años alcanzó el 5,86%, máximo desde 1998, bajo la combinación de presión energética global y crisis política interna.
Asia presentó la bifurcación más nítida del ciclo. China emerge como beneficiario estructural de la crisis energética: sus exportaciones de tecnología verde —vehículos eléctricos, baterías, paneles solares— alcanzaron máximos históricos y se proyecta un crecimiento exportador total del 15% para 2026. Japón enfrenta la normalización monetaria más urgente en tres décadas: el bono soberano a 10 años tocó el 2,65%, máximo en 29 años, y la probabilidad de una subida del Banco de Japón en junio alcanza el 70%.
En América Latina, México opera en una carrera contra el reloj fiscal con Fitch a un solo escalón del territorio especulativo y Moody’s con revisión programada para junio. Brasil contiene su inflación dentro del rango de tolerancia pero enfrenta la exclusión de la UE para exportar proteína animal —una amenaza de primer orden para el mayor exportador mundial del sector. Colombia publicó un PIB del primer trimestre de 2,2% que el mercado interpretó como resistencia, no como recuperación: la formación bruta de capital retrocedió 3,0%, la construcción cayó 5,4% y el saldo de TES en circulación alcanzó el récord histórico de 759,1 billones de pesos con la curva nominal operando prácticamente en su totalidad por encima del 14%. La caja del Tesoro cerró abril en 7,5 billones de pesos —menos de la mitad del nivel de abril de 2025—, el recaudo tributario acumula un faltante de 1,7 billones frente a las metas oficiales y Bancolombia proyecta un déficit fiscal entre el 6,5% y el 7% del PIB para 2026. La prima de riesgo electoral comenzó a dominar la lectura de activos locales con independencia de los fundamentos corporativos.
Los mercados financieros globales reflejaron esta tensión con precisión. El S&P 500 y el Nasdaq tocaron máximos históricos en la primera mitad de la semana impulsados por el rally de inteligencia artificial —con Cerebras debutando en bolsa con un alza del 68%— antes de corregir el viernes ante los datos de inflación. El DXY avanzó 1,4% en su mejor semana en dos meses. El euro cedió al nivel más bajo en cinco semanas y la libra esterlina lideró las pérdidas entre divisas desarrolladas con una depreciación del 2,2%. el peso colombiano se depreció 1,7% en la semana hasta los 3.801 pesos por dólar, presionado por la fortaleza global del dólar, la eliminación de la oferta esperada de divisas tras la suspensión judicial del Decreto 415 de traslados pensionales, el alza del CDS soberano y la prima de riesgo electoral. El oro retrocedió 3,7% pese a la tensión geopolítica, señal de que el costo de oportunidad de las tasas reales positivas prevalece hoy sobre la función de refugio del metal.
La lectura de ciclo que esta semana consolida es la de una economía global que crece sobre bases crecientemente estrechas: la inteligencia artificial sostiene la inversión corporativa en Estados Unidos mientras el consumidor pierde poder adquisitivo; el acopio de inventarios disfraza la fragilidad del ciclo europeo; China gana posición exportadora en el vector correcto del ciclo energético; y Colombia acumula desequilibrios fiscales, monetarios y sectoriales cuya corrección no admite más postergación. El riesgo de estanflación global —crecimiento que se modera, inflación que se acelera, bancos centrales sin margen para acomodar— es hoy la lectura que los mercados aún no han descontado en su totalidad.
I. Estados Unidos: inflación energética, rendimientos largos y una economía sostenida cada vez más por la inteligencia artificial que por el consumidor
La semana no entregó sorpresas en su dirección, sino en su magnitud. Lo que los mercados venían asimilando como un escenario de inflación transitoriamente elevada por factores energéticos recibió esta semana la confirmación estadística de que las presiones de fondo son más amplias, más persistentes y más difíciles de contener de lo que el consenso había incorporado en sus modelos.
El IPC de abril registró 3,8% interanual, el nivel más alto desde 2023, con la inflación núcleo avanzando 0,2 puntos porcentuales hasta el 2,8%. La energía aportó 1,1 puntos porcentuales al resultado general, con precios de gasolina y combustible escalando 28,4% y 54,3% respectivamente frente al año anterior, consecuencia directa del cierre efectivo del estrecho de Ormuz desde finales de febrero. Sin embargo, reducir la lectura a un fenómeno energético sería un error analítico: la inflación de servicios repuntó 0,3 puntos porcentuales hasta el 3,3% —máximo desde septiembre de 2025—, el componente de alojamiento (shelter, con un peso cercano al 35% de la cesta) subió al 3,3%, y la inflación de alimentos se aceleró del 2,7% al 3,2% con cinco de sus seis subgrupos en ascenso. El único dato favorable del desglose fue la moderación de una décima en bienes industriales no energéticos hasta el 1,1% interanual, que confirma que el pico del traspaso arancelario a precios de bienes —visible en el tercer trimestre de 2025— quedó efectivamente atrás.
El índice de precios al productor de abril añadió severidad al diagnóstico: avanzó 1,4% mensual contra 0,5% esperado, y situó su variación interanual en 6,0%, máximo desde diciembre de 2022. La combinación de IPC y PPI por encima del consenso en la misma semana no tiene precedente reciente, y su señal es inequívoca: los costos se están transmitiendo con fuerza desde la cadena productiva hacia el consumidor final. La Encuesta de Pronosticadores Profesionales de la Reserva Federal de Filadelfia incorporó esta realidad de forma explícita, revisando su proyección de inflación general para el segundo trimestre desde el 2,7% hasta el 6,0%, una magnitud de ajuste que indica no solo un error de diagnóstico previo sino un cambio de régimen en las expectativas institucionales.
La actividad real ofreció una lectura aparentemente contradictoria pero analíticamente coherente con el ciclo. La producción industrial creció 0,7% en abril, el mayor avance mensual en más de un año, y la producción manufacturera específicamente avanzó 0,6% —máximo en 14 meses—, liderada por vehículos y componentes (+3,7%) y tecnología (+1,0%). La utilización de la capacidad industrial subió al 76,1%, aunque permanece 3,3 puntos porcentuales por debajo de su promedio histórico de largo plazo, lo que implica que la recuperación de actividad no genera aún tensiones significativas de oferta industrial. El índice manufacturero de Nueva York para mayo saltó a 19,6 puntos desde 11,0, señalando expansión acelerada. Esta fortaleza manufacturera, sin embargo, responde en parte al acaparamiento preventivo de inventarios ante la expectativa de nuevas presiones de precios: una dinámica que sostiene el ciclo en el corto plazo pero que lo hace más frágil frente a una desaceleración de la demanda final.
El análisis de Morgan Stanley publicado el 12 de mayo bajo el título “Capex Over Consumption” articula con precisión esta asimetría estructural. El banco proyecta crecimiento del PIB real de 2,3% para 2026 y 2,6% para 2027, sostenido fundamentalmente por inversión empresarial no residencial que avanzaría 7,0% este año y 8,0% el siguiente, impulsada por el despliegue masivo de infraestructura de inteligencia artificial. Los cinco principales hiperescaladores —Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Oracle— proyectan gasto de capital conjunto cercano a 805.000 millones de dólares en 2026, una cifra que representó aproximadamente el 70% del crecimiento del PIB en el primer trimestre. El consumidor, mientras tanto, cede terreno: el gasto real se desaceleraría al 1,8% en 2026, y el mecanismo es específico: la devolución fiscal promedio de unos 320 dólares por hogar que genera la One Big Beautiful Bill Act queda neutralizada por completo si los precios de la gasolina promedian 3,60 dólares por galón, nivel que ya ha sido superado. El ingreso laboral real apenas crecería 0,8%, y el deterioro se concentra en los hogares de ingresos bajos y medios, que destinan una fracción desproporcionada de su presupuesto a energía. La economía estadounidense sostiene sus cifras de crecimiento sobre una base cada vez más estrecha.
La transición de liderazgo en la Reserva Federal añadió una capa de incertidumbre institucional de primer orden. Kevin Warsh fue ratificado esta semana por el Senado como nuevo presidente del banco central, relevando formalmente a Powell. Warsh enfrenta un dilema institucional de difícil resolución: su intención declarada de reducir el balance de 6,7 billones de dólares choca frontalmente con una dinámica fiscal que exige mayor emisión de deuda. El rendimiento del bono del Tesoro a 30 años superó el 5,1%, nivel no observado de forma sostenida desde antes de la crisis financiera de 2008, y el Tesoro colocó esta semana 25.000 millones de dólares en ese instrumento con rendimientos en ese umbral —la primera vez desde agosto de 2007—. Tres miembros del FOMC disintieron ya en la reunión de abril contra el mantenimiento del lenguaje de sesgo expansivo, señal de presión interna creciente hacia una postura neutral o restrictiva. El mercado de futuros no tardó en procesar el conjunto de datos: la probabilidad implícita de una subida de tasas de 25 puntos básicos para enero de 2026 alcanzó el 60%, mientras que los recortes que se cotizaban hace apenas tres meses para este año quedaron definitivamente fuera de precio.
Un elemento geopolítico de consecuencias económicas crecientes completó el cuadro. Ningún petrolero cargó crudo en la isla de Kharg —la principal terminal exportadora de Irán— desde el 6 de mayo, con dieciocho embarcaciones de capacidad agregada de 35 millones de barriles en espera. El Secretario del Tesoro Bessent estimó el costo para Irán en 170 millones de dólares diarios, una presión que no se ha traducido en apertura del estrecho de Ormuz sino en endurecimiento de posiciones. La cosecha de trigo de esta temporada apunta a ser la más baja desde 1972, afectada simultáneamente por la escasez de fertilizantes y las condiciones de sequía en el Medio Oeste estadounidense.
La reunión entre Xi Jinping y Donald Trump —primera visita presidencial estadounidense a China en nueve años— generó señales de estabilización diplomática sin acuerdos sustantivos sobre comercio o el conflicto iraní. Xi calificó el encuentro de “histórico”; Trump lo describió como “exitoso”. Ambas partes señalaron convergencia de posiciones frente al conflicto en Oriente Medio. Una posible reunión de seguimiento en septiembre mantiene abierta la vía diplomática, aunque sin plazos ni compromisos vinculantes.
