Recuerdos de las librerías de Medellín hace cincuenta años

Hoy me parece sorprendente constatar que, en un círculo de quinientos metros de radio con el centro en el Parque de Berrio, había una docena de librerías.

En Maracaibo estaba La Aguirre, de propiedad de Alberto Aguirre, destacado intelectual de la Ciudad: abogado, editor, periodista, cineasta; dueño de una pluma de un casticismo feroz, que le mereció el mote de “Capitán Veneno”. Aguirre, que parecía haberlo leído todo, escribía sobre todo: cine, libros, historia, política, etc. De Aguirre, cuyos artículos aprecié más en mi juventud que en mi adultez, aprendí mucho de cine y literatura y también del sarcasmo en el que fue todo un artista. Él y Álvaro Sanín le enseñaron a ver cine a Medellín. Aunque era frecuente encontrarlo en la librería, sentado en su escritorio escribiendo o leyendo, la atención de los clientes estaba a cargo de su compañera, la dulce Aurita López, también refinada intelectual y poseedora de una voz exquisita, comparable en su cadencia a la de Gloria Valencia de Castaño, pero con un tono un poco más grave.

La Aguirre no era la más grande, pero si la mejor surtida de todas las librerías de la Ciudad, especialmente en literatura. Era la única que vendía libros en inglés y francés. Aunque la visité muchísimas veces y traté de acercármele, mencionando “incidentalmente” su último artículo, no llegué intimar con Aguirre, quien reaccionó siempre de forma altiva y distante. No tenía, supongo, tiempo para un pequeño bachiller. Ya adulto, cuando tuve oportunidad de hablarle de tú a tú, no me interesó, pues mi visión de las cosas se había alejado extremamente de la suya y porque, sobre todo, cuando yo mismo aprendí a escribir un artículo sobre un libro con solo leer la solapa y ojear unas cuantas páginas, entendí que parecer haber leído es solo eso, parecer.

No quiere ello decir que haya renunciado a explotar esa habilidad, que tienen muchos publicistas y que usualmente reconozco de inmediato. También me ha costado renunciar al sarcasmo que, como acertadamente me dice Gloria, afea mis escritos, haciendo que el lector pierda el hilo de lo que realmente importa. Si, el sarcasmo, que nunca abandonó Aguirre, es un recurso un tanto infantil de muchacho pelietas. Aguirre no dejó de serlo nunca y probablemente yo tampoco. Pero lo sigo admirando, menos por sus ideas y sus escritos, por su forma de vivir la vida, de frente, que lo llevó a ponerse en riesgo cuando fustigó con dureza al narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción. Por las amenazas contra su vida, Aguirre paso varios años exilado en Madrid. Regresó cuando aún no había desaparecido el peligro. Ya lo que sigue es vicio, dijo. Lo vi por última vez saliendo de Al pie de la letra, la librería de las hermanas Melo, con una bolsa llena de libros. Falleció en 2012, a los 86 años de edad. La librería, que declinaba en medio de un entorno deteriorado, había cerrado en 1997, pues Aguirre rechazó, ad limine, como pudo haber dicho, la idea de trasladarla a un centro comercial.

En Boyacá, al costado oriental de la Avenida Bolívar, estaban La América y La Científica, al costado occidental El Quijote, mi favorita entre esas tres, por ser más pequeña y acogedora y porque los clientes podían llegar a los estantes de los libros, buscar los deseados o simplemente dejarse llevar por el azar hasta encontrarse con alguna sorpresa. También cerca de allí, pero eso sucedió mucho más tarde cuando yo estaba ya en la Universidad, Raquel Lerner, de familia de libreros, abrió una librería bautizada con su apellido para tratar de beneficiarse del prestigio de la gran librería de Bogotá del mismo nombre, probablemente la mejor del País al día de hoy.