En el terreno de mercados de capitales, la capitalización bursátil de Nvidia alcanzó 5,7 billones de dólares, superando el PIB proyectado de Alemania para 2026 (5,45 billones) y consolidando a la compañía como el activo individual más grande del mundo. La capitalización conjunta de las cinco mayores empresas estadounidenses —Nvidia, Alphabet, Apple, Microsoft y Amazon— asciende a 20,81 billones de dólares, cifra que excede el PIB combinado de las cinco principales economías europeas. La concentración tecnológica en el índice S&P 500 supera ahora el 57%, nivel no observado ni en el auge de las puntocom.
Valoración. El cuadro macroeconómico de Estados Unidos en la semana del 11 al 15 de mayo dibuja una economía que crece sobre fundamentos sectorialmente concentrados y crecientemente vulnerables. El motor real es el gasto de capital en inteligencia artificial —un flujo de inversión con características más duraderas que cíclicas—, mientras el consumidor pierde capacidad adquisitiva real bajo el peso de los precios energéticos. La inflación, lejos de haber encontrado su techo, recibe ahora el doble impulso de las presiones de servicios que no ceden y del canal alimentario que se activa por los cierres logísticos en Ormuz. En este entorno, la transición en la Reserva Federal agrega incertidumbre sobre el marco de reacción del banco central en el momento en que los mercados le exigen mayor claridad: los futuros ya cotizan subidas, no recortes, y el bono largo de los Estados Unidos cotiza rendimientos que en 2007 anticiparon la crisis. El riesgo de estanflación —crecimiento que se modera, inflación que se acelera, Fed sin margen para acomodar— es la lectura de ciclo que los mercados aún no han descontado en su totalidad.
II. Europa: crecimiento debilitado, inflación energética y un continente cada vez más expuesto al choque de Ormuz
La semana confirmó lo que los modelos de previsión institucionales ya venían sugiriendo con creciente incomodidad: Europa es el bloque económico más expuesto al cierre efectivo del estrecho de Ormuz, y los datos que aún lucen relativamente contenidos lo son, en buena medida, porque el efecto amortiguador del acopio preventivo de inventarios ha diferido el impacto real hacia los trimestres que vienen.
El PIB de la eurozona creció apenas 0,1% en el primer trimestre de 2026, según la segunda lectura de Eurostat, moderándose desde el 0,2% del trimestre previo y con el ritmo interanual desacelerando hasta el 0,8% frente al 1,3% registrado en el cuarto trimestre de 2025. Tomada de forma aislada, la cifra podría interpretarse como una desaceleración manejable. Leída junto al comportamiento de los inventarios empresariales, adquiere un significado distinto: cuando las empresas anticipan escasez y acumulan existencias, esa acumulación engrosa transitoriamente el componente de inversión del PIB, generando la ilusión de una actividad más firme de lo que la demanda final justifica. Cuando esa marea baje —y bajará— la fotografía será otra. La contabilidad nacional mostrará entonces que la actividad real era considerablemente más débil de lo que las cifras del trimestre sugerían.
La producción industrial de la eurozona en marzo refuerza este diagnóstico: cayó 2,1% interanual contra una expectativa de -1,7%, con los bienes de consumo no duradero derrumbándose 12,6% y los bienes duraderos recortando 3,1%. El sector manufacturero ha resistido en términos de producción inmediata porque las empresas fabrican para reponer existencias y no para atender demanda incremental, pero ese impulso tiene fecha de vencimiento. El PMI compuesto de la eurozona entró en terreno negativo por primera vez en año y medio, y Chris Williamson de S&P Global Market Intelligence fue preciso en su diagnóstico: la caída no refleja todavía el impacto acumulado de la crisis, sino su primera expresión. Lo que el PMI anticipa es un deterioro que podría agravarse rápidamente si el estrecho de Ormuz no se reabre y las cadenas de abastecimiento de combustibles refinados, fertilizantes, gas natural licuado, helio y aluminio —todos ellos con dependencia crítica del Golfo Pérsico— comienzan a sentir escasez física y no solo presión de precios.
La advertencia del CEO de Chevron, Mike Wirth, esta semana no fue retórica: la escasez física de petróleo ha comenzado a manifestarse, y Europa, que importa el 75% de su combustible para aviación desde Oriente Medio, será la segunda región afectada tras Asia. Piero Cipollone, miembro del Comité Ejecutivo del BCE, alertó sobre la posibilidad de que las reservas de queroseno europeas lleguen a niveles críticos hacia finales de mayo, con restricciones de actividad potencialmente comparables a las del período pandémico. El gas natural en Europa acumula un encarecimiento superior al 70% desde el inicio del conflicto el 28 de febrero.
Las condiciones crediticias añaden una presión adicional sobre la transmisión real de la política monetaria. La última encuesta de préstamos bancarios del BCE registró el mayor endurecimiento de los criterios de crédito para empresas desde 2023, con los encuestados citando explícitamente los riesgos geopolíticos y energéticos. La diferencia frente a Estados Unidos es relevante. Mientras la economía estadounidense todavía encuentra soporte en el gasto corporativo asociado a inteligencia artificial y centros de datos, Europa carece de un motor equivalente de inversión estructural. Capital Economics advirtió que el endurecimiento de los estándares crediticios en la Eurozona alcanzó máximos de los últimos dos años y que el optimismo ligado a la IA no está compensando el deterioro financiero y energético.
El BCE se aproxima a su reunión de junio en una posición comprometida. Philip Lane advirtió esta semana sobre un impacto inflacionario potencialmente más severo que el registrado en el episodio de 2022, pero la institución sopesa simultáneamente mantener tipos sin cambios para no agravar el daño sobre un crecimiento que ya muestra señales de fragilidad estructural. El dilema es conocido analíticamente pero difícil de resolver en la práctica: subir tipos frena una inflación que tiene origen predominantemente en oferta y no en exceso de demanda —lo que reduce la eficacia del instrumento— y al mismo tiempo deprime aún más una actividad que ya se desacelera. No subir deja fluir la inflación en un contexto donde las expectativas de precios comienzan a desanclarse. El consenso de Bloomberg rebajó el pronóstico de crecimiento para la eurozona en 2026 hasta el 0,8% anual desde proyecciones que en algún momento alcanzaron el 1,6%, y ese ajuste podría profundizarse si el bloqueo de Ormuz persiste.
El comportamiento divergente entre países añade complejidad al marco de política monetaria común. Alemania intensifica su deterioro: la producción industrial cayó y el índice ZEW de mayo refleja que más de un tercio de los encuestados espera que la situación económica empeore en los próximos meses, señal de que la mayor economía del bloque no encuentra todavía el suelo del ciclo. Francia registró una aceleración de la inflación hasta el 2,2% interanual en abril —máximo desde julio de 2024—, impulsada por energía (+14,3%) y servicios, mientras el desempleo subió 0,2 puntos porcentuales hasta el 8,1% de la población activa, su nivel más alto desde el primer trimestre de 2021. España ofrece una lectura más matizada: la inflación se moderó levemente hasta el 3,2% gracias en parte al paquete anticrisis de 80 medidas del gobierno —que incluye reducciones del IVA en combustibles y subsidios a la electricidad—, y la confianza del consumidor recuperó terreno hasta 77,7 puntos en abril desde el mínimo de 66,9 de marzo. Sin embargo, el instrumento fiscal tiene alcance limitado frente a un shock de oferta energética de magnitud sistémica.
Italia concentró esta semana el debate fiscal más agudo del continente. El ministro de Defensa Crosetto presionó al Tesoro para que tome posición antes del 31 de mayo sobre el acceso a 14.900 millones de euros del instrumento SAFE de la UE para gasto en armamento, mientras el titular de Economía Giorgetti señaló que la prioridad presupuestaria inmediata es proteger a hogares y empresas del impacto energético, no incrementar el perfil de deuda para defensa. El conflicto de prioridades refleja con precisión la encrucijada fiscal de Europa: los compromisos con la OTAN exigen más gasto en defensa justo cuando los costos energéticos reclaman subsidios y la regla del déficit del 3% del PIB —que la UE evalúa suspender formalmente ante la magnitud de la crisis— acota el espacio disponible.
La dimensión de más largo plazo que emergió esta semana fue el lanzamiento formal del proyecto Qivalis: un consorcio de trece bancos europeos de primer nivel —entre ellos BNP Paribas, ING, UniCredit, BBVA, CaixaBank y Sabadell— que busca introducir una stablecoin denominada en euros bajo el marco regulatorio MiCA para el segundo semestre de 2026. La señal analítica relevante no es tecnológica sino estratégica: el euro representa entre el 20% y el 25% de la actividad económica global tradicional pero apenas el 0,2% de las transacciones en redes blockchain, frente a un mercado dominado en un 99% por el dólar a través de instrumentos como USDT y USDC. La respuesta bancaria privada al fenómeno de “dolarización digital” articula una voluntad de recuperar soberanía monetaria en el espacio financiero descentralizado, complementaria —y no sustituta— del euro digital minorista que el BCE continúa desarrollando.
El Reino Unido presentó datos de crecimiento que superaron ampliamente las expectativas: el PIB avanzó 0,6% trimestral en el primer trimestre —el mayor dinamismo del bloque, por encima de Estados Unidos—, con servicios, manufactura y construcción creciendo simultáneamente. Sin embargo, los economistas advierten con razón sobre la interpretación de esa fortaleza: los patrones de medición estacional post-pandemia han generado una tendencia persistente de sobreestimación del primer trimestre que la propia ONS reconoce y mantiene bajo revisión. El salto de 1.800 millones de libras en importaciones de combustible durante marzo —el tercero más grande desde que comenzaron los registros en 1997— ilustra la vulnerabilidad real de la economía británica frente al shock energético. Los mercados descuentan entre dos y tres subidas de tipos de 25 puntos básicos por parte del Banco de Inglaterra para lo que resta del año, la libra se deprecia bajo esa incertidumbre, y el bono soberano a 10 años alcanzó el 5,1%, nivel no visto desde 2008. La inestabilidad política en torno al primer ministro Starmer agrega una prima de riesgo discrecional que los inversores en gilts no estaban descontando hace apenas seis semanas.
Valoración. Europa enfrenta un ciclo que ha comenzado a agrietarse por los cimientos, aunque la superficie aún presenta una textura razonablemente sólida. El riesgo fundamental es que el acopio de inventarios —el mecanismo que ha sostenido cifras de PIB y producción industrial en el primer trimestre— se agote sin que la demanda final haya recuperado tracción, exponiendo la debilidad subyacente precisamente en el momento en que la escasez física de combustible comience a restringir la actividad industrial. El BCE no tiene un instrumento eficaz para enfrentar un shock de oferta energética con política monetaria sin agravar el daño sobre el crecimiento. La respuesta fiscal está acotada por reglas que la propia UE evalúa flexibilizar, y los países que más necesitan ese espacio —Italia, Francia— son precisamente los que parten de posiciones de deuda más comprometidas. La semana no entregó una crisis declarada, pero sí acumuló las condiciones para que el segundo trimestre sea considerablemente más difícil que el primero.
III. Asia: China capitaliza la transición energética global mientras Japón enfrenta un nuevo dilema inflacionario y cambiario
El bloque asiático presentó esta semana una lectura bifurcada que va más allá de la diferencia entre economías exportadoras e importadoras de energía. Lo que los datos revelan es una reconfiguración más profunda del ciclo global: China acelerando su posicionamiento exportador precisamente en las categorías que el encarecimiento del petróleo hace más atractivas, y Japón enfrentando simultáneamente la presión inflacionaria más severa en años y la exigencia de normalizar su política monetaria.
China cerró el primer trimestre de 2026 con un superávit por cuenta corriente de 184.100 millones de dólares, cifra que refleja fortaleza de su balanza externa en un contexto de considerable incertidumbre comercial global. La cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump —primera visita presidencial estadounidense a China en nueve años— produjo señales de desescalada diplomática sin acuerdos vinculantes. Los compromisos alcanzados son explícitamente “preliminares” en el lenguaje del propio Ministerio de Comercio chino: reducciones arancelarias recíprocas en productos agrícolas —con expectativa de mercado de un recorte del 10% en soja—, apertura de registros para 502 plantas cárnicas estadounidenses que habían quedado prácticamente excluidas, y compromisos de compra que el representante comercial Greer cuantificó en miles de millones de dólares durante los próximos tres años, sin detalles sobre productos ni volúmenes específicos. El contexto de referencia es elocuente: el comercio agrícola bilateral colapsó un 65,7% interanual en 2025 hasta apenas 8.400 millones de dólares. Lo que se alcanzó en Pekín es una tregua táctica que normaliza parcialmente el flujo comercial sin resolver las tensiones estructurales sobre tecnología, semiconductores y el estatuto de Taiwán, que permanece como variable de fondo en cada interlocución entre las dos potencias.
La dimensión analíticamente más relevante de China esta semana no provino de la cumbre sino del comportamiento de sus exportaciones de tecnología verde. Los datos disponibles hasta marzo de 2026 muestran que los vehículos eléctricos, baterías de iones de litio y paneles solares alcanzaron máximos históricos en valor y volumen, y su dinámica exportadora ha comenzado a reconfigurar la geografía del comercio global de manera que trasciende el ciclo energético actual. Estas tres categorías representaron en 2025 apenas el 4,5% del total de exportaciones chinas, pero explicaron cerca del 20% del crecimiento exportador en un año en que las exportaciones totales avanzaron un 5%. La asimetría es la señal analítica: China ha construido una capacidad industrial en tecnología limpia de escala suficiente para dominar aproximadamente la mitad de las exportaciones mundiales de paneles solares y baterías, y una cuarta parte del mercado global de vehículos eléctricos, posición que el encarecimiento del petróleo convierte ahora en ventaja competitiva estructural. Las proyecciones actuales sitúan el crecimiento total de exportaciones chinas en torno al 15% para 2026, con la tecnología verde aportando entre dos y cinco puntos porcentuales de ese avance.
La geografía del destino es igualmente reveladora. La participación de la UE en las exportaciones chinas de paneles solares se contrajo desde cerca del 50% en 2023 hasta aproximadamente el 37% actual, presionada por aranceles y capacidad de absorción limitada. La frontera del crecimiento se ha desplazado hacia mercados emergentes: Pakistán, Brasil e India figuran ya entre los cinco principales destinos, y las matriculaciones de vehículos eléctricos de marcas chinas en Brasil crecieron alrededor del 300% desde comienzos de año. La diferencia estructural con Europa es que estos compradores realizan adquisiciones por primera vez —no transiciones desde tecnología anterior—, lo que hace el ciclo de adopción considerablemente menos reversible ante una eventual normalización de los precios del petróleo. El mundo ha experimentado dos crisis energéticas mayores en cinco años; el argumento estratégico a favor de reducir exposición a cadenas de suministro de hidrocarburos se ha vuelto difícilmente rebatible en el horizonte de decisión de hogares e industrias en mercados con infraestructura energética precaria.
El sistema bancario chino recibió esta semana señales adicionales de soporte regulatorio. Tras la inyección de capital de 300.000 millones de yuanes anunciada en marzo, los reguladores avanzan hacia la flexibilización de los límites de participación accionaria en instituciones financieras —facilitando la capitalización especialmente de bancos regionales— y promueven la emisión de bonos perpetuos para fortalecer los colchones de capital sin recortar tasas activas. Los nuevos préstamos de marzo alcanzaron 2,99 billones de yuanes (410.000 millones de dólares), por encima del mes anterior pero por debajo de las expectativas, confirmando que la oferta de crédito se sostiene institucionalmente mientras la demanda subyacente permanece desigual, particularmente en el sector inmobiliario donde los promotores continúan reduciendo apalancamiento. La política monetaria china mantiene su postura cautelosa frente a recortes de tasas —que debilitarían al yuan y comprometerían la rentabilidad bancaria— apostando por el soporte de capital como mecanismo de transmisión preferido.
Japón presentó esta semana el cuadro más complejo del bloque. Los precios industriales de abril avanzaron 4,9% interanual, muy por encima del 3,0% esperado y del 2,9% del mes anterior, alcanzando el nivel más alto desde mayo de 2023. El petróleo aportó 5,3 puntos y los productos químicos 9,2 puntos a esa aceleración, consecuencia directa del cierre de Ormuz sobre una economía que depende críticamente de importaciones de combustible. El rendimiento del bono soberano japonés a 10 años respondió con un salto hasta 2,625%, máximo en 29 años, señal de que los mercados están comenzando a descontar una normalización monetaria que el Banco de Japón ya no puede diferir sin costo de credibilidad.
La dinámica interna del BoJ se endureció con nitidez esta semana. Tres de los nueve miembros del directorio habían disentido en la reunión de abril exigiendo una subida inmediata hasta el 1,0%. A ellos se sumó esta semana Kazuyuki Masu —quien en abril había votado por mantener— con una declaración que el mercado interpretó correctamente como un movimiento hacia el campo restrictivo: si los datos no señalan deterioro económico claro, subir tasas “lo antes posible” es la postura deseable. La probabilidad implícita en el mercado de una subida en la reunión de junio alcanza el 70%. La tasa de política actual es el 0,75%, y el rango estimado de neutralidad oscila entre 1,1% y 2,5%, lo que implica que incluso con varias subidas el BoJ permanecería en territorio acomodaticio. Masu fue explícito en el diagnóstico de fondo: Japón ha salido de la deflación y se encuentra en una fase inflacionaria en la que mantener tasas reales negativas ya no es una opción sostenible sin alimentar espirales de precios y depreciación cambiaria que retroalimentan la inflación importada.
El dilema del BoJ está estructuralmente acotado por dos presiones que se mueven en direcciones opuestas: la inflación importada exige endurecimiento monetario para no desanclar expectativas, pero el mismo encarecimiento energético daña a una economía dependiente de importaciones y debilita la demanda interna en el momento en que el gobierno considera la aprobación —el 21 de mayo— de un presupuesto suplementario de gasto para apoyar a los hogares frente a los costos de gasolina y servicios públicos. La combinación de estímulo fiscal y endurecimiento monetario tiene precedentes en la historia económica reciente, pero su eficacia depende de que ambos instrumentos operen en horizontes temporales complementarios y no se neutralicen entre sí.
La OCDE añadió esta semana una capa de complejidad fiscal de largo plazo al publicar su informe de supervisión económica sobre Japón, en el que instó formalmente a elevar el impuesto al consumo del 10% actual hasta el 18%, mediante incrementos graduales de un punto porcentual anual, como respuesta estructural al deterioro demográfico y a una deuda pública que supera el 200% del PIB. El argumento de estabilidad intergeneracional es técnicamente sólido: un impuesto al consumo distribuye la carga del gasto en seguridad social entre todos los grupos etarios —incluida la población jubilada, que utiliza esos servicios— en lugar de concentrarla en la base laboral activa, que se contrae aceleradamente. La propuesta, sin embargo, colisiona frontalmente con el enfoque político de la Primera Ministra Takaichi, que ha priorizado medidas de alivio fiscal a consumidores. La tensión entre la disciplina fiscal de largo plazo que exige la OCDE y el estímulo de corto plazo que el gobierno considera para contener el impacto energético sobre el ingreso disponible define el nudo político central de Japón en este ciclo.