En Junín, hacia el lado de la Avenida La Playa, diagonal al Astor, quedaba la Librería Nueva, que, en ese entonces, contrariando su nombre, era la más antigua de la Ciudad. Era también una librería muy bien surtida, localizada en el primer piso de un viejo edificio, con una amplia vitrina que mostraba una selección que revelaba la sabiduría del librero.  Allí compré muchos libros, incluso ya siendo adulto, pues subsistió hasta 2013 ó 2014. Por esos años, pasaba por allí algún sábado pues mi amigo Jairo León García presidia una agradable tertulia, habladero de paja, como él lo llamaba.

Estaba también la Librería Católica, en Carabobo al frente de la Veracruz, otra también católica, llamada Ediciones Paulinas, por los lados del antiguo Palacio Arzobispal, hoy convertido en centro comercial. Había varias librerías jurídicas que ofrecían también otra clase de libros. Había, en fin, una librería del comunismo soviético, La Nueva Cultura, en Ayacucho, en el Edificio de la Beneficencia, donde se vendían a precio de huevo los folletos propagandísticos de Lenin, Marx, etc., publicados en Moscú.

En Ayacucho, entre Bolívar y Carabobo, quedaba una papelería que tenía también el nombre del Libertador. Era limpia, ordenada y con el olor característico de las papelerías, esa mezcla de olor borrador, olor lápiz y olor papel que me ha gustado siempre y que me hace amar las papelerías. Toda la vida he sido visitante asiduo de las papelerías y entro en ellas solo por oler, pero no puedo casi nunca abstenerme de comprar, sin necesitarla verdaderamente, alguna cosa – un portaminas, un borrador, una resma o una escuadra – pues cómo, si no, justificar mi entrada. ¿En qué puedo servirle señor? En nada, simplemente quiero oler su papelería. Incapaz de soltar esa respuesta de orate, me compraba otro portaminas.

El caso es que en la Papelería Bolívar vendían los cuadernillos de la colección “Poesía de siempre: El arco y la lira”, editada por el poeta Montoya e impresa en los talleres de la Editorial Bedout. Cada que tenía oportunidad me compraba uno de esos cuadernillos y luego me montaba en el bus de Belén-Terminal, cuyo parqueadero quedaba en Bolívar a dos pasos de la librería. Trataba de sentarme en el puesto que queda sobre la rueda trasera del lado derecho, en la ventanilla, y me ponía a leer el cuadernillo recién adquirido.

A diferencia de los demás pasajeros, me gustaba que el bus permaneciera largo rato detenido, esperando otros pasajeros, que se detuviera muchas veces, que marchara lentamente, para tener la oportunidad de devorar completo el cuadernillo. En esos buses de Belén Terminal leí gran cantidad de poesía, de la buena y de la mala, pues, carente por completo de cualquier criterio estético de selección, compraba y leía el cuadernillo, que, entre los disponibles, me aconsejaba el dependiente de la librería, un señor siempre encorbatado en mangas de camisas de blancura impecable.

En esos buses de Belén Terminal, leí a Lorca, Neruda, Darío, Silva, Vallejo, Pombo y, cómo no, también al dramático Julio Flórez y al siempre enamorado Alberto Ángel Montoya. De ambos aprendí de memoria algunos versos. “Nardo y rosa tu pie guarda una clave de voluptuosidad que me estremece, cuando en la alfombra silenciosa y suave, bajo tu bata al caminar florece” le recité un día a mi profesor de literatura de quinto, Julio Cesar García, como muestra exquisita del genio de Ángel Montoya. ¡Qué es esa ridiculez! fue lo único que dijo, dándome una ruda lección de buen gusto literario, que realmente asimilé mucho después. También Julio Cesar bajó de su pedestal a Julio Flórez y a muchos más. Con los años, a medida que mi gusto mejoraba, los fui bajando yo mismo a casi todos y hoy me quedan solo unos cuantos como Álvaro Mutis, Aurelio Arturo y José Manuel Arango.

No he dejado nunca de leer poesía, pero desde muy temprano en mi vida renuncié a escribirla yo mismo. ¡Qué difícil es hacer buena poesía! En cualquier caso, debo decir que aún me gustan secretamente los versos de Ángel Montoya y los de otros poetas enamorados, que sé definitivamente cursis, como lo son casi todos los cantos al amor, sobre todo al amor frustrado. Pero todos tenemos derecho a tener nuestros gustos cursis, con la única condición de, en lo posible, mantenerlos en secreto o, cuando osamos revelarlos, lo que está permitido dentro de la amistad, no pretender que no lo son.