Valoración. Asia entregó esta semana dos lecturas de ciclo divergentes con implicaciones de primer orden para los mercados globales. China consolida su posición como beneficiario paradójico de la crisis energética: el alza del petróleo acelera la adopción de las tecnologías en las que el país tiene ventaja competitiva estructural, la cumbre con Trump ofrece una tregua comercial táctica que normaliza parcialmente los flujos sin resolver las tensiones de fondo, y el superávit externo proporciona un colchón de estabilidad macroeconómica que el resto del bloque no tiene. Japón, en cambio, enfrenta su normalización monetaria más urgente en tres décadas bajo la peor circunstancia posible: un shock inflacionario de origen externo que exige restricción precisamente cuando la demanda interna necesita sostén. El rendimiento del JGB a 2,625% no es un accidente estadístico; es el mercado reconociendo que la era de los rendimientos japoneses suprimidos ha terminado, y que las implicaciones de ese reconocimiento —sobre el yen, sobre los flujos de capital desde Japón hacia activos externos, sobre el mercado de bonos soberanos global— apenas están comenzando a procesarse.
IV. México y Brasil: la carrera contra el reloj fiscal y la señal proteccionista que amenaza al mayor exportador de proteínas del mundo
México concentró esta semana su atención analítica en una variable que los mercados de deuda soberana llevan meses monitoreando con creciente incomodidad: la sostenibilidad fiscal y la distancia que separa al país de perder el grado de inversión con las tres principales agencias calificadoras. El escenario que se configura de cara al segundo semestre del año no admite ambigüedad: Fitch ubica a México en ‘BBB-‘ con perspectiva estable, a un solo escalón del territorio especulativo; S&P acaba de ajustar la perspectiva a negativa con calificación ‘BBB’, advirtiendo que podría degradar la nota en los próximos 24 meses si la consolidación fiscal no avanza con suficiente contundencia; y Moody’s, que mantiene ‘Baa2’ con perspectiva negativa, tiene prevista una revisión para finales de junio que varios analistas ya identifican como una posibilidad real de recorte. Para que México pierda formalmente el grado de inversión se requiere que al menos dos de las tres agencias lo califiquen por debajo del umbral, pero el camino hacia esa eventualidad se ha acortado de forma apreciable.
La aritmética fiscal es el núcleo del problema. El déficit medido a través de los Requerimientos Financieros del Sector Público ha permanecido por encima del 3,5% del PIB de forma ininterrumpida desde 2020, y llegó al 5,8% en 2024 —el nivel más elevado en tres décadas— como herencia del ciclo de gasto de la administración López Obrador en sus obras prioritarias de cierre. La última vez que México operó por debajo del umbral del 3% recomendado por el FMI fue en 2019, con un resultado de 2,3%. El titular de la Secretaría de Hacienda, Édgar Amador, enfrenta la exigencia de demostrar indicios creíbles de consolidación antes de mediados de año, en una ventana de tiempo que la revisión de Moody’s en junio comprime considerablemente.
La trayectoria de la deuda amplifica el riesgo. Hacienda estima el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público en el 54,7% del PIB —equivalente a 20,4 billones de pesos—, pero S&P proyecta una cifra superior, del 56,3%, con tendencia ascendente hasta el 59,4% en 2029, traccionada principalmente por el soporte gubernamental a Pemex y la Comisión Federal de Electricidad. Moody’s había ya señalado en febrero que Pemex podría requerir apoyo adicional directo del gobierno para sostener operaciones, lo que, combinado con una expansión del PIB inferior a la proyectada, implicaría una consolidación fiscal más lenta y mayor presión sobre el endeudamiento federal. La paradoja estructural de México en este ciclo es que las dos empresas del Estado que más requieren respaldo presupuestario —Pemex y CFE— son precisamente las que concentran el mayor riesgo para las perspectivas fiscales que las calificadoras monitorean. El país lleva más de dos décadas con grado de inversión en las tres agencias; la pérdida de ese estatus implicaría salida forzada de fondos institucionales con mandatos que exigen calidad crediticia mínima y un encarecimiento sustancial del costo de endeudamiento soberano en un momento en que el margen fiscal ya es estrecho.
En ese contexto, el Mundial de Fútbol 2026 emerge como un factor de demanda agregada de carácter puntual y no estructural. La derrama económica proyectada por Deloitte asciende a 2.730 millones de dólares, con más de 110.000 empleos temporales y un impacto focalizado en hotelería, entretenimiento, comercio y servicios de experiencia. El evento activará un ciclo de consumo con componente emocional significativo —el 78% de los espectadores planea ver los partidos en casa, en ambiente familiar—, con efectos positivos sobre industrias específicas durante el período de celebración. Sin embargo, esa magnitud, aunque relevante sectorialmente, no tiene la escala necesaria para alterar el perfil fiscal del país ni para influir sobre las decisiones de las calificadoras, cuya atención permanece fijada en la trayectoria de fondo del déficit y la deuda de mediano plazo.
Brasil presentó esta semana dos lecturas de naturaleza muy distinta que, juntas, definen el mapa de riesgo macroeconómico del país en el corto y mediano plazo.
La inflación oficial de abril —medida por el IPCA— registró 0,67% mensual, desacelerando desde el 0,88% de marzo, con lo que el acumulado de doce meses se situó en el 4,39%, dentro del rango de tolerancia del gobierno aunque en la parte alta: la meta es del 3% con una banda de ±1,5 puntos porcentuales, fijando el techo en 4,5%. La cercanía al límite superior es la variable que impide al Banco Central de Brasil operar con mayor holgura en su ciclo de política monetaria. El componente de alimentos y bebidas explicó el 43% de la inflación del mes, con la alimentación en el hogar avanzando 1,64%. El mecanismo es doble: por el lado de la oferta, la estacionalidad climática seca reduce los pastizales y obliga a incorporar ración para el ganado, elevando los costos de producción de lácteos; por el canal de distribución, el alza del diésel —producto de la crisis energética global derivada del conflicto en Irán— se traslada directamente al costo del flete terrestre que mueve la cadena alimentaria. Ambas presiones tienen componentes estructurales que no se disipan en el corto plazo.
La segunda señal de la semana fue de mayor alcance estratégico. La Unión Europea retiró a Brasil de la lista de países autorizados a exportar productos de origen animal al bloque europeo, decisión que entraría en vigor el 3 de septiembre de 2026 y fue justificada por el Comité Permanente de Vegetales, Animales, Alimentos y Piensos de la Comisión Europea en base a normas sobre el control del uso de antimicrobianos en la ganadería. El gobierno de Lula reaccionó con una nota conjunta de tres ministerios —Relaciones Exteriores, Agricultura, y Desarrollo e Industria— calificando la decisión de “sorpresiva” y comprometiendo “todas las medidas necesarias” para revertirla, con una reunión ya agendada de la delegación brasileña ante autoridades sanitarias europeas.
La dimensión de la amenaza es proporcional al lugar que Brasil ocupa en los flujos globales de proteína animal: el país es el mayor exportador mundial en esa categoría, con una trayectoria de abastecimiento al mercado europeo de cerca de cuatro décadas. La decisión de la UE, de no revertirse antes del plazo de septiembre, implicaría un corte de acceso preferencial que afectaría tanto el ingreso de divisas como la balanza comercial agrícola en uno de los sectores más competitivos de la economía brasileña. El argumento sanitario europeo sobre antimicrobianos no es nuevo en el debate regulatorio internacional, pero su aplicación en forma de exclusión de lista —y no de negociación de estándares— sugiere que hay dimensiones adicionales de política comercial que la justificación técnica no agota plenamente. El timing, en un contexto de presiones inflacionarias globales en alimentos y de vulnerabilidad energética europea, añade una capa de lectura geopolítica que el mercado no debería ignorar.
Valoración. México y Brasil exhiben esta semana riesgos de naturaleza diferente pero igualmente concretos. México opera en una carrera contra el reloj institucional: la ventana para demostrar consolidación fiscal creíble se cierra con la revisión de Moody’s en junio, y la trayectoria actual de la deuda —impulsada por el soporte a Pemex y CFE— no apunta espontáneamente a la estabilización que las calificadoras exigen. La pérdida del grado de inversión no es un escenario base, pero ha dejado de ser un escenario remoto. Brasil navega una inflación que se mantiene dentro del rango de tolerancia pero no cede con suficiente velocidad para dar margen al banco central, y enfrenta ahora una amenaza comercial en su sector exportador más competitivo, cuya resolución depende de una negociación regulatoria con la UE en plazos que el mercado debería empezar a incorporar en las proyecciones de cuenta corriente del segundo semestre.
V. Colombia: crecimiento sostenido por consumo, tasas históricamente altas y un mercado que sigue cuestionando la sostenibilidad fiscal
Colombia cerró la semana enfrentando una de las combinaciones macroeconómicas más complejas de los últimos años: crecimiento moderado, tasas soberanas cercanas a máximos históricos, deterioro persistente de las cuentas fiscales y una creciente dependencia del consumo como principal soporte de la actividad económica. El país todavía evita una desaceleración abrupta, pero el comportamiento reciente del mercado de deuda confirma que los inversionistas ya no están evaluando únicamente el crecimiento del PIB o la inflación corriente, sino la sostenibilidad integral del modelo fiscal y financiero hacia el mediano plazo.
El PIB del primer trimestre de 2026 creció 2,2% interanual, según los datos preliminares publicados por el DANE el 15 de mayo, resultado que quedó levemente por debajo del 2,4% proyectado por el consenso de Fedesarrollo y que confirma una desaceleración respecto al promedio de 2025 (2,6%) y al cuarto trimestre del año anterior (2,3%). La lectura trimestral ajustada por estacionalidad fue de 0,6%, ritmo que no genera entusiasmo pero que evita el deterioro más pronunciado que algunos escenarios contemplaban. Los motores del trimestre fueron la administración pública, defensa, educación y salud —con crecimiento de 5,7% y una contribución de 0,9 puntos porcentuales—, el comercio, transporte, alojamiento y restaurantes (+2,9%, +0,6pp) y la manufactura (+2,9%, +0,3pp). El consumo final avanzó 3,4%, sostenido por remesas, una inflación que ha cedido desde sus picos y cierta estabilidad en el gasto público. Hasta allí, la foto luce razonablemente sólida.
La fisura aparece cuando se observa la estructura del crecimiento desde el lado de la inversión y los sectores productivos de largo plazo. La formación bruta de capital retrocedió 3,0%, señal de que la inversión privada continúa inhibida por el entorno de tasas elevadas, la incertidumbre institucional y la falta de reglas de juego predecibles. La construcción cayó 5,4% y la agricultura retrocedió 1,4%, dos sectores históricamente vinculados a la generación de empleo de base y a la productividad de largo plazo. La paradoja del PIB colombiano en este trimestre es que crece impulsado precisamente por los componentes más volátiles y menos replicables —consumo, gasto público, servicios— mientras los sectores que generan crecimiento sostenible permanecen deprimidos. Laura Clavijo de Bancolombia y César Pabón de Corficolombiana convergieron en la misma lectura: el resultado refleja resistencia, no recuperación. La presidenta de Amcham Colombia, María Claudia Lacouture, fue precisa en el diagnóstico de fondo: la pregunta no es cuánto crece la economía sino si lo hace con bases que sostengan ese impulso en el tiempo. Con construcción, agro e hidrocarburos en terreno negativo o estancado, esa pregunta no tiene respuesta satisfactoria.
Los datos de actividad sectorial de marzo complementan el cuadro. El comercio minorista avanzó 13,4% real interanual —15,6% excluyendo combustibles—, liderado por vehículos y motocicletas (+35,8%) y equipos de tecnología, con todas las líneas de mercancía en positivo. La manufactura registró producción real de +3,9% y ventas de +3,8%, con desempeños destacados en vehículos (+41,8% en producción), farmacéuticos (+17,1%) y bebidas (+16,7%), aunque el empleo manufacturero retrocedió 0,6%, señal de que las ganancias de producción no se están traduciendo en contratación adicional. El indicador de seguimiento ISE de marzo mostró crecimiento anual de 3,98%, con las actividades terciarias liderando con 5,26%.
El telón de fondo del análisis semanal fue, sin embargo, el mercado de deuda pública. Los rendimientos de los Títulos de Corto Plazo alcanzaron máximos no vistos en más de dos décadas: la subasta del 28 de abril colocó papeles a un año al 13,72%; la del 12 de mayo, al 13,48%; y el inicio del año registraba 11,49%. En apenas cuatro meses, el costo de financiamiento en el tramo corto escaló casi dos puntos porcentuales. El fenómeno más revelador es la inversión parcial de la curva que se viene observando desde el 27 de marzo: bonos a un año rinden más que los de diez años, configuración que históricamente señala mayor percepción de riesgo de crédito soberano de corto plazo y expectativas de eventual normalización monetaria en el mediano plazo. Colombia ocupa actualmente el quinto lugar en rendimientos a dos años entre economías emergentes —13,84%—, superado únicamente por Líbano, Turquía, Egipto y Nigeria. A tres años está en el cuarto puesto (14,26%) y a cinco en el quinto (14,34%). Son compañías que ningún analista de mercados emergentes querría para sus comparables.
El webinar de Crédito Público del 15 de mayo intentó reducir la incertidumbre técnica sobre el Total Return Swap y logró hacerlo de manera parcial. La operación original implicaba una obligación de CHF 7.495 millones contra USD 9.325 millones, con un portafolio de bonos globales, TES y Tesoros estadounidenses como subyacente. Según la presentación oficial, cerca del 67% ya estaría cancelado —Bancolombia estima el avance en 60%—, con una caja requerida para completar el prepago de aproximadamente USD 6.990 millones. La señal de que los títulos recuperados serán cancelados y no liquidados en mercado secundario es positiva para la curva porque descarta el riesgo de oferta forzada adicional de TES. La dirección de Crédito Público también reveló que aprovechó niveles de USD/COP en la zona de 3.500-3.600 para realizar compras de dólares y coberturas cambiarias, operación que, frente al supuesto promedio del Plan Financiero de 3.801 pesos por dólar, representa un diferencial de eficiencia de 7,9% por unidad adquirida. La deuda externa como proporción del total se redujo desde cerca del 41% al inicio de la administración hasta el 25% con corte al 30 de abril, y la estrategia de diversificación hacia euros y francos suizos —con ahorros de hasta 150 puntos básicos frente al dólar en el caso del euro y 4,5% en el del franco— contempla ahora la incorporación de monedas asiáticas. El director Javier Cuéllar proyectó un ahorro acumulado en pagos de intereses externos de aproximadamente USD 14.000 millones entre hoy y 2062, al reducir el saldo de bonos globales en circulación.
La transparencia del webinar, sin embargo, no cerró la discusión de fondo. El propio Cuéllar reconoció abiertamente haber errado en su pronóstico de tasas: “Los TES llegaron al 14%, me equivoqué”. Su argumento de que los rendimientos actuales reflejan expectativas de política monetaria y no prima de riesgo fiscal es una afirmación que el mercado no ha validado: la prima de CDS colombiana, los diferenciales frente a pares regionales y la posición en el ranking de emergentes de mayor rendimiento sugieren que ambas variables contribuyen a los niveles actuales, y que reducirlos exclusivamente al canal monetario es una simplificación que los inversionistas institucionales no comparten. El Gobierno puede mejorar la fotografía de deuda bruta mediante operaciones de manejo de pasivos —y ha hecho un trabajo técnicamente competente en esa dirección—, pero esas operaciones no modifican el déficit estructural, no aceleran el recaudo ni reducen las necesidades recurrentes de financiamiento.
La caja del Tesoro ilustra esa tensión con precisión. Cerró abril en aproximadamente 7,5 billones de pesos, recuperándose desde los 6,8 billones de marzo pero operando a menos de la mitad del nivel registrado en abril de 2025, cuando el saldo ascendía a 13,8 billones. El mínimo del 28 de abril fue de 4,8 billones. La subasta extraordinaria de TES que esta semana buscó captar hasta 6 billones de pesos —frente al billón habitual semanal— fue interpretada correctamente por el mercado como una señal de presión de liquidez, agravada por el fallo del Consejo de Estado que suspendió el decreto de traslado de recursos de las AFP a Colpensiones, operación con la que el Gobierno contaba para recibir cerca de 5 billones de pesos. El recaudo tributario acumulado entre enero y abril se ubicó en 102,2 billones de pesos —32,2% de la meta anual—, con un faltante frente a las proyecciones de Hacienda de aproximadamente 1,7 billones de pesos. Bancolombia proyecta que el déficit fiscal de 2026 se ubicará entre el 6,5% y el 7% del PIB, muy por encima de la meta oficial, con mejoras en las métricas de deuda bruta que serán “apenas transitorias”.
La controversia en torno a las Administradoras de Fondos de Pensiones añadió una capa de riesgo institucional que el mercado no puede ignorar. El ministro de Hacienda, Germán Ávila, reiteró que el Gobierno está dispuesto a tomar “todas las medidas necesarias” frente a la negativa de los fondos a trasladar los 6,6 billones correspondientes a afiliados que ya consolidaron su derecho pensional. Con el decreto suspendido por el Consejo de Estado, con 132.000 solicitudes de traslado en curso y con la Corte Constitucional aún sin definir la constitucionalidad de la reforma pensional, el escenario jurídico es genuinamente incierto. La advertencia del ministro de que un día de demora en el pago de pensiones de Colpensiones constituiría “default técnico de la deuda de la nación” no es retórica menor: es una señal de la fragilidad de los flujos de caja del Estado en el corto plazo.
La tensión entre el Ministerio de Hacienda y el Banco de la República se hizo pública esta semana con inusual franqueza. Ávila calificó de “absolutamente inocuo” el incremento de 200 puntos básicos en la tasa de referencia implementado por el Emisor a comienzos del año, argumentando que una inflación con causales predominantemente de oferta —energía, fertilizantes, emergencia invernal— no responde al instrumento de tasas y que la medida ha costado al fisco aproximadamente 1,8 billones de pesos adicionales en servicio de deuda. Cuestionó además la meta de inflación del 3%, señalando que no tiene sustento legal y citando evidencia de que economías que operan cerca del 5% han alcanzado mayores tasas de crecimiento. La posición del ministro —que la inflación actual de 5,5% es aceptable y que las tasas deben bajar— contrasta con la de una junta directiva del Banco de la República que subió 200 puntos básicos precisamente ante el riesgo de que la inflación se desanclara en un entorno de presión salarial y fiscal. Esa tensión no se resolverá en el corto plazo, y su persistencia añade incertidumbre sobre la trayectoria de la política monetaria en el segundo semestre.
El sector de hidrocarburos concentró esta semana señales de deterioro estructural que trascienden el ciclo. La inversión exploratoria cayó 42% entre 2022 y 2025; la producción de gas retrocedió 17,1% frente al año anterior; el horizonte de autosuficiencia gasífera se redujo de 11,3 años en 2014 a 5,9 años en 2024; y Colombia no ha firmado contratos de exploración y producción desde 2022, mientras Brasil formalizó cerca de 200 en el mismo período. Las importaciones de gasolina pasarán del 43% actual al 50% en 2031, y el combustible jet importado alcanzará el 20% desde 2027. El Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles acumula un déficit de aproximadamente 1,2 billones de pesos a marzo, y el compromiso del ministro Ávila de no generar brechas en el FEPC significa que los ajustes de precios al consumidor final deberán continuar en un momento en que la inflación de alimentos ya presiona el poder adquisitivo de los hogares. El sector registró además más de 1.363 bloqueos a operaciones en 2025 y pérdidas en regalías cercanas a 28,5 millones de dólares. La metáfora del presidente de la ACP es tan gráfica como exacta: Colombia pasó de tener cuatro fogones a tres, y va hacia dos. La diferencia con la dinámica de Brasil, Argentina, Guyana y Venezuela en el mismo período no requiere mayor comentario analítico.