También en Ayacucho quedaba La Anticuaria, de Don Amadeo Pérez, un refugiado español que escribía poesía y publica sus versos en pequeños folletos vendidos en su librería. Era un lugar fascinante en el que podían encontrarse verdaderos tesoros. Allí compré, entre otros muchos libros, mi primera novela de Proust, El mundo de Guermantes, el tercer tomo de su saga En busca del tiempo perdido. Siempre me ha parecido que este es el mejor título que en español puede darse a Du coté de Guermantes, los más literales como el lado o la parte de Guermantes no corresponde al sentido de lo que Proust describe allí.

Esa compra la hice cuando ya estaba en la Universidad y tuve conocimiento de la existencia de Proust en un lugar verdaderamente insólito, las clases del curso llamado “Sistemas y estructuras”, que dictaba Estanislao Zuleta en la Facultad de Economía de la Universidad de Antioquia. Hoy el nombre mismo del curso y los asuntos de los que hablaba Zuleta me resultan insólitos. En ese entonces no. Zuleta hablaba de lo que quería en un increíble y fascinante ejercicio de lo que más que libertad de cátedra era libertad de pensum, como diría, años después, mi esposa Gloria Cecilia.

Zuleta era alto, un poco robusto, de cara redonda y un tanto colorada. Portaba unas gafas grandes de carey que mal disimulaban su pequeña bizquera. Sus clases eran por las tardes pues dormía en las mañanas, después de pasar toda la noche, se decía, leyendo toda clase de libros para satisfacer su vasto apetito de intelectual autodidacta que comprendía todos los campos: el pensamiento económico, la historia, la literatura, el marxismo, el sicoanálisis y, cómo no, la física.

Fue hablando del tiempo en la relatividad, cuando le oímos mencionar alelados las obras de Marcel Proust, de Robert Musil y de Tomas Mann, en las él veía una unidad en la forma de tratar el tiempo. Ya no recuerdo cómo establecía Zuleta el nexo entre Einstein y los grandes novelistas, pero cuando exponía era claro para todos los oyentes que ese nexo existía. Me quedó el amor por las obras de Proust y de Mann, a quienes seguí leyendo toda mi vida. Con Musil no pude nunca.

A la muerte de Don Amadeo, La Anticuaria se partió en dos, se mantuvo la sede de Ayacucho y se abrió otra en Niquitao que quedó en manos de su hijo Julio y de su esposa Matilde, a la que quiero mucho, especialmente por su nombre que se ajusta cabalmente a su modo de ser amable y dulce. Matilda es una de las películas favoritas de Sara Helena y yo. Quizás porque Julio y su hermano no heredaron completamente el amor de su padre por los libros viejos o para adaptarse a las exigencias del mercado y poder subsistir, las dos Anticuarias se fueron transformando en librerías de textos escolares, nuevos y de segunda. No obstante, aunque hace mucho tiempo no las visito, creo que aún es posible encontrar, con algo de paciencia y tragando un poco de polvo, algún tesoro escondido.

 De todas las librerías la de mis grandes afectos fue La Continental que tenía dos sedes, la principal, en Junín, y una sucursal, en Carabobo, entre Colombia y Boyacá. Más tarde trasladaron la de Junín a la esquina de Palacé con la Primero de Mayo, a un local grande donde montaron una librería moderna y extraordinariamente bien surtida, que es la que recuerda la mayoría de la gente de Medellín. Después cerraron la de Carabobo.