Valoración. Colombia presenta esta semana un mapa de ciclo cuya complejidad supera la que una sola cifra de PIB puede capturar. El 2,2% del primer trimestre es real pero frágil: descansa en consumo y gasto público mientras la inversión privada retrocede y los sectores productivos de largo plazo permanecen deprimidos. Las tasas de los TES en máximos de dos décadas no son un fenómeno técnico corregible con declaraciones ministeriales: reflejan una prima de riesgo que el mercado asigna a un Estado con caja en mínimos históricos, recaudo por debajo de metas, déficit proyectado entre el 6,5% y el 7% del PIB y una controversia institucional sobre los recursos pensionales que añade incertidumbre de flujo en el corto plazo. La estrategia de manejo de deuda de Crédito Público ha sido técnicamente competente en reducir exposición cambiaria y gestionar el TRS, pero esas operaciones mejoran la fotografía del balance sin modificar la película fiscal. El segundo semestre será el momento de verdad: con el calendario electoral aproximándose, las necesidades de financiamiento acumulándose y el sector energético en contracción estructural, la prima que el mercado exige para mantener deuda colombiana difícilmente cederá sin señales concretas de consolidación fiscal que hasta ahora no han llegado.
VI. Mercados financieros
Renta variable: inteligencia artificial sostiene las bolsas mientras inflación y tasas empiezan a tensionar las valuaciones
Los mercados accionarios globales cerraron la semana mostrando una divergencia cada vez más evidente entre el optimismo asociado a inteligencia artificial y el deterioro simultáneo del entorno macrofinanciero. Aunque varios índices alcanzaron nuevos máximos históricos impulsados por tecnología y semiconductores, el repunte de inflación, petróleo y rendimientos soberanos comenzó a generar una toma de utilidades mucho más agresiva hacia el cierre de la semana.
Wall Street cerró la semana con un balance marginal que oculta una volatilidad intrasemanal considerable. El S&P 500 terminó en 7.408,50 puntos con una variación semanal positiva de apenas 0,1%; el Dow Jones retrocedió 0,2% hasta 49.526,17; y el Nasdaq Composite cedió 0,1% para cerrar en 26.225,14. La fotografía de cierre, sin embargo, no captura lo que ocurrió en el interior de la semana: el S&P 500 y el Nasdaq tocaron nuevos máximos históricos en las sesiones centrales, impulsados por el rally en semiconductores e inteligencia artificial, antes de experimentar una corrección severa el viernes cuando los datos del IPC y el IPP de abril llegaron por encima del consenso y reactivaron el temor a una Reserva Federal estructuralmente más restrictiva de lo que el mercado había estado descontando. El viernes en particular fue contundente: S&P 500 -1,2%, Nasdaq -1,5%, Dow Jones -1,1%, con el sector tecnológico y las acciones de crecimiento absorbiendo el mayor impacto.
El motor de la semana fue, una vez más, la inteligencia artificial. Nvidia continuó siendo el centro gravitacional del mercado durante las sesiones alcistas, aunque no escapó a la corrección del viernes con una caída del 2%. Cerebras Systems protagonizó el debut bursátil más sonado de la semana: sus acciones avanzaron 68% en la primera sesión de cotización en el Nasdaq —señal inequívoca del apetito del mercado por exposición directa a infraestructura de IA— antes de ceder 4% al día siguiente en el ajuste general. Cisco había publicado resultados sólidos la semana previa, con acciones subiendo 13% por el robusto gasto de los hiperescaladores en infraestructura, aunque simultáneamente anunció la eliminación de 4.000 puestos de trabajo —ilustración perfecta de cómo la IA redistribuye valor dentro de las propias empresas que la despliegan. Microsoft fue la excepción positiva del viernes, avanzando entre 3% y 4% luego de que el fondo Pershing Square de Bill Ackman revelara una nueva posición de inversión, señal que el mercado interpretó como validación del perfil riesgo-retorno de la compañía en el ciclo actual. Los fabricantes de semiconductores sufrieron la corrección más pronunciada: Intel -5%, AMD -3%, Micron -4%, en una sesión en que el mercado comenzó a ponderar el impacto de tasas más altas sobre los múltiplos de valoración de activos de crecimiento intensivo en capital.
Una dinámica que ganó protagonismo analítico esta semana fue la del mercado de memoria de alto ancho de banda(HBM, por sus siglas en inglés), donde el tridente formado por SK Hynix, Samsung y Micron ha emergido como uno de los mayores beneficiarios estructurales del ciclo de IA. La lógica es técnica pero con implicaciones de mercado directas: las GPUs de última generación requieren memoria HBM para alimentar sus capacidades de procesamiento a la velocidad necesaria para entrenar y ejecutar modelos de lenguaje de gran escala. Sin suficiente HBM disponible, la potencia de cómputo instalada queda subutilizada. El proceso de fabricación de esta memoria es extremadamente complejo y no es escalable en el corto plazo, lo que ha creado una escasez estructural que el mercado está comenzando a valorar con la misma atención que dedica a Nvidia. La divergencia de valoración es llamativa: Samsung cotiza a apenas seis veces sus beneficios futuros proyectados y SK Hynix a 5,3 veces, frente a las 22 veces de Nvidia. Samsung y Hynix duplicaron con creces su valor en lo que va del año. El mercado empieza a formularse la pregunta correcta: no cuántas GPUs puede vender Nvidia, sino cuánta HBM existe disponible para acompañarlas.
Boeing protagonizó la decepción de la semana en el frente corporativo. El anuncio de Donald Trump de que China había acordado la compra de 200 aviones durante la cumbre en Pekín generó pérdidas —no ganancias— en el precio de la acción, que cayó cerca del 5% en la sesión del anuncio y extendió la caída al 3% el viernes. El mercado encontró la cifra apenas modestamente por encima de las expectativas previas a la cumbre y reaccionó penalizando la brecha entre la narrativa diplomática y el resultado comercial concreto.
En Europa, los principales índices recuperaron parte del retroceso reciente: el IBEX 35 avanzó 0,5% y el Euro Stoxx 50 repuntó 0,9%, en un contexto en que el Brent permanece por encima de los 105 dólares y las estimaciones de inflación continúan revisándose al alza. La recuperación bursátil europea coexiste con un deterioro macroeconómico que los precios de mercado no han incorporado plenamente: el PMI compuesto en negativo, el acopio de inventarios como soporte artificial del PIB y la amenaza de escasez física de combustibles de aviación son variables que el mercado de renta variable parece todavía descontar con excesivo optimismo.
En la región Asia-Pacífico, el Hang Seng de Hong Kong avanzó apenas 0,2% mientras el Topix japonés subió 1,2%, impulsado parcialmente por el yen débil que favorece la competitividad exportadora. Sea Limited publicó resultados que superaron expectativas y reforzaron la confianza en su posicionamiento en el comercio electrónico del sudeste asiático. Alibaba, en contraste, reportó crecimiento de ventas de apenas 3%, por debajo de lo esperado, confirmando que la demanda interna china permanece desigual y que el gigante del comercio digital enfrenta una competencia más intensa de lo que sus múltiplos de valoración implican.
El COLCAP cerró la semana en 2.101,08 unidades, con una caída semanal de 1,0%, en una jornada en que confluyeron varios factores de presión local. La prima de riesgo electoral se convirtió en el factor dominante: con la primera vuelta presidencial aproximándose, los inversionistas institucionales redujeron exposición de manera transversal en sectores regulados, bancos y compañías con alta sensibilidad a política energética y fiscal. Ecopetrol —la acción más líquida del mercado con 61.485 millones de pesos negociados en la semana— presionó el índice tras reportar una utilidad de 2,88 billones de pesos en el primer trimestre, con una caída anual del 7,7%, resultado que refleja el impacto combinado de menores precios de referencia del crudo en períodos anteriores, mayores costos operativos y la contracción de la actividad exploratoria. Las caídas más pronunciadas del mercado local fueron Conconcreto (-3,72%), PF Aval (-3,64%) y Mineros (-3,46%), mientras que ETB (+2,83%), BVC (+2,30%) y BHI (+1,49%) lograron valorizaciones en una sesión dominada por la cautela. Los resultados corporativos del trimestre —Grupo Energía de Bogotá, Davivienda, Grupo Sura y Corficolombiana presentaron sus conferencias de resultados— y el dato de PIB del 1T26 (2,2%) entregaron señales mixtas que no fueron suficientes para compensar la aversión al riesgo político local.
La semana entrante concentra vencimientos de resultados corporativos de alta relevancia para la dirección del mercado global: Nvidia reporta el miércoles y se estima que registrará la mayor contribución individual al crecimiento de utilidades del S&P 500. Home Depot, Target y Walmart también publican, y sus guías de demanda de consumidor serán leídas como termómetro del impacto energético sobre el gasto de los hogares estadounidenses. El resultado de Nvidia, en particular, tiene el potencial de determinar si la narrativa de IA mantiene su capacidad de anclar los índices ante la presión de tasas más altas, o si el mercado comienza a exigir una validación de beneficios que la aceleración de capex de los hiperescaladores todavía no ha traducido plenamente en ingresos realizados.
Valoración. La renta variable global opera esta semana en una zona de fragilidad que los índices de cierre no revelan con fidelidad. El mercado construyó máximos históricos sobre una tesis —la demanda de infraestructura de IA supera estructuralmente a la oferta— que es analíticamente sólida en el mediano plazo pero que no inmuniza los precios frente a un entorno de tasas reales crecientes, petróleo en 105 dólares y una Reserva Federal que el mercado de futuros ya cotiza con sesgo hacia subidas y no hacia recortes. La concentración del S&P 500 en tecnología e IA supera el 57% de la capitalización total —nivel que excede el pico de las puntocom— y esa concentración amplifica la vulnerabilidad del índice ante cualquier revisión de expectativas sobre la trayectoria de tasas o sobre la rentabilidad futura de los modelos de negocio de IA. El tridente HBM es la señal más interesante de la semana para inversores de largo plazo: valuaciones de cinco a seis veces beneficios futuros en compañías que controlan el cuello de botella físico más crítico del ciclo tecnológico actual. En Colombia, la prima electoral ha comenzado a dominar la lectura de activos locales con independencia de los fundamentales corporativos, patrón que históricamente precede períodos de volatilidad elevada en el COLCAP que solo ceden una vez que el resultado electoral reduce la incertidumbre sobre el marco de política económica del próximo gobierno.
Renta fija: el mercado global comienza a descontar un régimen de tasas estructuralmente más alto
El mercado global de renta fija registró esta semana uno de sus episodios de presión más sincronizados del año. Los Tesoros estadounidenses, los bonos soberanos europeos y la deuda pública colombiana se desvalorizaron de manera simultánea bajo el impulso de tres fuerzas que se retroalimentan: datos de inflación por encima del consenso, incertidumbre sobre la dirección de la política monetaria bajo nuevos liderazgos institucionales y un contexto geopolítico que no ofrece señales de distensión en el Estrecho de Ormuz.
En Estados Unidos, el rendimiento del bono a 10 años escaló 23,9 puntos básicos hasta el 4,56% y el bono a 30 años superó el 5,1%, nivel no visto de manera sostenida desde antes de la crisis financiera de 2008. El bono a 2 años subió 18,4 puntos básicos. El movimiento fue detonado por la combinación del IPC, el IPP y los precios de importación y exportación de abril, todos por encima de las estimaciones del consenso en la misma semana, lo que sepultó cualquier expectativa residual de recortes de tasas en el horizonte visible y reactivó el debate sobre la posibilidad de subidas adicionales bajo el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh. Las subastas del Tesoro registraron una demanda tibia que el mercado interpretó como señal de que la prima por plazo —el rendimiento adicional que los inversionistas exigen por mantener deuda de larga duración— continuará expandiéndose en la medida en que el déficit fiscal estadounidense no muestre una trayectoria de corrección creíble. El Tesoro colocó esta semana 25.000 millones de dólares en bonos a 30 años con rendimientos en el umbral del 5%, primera vez desde agosto de 2007 que ese instrumento luce ese nivel de manera sostenida.
Europa replicó el escenario con un empinamiento agresivo de sus propias curvas. El Bund alemán a 10 años alcanzó el 3,16%, máximo desde 2011, en una jornada en que el mercado comenzó a incorporar la posibilidad de que la UE suspenda el límite de déficit del 3% del PIB y que varios gobiernos del bloque amplíen su gasto fiscal para responder al shock energético. El mercado británico fue el epicentro del ajuste: los gilts a 30 años se dispararon 20 puntos básicos hasta el 5,86%, nivel no observado desde 1998, bajo la doble presión de la inflación importada por energía y el temor creciente de que la crisis política que rodea al primer ministro Starmer derive en una expansión fiscal desanclada que los mercados no están dispuestos a financiar sin exigir una prima de riesgo más elevada. La lectura combinada de los gilts y los gilts largos es la de un mercado que empieza a cuestionar la disciplina fiscal del Reino Unido de manera estructural, no coyuntural.
En Colombia, el mercado de deuda pública enfrentó su semana más compleja del año en términos de presión vendedora. La curva de TES Tasa Fija registró un desplazamiento al alza generalizado, con desvalorizaciones que fueron particularmente severas en los tramos medio y largo: el vencimiento de noviembre 2040 subió 63,0 puntos básicos, el de septiembre 2036 52,0 puntos básicos, el de enero 2035 50,5 puntos básicos y el de junio 2032 49,1 puntos básicos. Las referencias de 2032 y 2033 alcanzaron tasas de 14,90% y 14,91% respectivamente, y la curva nominal opera prácticamente en su totalidad por encima del 14%, con la referencia de febrero 2030 rozando el 15%. La única excepción fue el nodo de agosto 2026, que registró una valorización puntual de 191,4 puntos básicos, movimiento que responde a dinámica técnica de vencimiento próximo y no a una señal de dirección de la curva.
El factor detonante de la presión fue la subasta extraordinaria de 6,0 billones de pesos —monto históricamente alto que multiplicó por seis el volumen habitual semanal—, que elevó el saldo total de TES en circulación a la cifra récord de 759,1 billones de pesos, un incremento de 1,28% frente a abril. El mercado procesó esa cifra como una confirmación de las presiones de liquidez del Tesoro y de las necesidades de financiamiento del segundo semestre, amplificando la presión vendedora en el mercado secundario y obligando al Ministerio de Hacienda a intensificar su gestión de pasivos de manera simultánea a la colocación. En ese frente, el Gobierno ejecutó su decimoséptima Operación de Manejo de Deuda con la Tesorería por 440.000 millones de pesos —intercambiando títulos de 2030, 2033 y 2058 por TCOs y bonos ultralargos de corto plazo— y anunció un prepago adicional del 7% del TRS en francos suizos, lo que eleva la amortización de esa acreencia al 67% del total, liberando y redimiendo anticipadamente 1,7 billones de pesos en bonos de corto plazo.
Los TES UVR presentaron un comportamiento mixto con sesgo desvalorizador: el UVR de abril 2029 subió 34,7 puntos básicos, el de febrero 2037 avanzó 23,3 puntos básicos y el de enero 2031 escaló 21,8 puntos básicos, en línea con el repunte de las expectativas de inflación implícitas y la confirmación de alta probabilidad de ocurrencia del fenómeno de El Niño en el segundo trimestre. Las referencias de mayor duración —UVR abril 2035 y UVR mayo 2055— registraron valorizaciones selectivas, posiblemente asociadas a demanda institucional por cobertura inflacionaria en plazos largos.
Valoración. El mercado de renta fija global ha entrado en una fase en que los bancos centrales han perdido el control de la narrativa de tasas: los datos mandan y los datos dicen inflación persistente. El bono largo estadounidense al 5,1%, el gilt británico a 30 años al 5,86% y el Bund en máximos de 2011 no son anomalías técnicas; son el mercado recalibrando el precio del dinero hacia un mundo donde la energía cara, los déficits fiscales amplios y la incertidumbre geopolítica estructural han reemplazado el régimen de baja inflación y tasas suprimidas que caracterizó la década post-crisis financiera. En Colombia, el saldo de TES en 759,1 billones de pesos es el número que define el dilema fiscal del segundo semestre: con una curva que exige retornos entre el 14% y el 15%, cada nuevo billón de pesos colocado en el mercado eleva el costo de servicio de la deuda y reduce el espacio fiscal disponible para el gasto primario. Las operaciones de manejo de deuda muestran ejecución técnica competente, pero no pueden sustituir la señal que el mercado seguirá exigiendo: una senda fiscal creíble que no dependa de operaciones de balance para mostrar métricas sostenibles.
Divisas: el dólar recupera fortaleza global mientras emergentes vuelven a sentir presión por tasas, energía y riesgo geopolítico
El mercado cambiario global experimentó esta semana una de sus sesiones de repricing más violentas del año. El DXY —índice que mide la fortaleza del dólar frente a una cesta de divisas desarrolladas— acumuló su quinta jornada consecutiva al alza para cerrar en 99,27 puntos, con un avance semanal del 1,4% que representa la mayor ganancia en dos meses. El mecanismo de transmisión fue directo y rápido: los datos de IPC, IPP y precios de importación y exportación de abril llegaron todos por encima del consenso en la misma semana, desencadenando una liquidación en el mercado de bonos del Tesoro que reconfiguró radicalmente las expectativas sobre la trayectoria de tasas de la Reserva Federal. La probabilidad implícita de una subida de tasas en diciembre saltó del 14,3% al 48,4% en una sola semana, un ajuste de tal magnitud que los mercados de divisas no tuvieron más opción que revaluar el diferencial de tasas entre el dólar y el resto de las monedas del mundo desarrollado.
Entre las divisas desarrolladas predominó la depreciación sin distinción de fundamentos locales. El euro cedió un 1,4% hasta tocar mínimos de cinco semanas en 1,1622, nivel en que la asfixia de la política monetaria americana se combina con la debilidad de un ciclo europeo que el BCE maneja entre la presión inflacionaria y el riesgo de recesión. La libra esterlina fue la moneda desarrollada de peor desempeño, con una depreciación del 2,2% que combina el factor global de fortaleza del dólar con el riesgo idiosincrático británico: la crisis política en torno a Keir Starmer alimenta el temor a una expansión fiscal desanclada que los mercados de gilts ya están castigando con el bono a 30 años en el 5,86%, máximo desde 1998. La combinación de presión exterior e incertidumbre fiscal interna es, para la libra, el escenario de mayor vulnerabilidad posible. El yen japonés cedió un 1,3% hasta los 158,71 por dólar en una de las paradojas más reveladoras de la semana: el país registró su inflación mayorista más alta desde mayo de 2023 —4,9% interanual—, dato que en cualquier otro contexto habría fortalecido la divisa al anticipar endurecimiento del Banco de Japón. En presencia de un diferencial de tasas tan amplio con Estados Unidos, sin embargo, el mercado ignoró la señal local y continuó vendiendo yen. El franco suizo y el dólar australiano cedieron 1,3% cada uno; el dólar canadiense retrocedió apenas 0,5%, parcialmente contenido por el soporte que los precios del petróleo ofrecen a una economía exportadora de energía.
En los mercados emergentes el sesgo fue universalmente depreciatorio, aunque con intensidades que reflejan factores idiosincrásicos adicionales al movimiento global del dólar. El real brasileño lideró las pérdidas regionales con una depreciación del 3,4%, amplificada por ruido político local que se sumó al deterioro del apetito por riesgo global. El peso chileno retrocedió 2,1%, arrastrado simultáneamente por la fortaleza del DXY y por una caída del 2,9% en los futuros del cobre que erosionó el soporte estructural de la divisa. El sol peruano cedió apenas 0,3% a pesar de una expansión económica local mejor a la esperada, lo que ilustra la capacidad limitada de los fundamentos locales positivos para compensar un movimiento global de esta magnitud. El peso mexicano mostró la depreciación más contenida del bloque con un retroceso del 0,9%, beneficiado relativamente por la resiliencia de su economía manufacturera y la distancia geográfica del epicentro geopolítico.