La de Carabobo era atendida por Don Oscar, el hermano del propietario, Don Rafael Vega Bustamante, y una muchacha con aire de solterona llamada Myriam, que de libros sabía más bien poco. La de Carabobo me gustaba mucho porque no iba mucha gente, pasé allí tardes enteras sin que llegara un solo cliente. Don Oscar no era muy bueno en los aspectos administrativos y Myriam no ayudaba mucho. Jamás actualizaban los precios que escribían con lápiz en la esquina superior derecha de la primera página de los libros. Como las compras se realizaban en dólares, a la fecha de entrada del libro en el inventario ponían el precio en pesos a la tasa de cambio de la fecha de adquisición. Con la devaluación de entonces, esos precios quedaban desactualizados en un año o dos. Llegué a comprar libros de 10 o más años de adquiridos a precios ridículamente bajos. Buena parte de los libros del Fondo de Cultura Económica los compré a precio de huevo. Algún día, cuando ya estaba en la Facultad de Economía y entendía algo de la devaluación y el valor del dinero en el tiempo, le comenté el asunto a Don Oscar, a eso los compramos, a eso los vendemos, se limitó a responder.

Con Don Oscar conversé mucho. Aconsejaba sobre buenas ediciones, buenas traducciones y buenos autores. Le debo mucho de la formación de mi gusto literario. Por él conocí los libros de la Editorial Porrúa de México, que publicaba la gran literatura del mundo, en excelentes traducciones y con espléndidos estudios introductorios. En ediciones de Porrúa, cuyos libros eran muy baratos, leí a los trágicos griegos y las comedias de Aristófanes. Por esa época, cuando leía a los trágicos, mi cuñada Dora Helena, a quien debo el amor por Balzac, pues ella me puso a leer a Eugenia Grandet y la biografía de Balzac de Jaime Torres Bodet, me llamaba “Eurípides”.  En La Continental de Carabobo, durante años, tuvimos, Gloria y yo, un fiado con el que adquirimos muchos de los libros que aún hoy tenemos en la biblioteca familiar.

A Don Rafael no lo traté mucho ni en la sede de Junín ni en la de Palacé. El hombre casi no atendía al público, salvo a sus privilegiados amigos. Usualmente permanecía en su oficina al fondo de la librería, ocupado de cuestiones administrativas o, la mayor parte del tiempo, escuchando música clásica., de la que fue un eximio cultor. Durante muchos años publicó en El Colombiano una columna en la que reseñaba los acontecimientos musicales de Medellín y hablaba de sus autores y obras preferidas. Creo que fue una de las personas que más contribuyó a la todavía precaria educación musical de la Ciudad, que aun hoy día no alcanza a garantizar la subsistencia de la centena de músicos de la orquesta local, quienes viven de la caridad pública y privada y de desempeñar otras actividades paralelas a su trabajo en la orquesta.

La Continental de Palacé fue, durante años la mejor librería de la Ciudad. Bajo el impulso de Guillermo Vega, quien había viajado a España a formarse como librero, llegó a ser lo más parecido que tuvimos al modelo de la FNAC, la gran librería parisina que, además de libros y discos, ofrecía todo lo relacionado con el entretenimiento. Guillermo, un hombre vigoroso, entusiasta, alegre, siempre bien dispuesto a atender sus clientes, con la mayoría de los cuales tenía una cálida relación personal, no alcanzó a realizar su sueño de hacer de La Continental la FNAC de Medellín, pues murió prematuramente aquejado por una rara enfermedad de esas que son para quienes la padecen una especie de lotería adversa cuyo boleto nunca supieron cuando compraron.

La muerte de Guillermo quebró a Don Rafael quién veía en él, con su vigorosa juventud, la promesa de una Continental renovada y moderna sirviéndole a la Ciudad durante muchos años más. La librería cerró en 2001, después de 58 años de existencia. Su historia quedó consignada en el bello libro de Don Rafael Memorias de un librero, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2005. Durante algunos años más, hasta su muerte en 2012, los asistentes al Teatro Metropolitano, continuaron viendo la noble figura de Don Rafael, elegantemente vestido y tocado con su infaltable cachucha, presente en todos los conciertos. Don Oscar falleció pocos años antes que su hermano Rafael. Mi deuda intelectual y emocional con los Vega – Don Rafael, Don Oscar y Guillermo – es inmensa y grande la gratitud por el cariño y el trato amable que siempre me dispensaron.

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Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista. Docente. Consultor ECSIM.

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