El peso colombiano registró una semana de presión cambiaria que tuvo componentes tanto globales como estrictamente locales. La tasa de cambio alcanzó un máximo intradiario de 3.820 pesos por dólar, para cerrar en 3.800,99 con una depreciación de 17,49 pesos en la sesión y un volumen transado de 1.433 millones de dólares. La depreciación semanal acumulada fue del 1,7%. El factor global —fortaleza del DXY y repricing de expectativas de la Fed— explica una parte del movimiento, pero no su totalidad. El diferencial frente a pares regionales como el sol peruano revela que Colombia cargó esta semana presiones adicionales de origen local: la suspensión del Decreto 415 por parte del Consejo de Estado eliminó una fuente esperada de oferta de dólares al mercado —los recursos que las AFP debían trasladar a Colpensiones—, reduciendo la liquidez en divisas en un momento de por sí presionado. El aumento del CDS soberano a 10 años reflejó el incremento de la prima de riesgo país ante el deterioro de las expectativas fiscales y la proximidad del calendario electoral. La incertidumbre sobre la primera vuelta presidencial añadió una prima de riesgo político que el mercado incorporó de manera transversal en activos locales. Los factores que limitaron una depreciación más pronunciada incluyeron la valorización del Brent —que favorece el ingreso de divisas por exportaciones petroleras—, la demanda observada en la subasta de TES y la posibilidad de que el Ministerio de Hacienda redujera sus compras de dólares en el mercado spot, en línea con la estrategia de Crédito Público de aprovechar niveles bajos del USD/COP para gestión de caja.
Valoración. El movimiento del DXY esta semana no es un fenómeno técnico de corto plazo sino la expresión de un cambio de régimen en las expectativas monetarias globales: pasar de descontar recortes de la Fed a descontar subidas en el espacio de una semana es una reconfiguración que normalmente requiere meses de datos, no días. Ese ajuste redefine el mapa de diferenciales de tasas que determina los flujos de capital hacia emergentes, y Colombia opera en ese entorno con una doble vulnerabilidad —presión externa por DXY y presión interna por riesgo electoral y fiscal— que el peso difícilmente puede absorber sin mayor volatilidad en las sesiones que se aproximan. El Plan Financiero proyectaba un USD/COP promedio de 3.801 para 2026 y el mercado ya cotiza por encima de ese nivel, lo que reducirá el margen de eficiencia en las compras de dólares de la Tesorería y elevará el costo en pesos del servicio de deuda externa en el segundo semestre.
Commodities: el petróleo rompe barreras psicológicas mientras el oro cede ante el costo de oportunidad de las tasas y el trigo anticipa la peor cosecha en más de cinco décadas
Energía. El petróleo protagonizó la semana más alcista del año en términos de variación porcentual. El WTI avanzó 10,5% para cerrar en 105,42 dólares por barril, superando la barrera psicológica de los 100 dólares de manera contundente, mientras el Brent ganó 8,0% hasta 109,42 dólares, consolidando su posición por encima del umbral de los 100 dólares que ha caracterizado el mercado desde el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz. Los drivers son los mismos que han dominado el ciclo desde finales de febrero, pero su acumulación comienza a tener efectos cualitativos sobre la oferta global que ya no admiten la narrativa de shock transitorio.
La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín, que el mercado esperaba como catalizador de algún gesto diplomático hacia Irán, no produjo avances concretos sobre la reapertura del estrecho. Ambos mandatarios convergieron verbalmente en la necesidad de impedir que Teherán obtenga armamento nuclear y de restablecer el flujo energético por Ormuz, pero el encuentro no generó compromisos operativos ni plazos. La expectativa de que China utilizara su influencia sobre Irán para facilitar un acuerdo quedó sin materializar, y el mercado respondió con claridad: sin desbloqueo diplomático visible, la prima de riesgo geopolítico sobre el barril no tiene razón para comprimirse. Las declaraciones de Trump sobre posibles compras de crudo estadounidense por parte de China añadieron soporte adicional al WTI.
Del lado de la oferta, los datos de las agencias internacionales confirman la magnitud de la interrupción. La Agencia Internacional de la Energía estima que la producción mundial cayó 1,8 millones de barriles diarios en abril; la OPEP reporta una caída de 1,73 millones en la producción del cartel durante el mismo mes, cifra que además incluye todavía los volúmenes de los Emiratos Árabes Unidos, que abandonaron formalmente la organización el 1 de mayo. La divergencia entre ambas agencias en sus perspectivas de demanda para 2026 es analíticamente relevante: la AIE rebajó sus previsiones y anticipa una caída de la demanda mundial de 420.000 barriles diarios, penalizada por la contracción de los sectores de aviación —que enfrenta escasez de combustible de turbina en Europa— y petroquímica; la OPEP, en contraste, mantiene una proyección de crecimiento de la demanda de 1,17 millones de barriles diarios. La brecha entre ambas lecturas refleja incertidumbre genuina sobre cuánto daño está causando el shock energético a la demanda industrial global, y su resolución en los próximos meses determinará si el mercado de petróleo tiene techo a los niveles actuales o si la escasez física que el CEO de Chevron anticipó esta semana empuja los precios hacia el escenario de riesgo de Morgan Stanley —Brent entre 140 y 160 dólares.
Metales preciosos. El oro registró esta semana la caída más pronunciada del trimestre, retrocediendo 3,7% hasta 4.540 dólares por onza, mientras la plata amplificó el movimiento con una pérdida del 5,4% hasta 76,0 dólares. La paradoja es aparente pero analíticamente coherente: en un entorno de inflación persistente, el oro debería funcionar como reserva de valor. Sin embargo, cuando esa misma inflación obliga a los bancos centrales a mantener tasas reales en territorio positivo —o incluso a subirlas— el costo de oportunidad de mantener un activo sin rendimiento se eleva de manera proporcional. El repricing de las expectativas de la Fed esta semana —con la probabilidad de una subida en diciembre saltando del 14% al 48% en siete días— y el fortalecimiento del dólar en 1,4% configuraron el escenario menos favorable posible para el metal: tasas esperadas más altas, dólar más caro, rendimientos reales en ascenso. Los inversores institucionales redujeron posiciones en oro y rotaron hacia activos con flujo de caja explícito, en particular bonos del Tesoro de corto plazo cuyos rendimientos se han desplazado significativamente al alza.
Metales industriales. El cobre presentó una semana de equilibrio precario, cerrando prácticamente sin variación en 629,5 centavos por libra, aunque en Londres llegó a superar los 14.000 dólares por tonelada antes de retroceder hasta los 13.938 dólares. La dinámica de corto plazo es de fuerzas que se compensan: por el lado de la oferta, Perú —tercer productor mundial— enfrenta problemas de producción que, combinados con existencias globales en niveles bajos, generan un riesgo de escasez estructural con capacidad de empujar los precios al alza; por el lado de la demanda, la construcción masiva de centros de datos para infraestructura de inteligencia artificial ha creado un nuevo polo de consumo de cobre —cables, sistemas de enfriamiento, infraestructura eléctrica— que no existía con esta magnitud en ciclos anteriores. La presión bajista provino del fortalecimiento del dólar, el alza de tasas y los temores de desaceleración de la actividad industrial global como consecuencia del shock energético. El cobre opera hoy en el cruce de dos narrativas opuestas: la debilidad cíclica del ciclo industrial tradicional y la demanda estructural del ciclo tecnológico. El resultado de esa tensión determinará la dirección del metal en el segundo semestre.
Productos agrícolas. El trigo registró la mayor progresión semanal entre los commodities agrícolas, con el contrato de julio de 2026 avanzando 6% hasta los 650 centavos por bushel. El movimiento recoge las proyecciones del USDA sobre una cosecha mediocre en la temporada actual, agravadas por la combinación de condiciones de sequía en el Medio Oeste estadounidense y la escasez de fertilizantes —cuya cadena de suministro pasa en buena medida por el Golfo Pérsico— que ha afectado la siembra de primavera en el hemisferio norte. El mercado incorpora creciente evidencia de que la cosecha de trigo de 2026 podría ser la más baja en más de cinco décadas, lo que tendría implicaciones directas sobre la inflación de alimentos en economías importadoras netas, incluidas varias europeas y latinoamericanas. La soja cerró con una leve baja hasta los 1.188 centavos, moderando las expectativas generadas por los anuncios de la cumbre Trump-Xi sobre compras masivas chinas: sin cifras específicas de volúmenes ni calendarios concretos, el mercado optó por la cautela.
En el mercado doméstico, el precio interno del café en Colombia cerró el 15 de mayo en 2.212.000 pesos por carga de 125 kilogramos de pergamino seco FR 94, según la Federación Nacional de Cafeteros, registrando una nueva caída frente a la jornada anterior. El precio interno del grano es función de dos variables que esta semana se movieron en direcciones contrarias: la cotización internacional en la Bolsa de Nueva York —que tiene su propio ciclo de oferta y clima— y la tasa de cambio peso-dólar, cuya depreciación debería haber actuado como amortiguador alcista del precio en pesos. Que el precio haya caído a pesar de un dólar más caro refleja que la presión bajista en la cotización internacional superó el efecto cambiario favorable, lo que comprime el ingreso real de los caficultores en un momento en que los costos de producción —fertilizantes, combustibles, fletes— continúan elevados.
Valoración. El mapa de commodities esta semana dibuja una economía global bajo estrés de oferta en sus insumos más críticos: el petróleo no cede porque Ormuz no se abre y la producción del Golfo no se recupera; el trigo no cede porque el clima y los fertilizantes fallaron simultáneamente; el cobre no cede porque las existencias son bajas y la demanda de IA no para. El oro, paradójicamente, es el único activo del bloque que retrocede esta semana —no por falta de riesgo sino por exceso de tasas reales—, lo que revela que el mercado aún confía en que los bancos centrales controlarán la inflación sin permitir que se desancle. Esa confianza es el supuesto más frágil del ciclo actual. Si el petróleo mantiene los 105-109 dólares durante otro trimestre, la inflación de alimentos escala por la vía de fertilizantes y fletes, y los bancos centrales deben seguir endureciendo en lugar de relajar, el oro recuperará su función de cobertura con fuerza. Por ahora, el mercado descuenta un aterrizaje controlado que los datos de esta semana no confirman.
Nota del Autor
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