Recorridos de ciudad (II): Jardín Circunvalar de Medellín

“El panorama es desolador, pues parece ser que, nuevamente, la administración municipal es incapaz de ofrecer soluciones a la crisis demográfica y urbana y la idea de una ciudad sostenible y que dignifique a sus habitantes se pierde en el horizonte. El Jardín Circunvalar, ejemplo de urbanismo social y sostenible, pierde entonces terreno y, con él, nuestras esperanzas de habitar una Medellín que privilegie la construcción de ciudadanías íntegras y no de sujetos productivos, pero inconscientes ante su deber y derecho para con la ciudad”


El Jardín Circunvalar de Medellín se encuentra ubicado en la margen oriental de la ciudad, atravesando el Cerro Pan de Azúcar y con jurisdicción en la Comuna 8 (Villa Hermosa). El proyecto se enmarca en la idea, planteada por arquitectos y urbanistas desde la segunda mitad del siglo pasado, de establecer un cinturón verde alrededor del Área Metropolitana con la intención de evitar la construcción de vivienda informal en zonas de alto riesgo, mejorar la calidad del aire y propiciar espacios idóneos para la socialización y la sana recreación. El proyecto cuenta con dos corredores ecológicos que suman un total de 14 kilómetros, siete ecoparques y ocho huertas agroecológicas; además, por su ubicación estratégica, cuenta con una vista panorámica de la ciudad de Medellín.

El ingreso al sendero lo hago desde el sector de Tres Esquinas, en el barrio 13 de Noviembre. Para llegar allí, tomo un autobús de la empresa Cootransmallat, cerca al Palo con el Huevo: el autobús es grande y pesado, pero consigue sortear las calles estrechas y sube las pendientes del cerro —urbanizado entre formal e informalmente— con pericia y gran velocidad (también pude haber tomado el metrocable, pero, francamente, procuro evitar situaciones en que me encuentre suspendido en el aire a grandes alturas). Tres Esquinas es la última parada del bus, por lo que no hay muchas posibilidades de perder el rumbo; una vez allí, comienzo mi recorrido por el sendero, con un sentimiento de genuina curiosidad, aunado a la fascinación que me produce este espectáculo urbanístico.

Lo primero que llama mi atención es la ausencia total de presencia de la autoridad: a diferencia de otros sectores que apuestan al eco-urbanismo, como Parques del Río o Ciudad del Río, en el Jardín Circunvalar no se realizan rondas constantes por parte de la Fuerza Pública, lo cual no parece afectar en lo más mínimo la tranquilidad del lugar. Los grupos de personas que me encuentro al pasar son de lo más variopinto: desde familias divirtiéndose con sus mascotas, pasando por las infaltables parejas que se regocijan sobre una manta en el pasto, hasta los inconfundibles grupos de jóvenes que, acompañados de un cigarro de marihuana, escuchan música y conversan sobre temas que, por la emoción con la que hablan, calculo que les apasionan profundamente. A pesar de esta variada presencia humana, el paisaje no muestra residuos de basuras, ni tampoco se escucha contaminación auditiva, lo cual me lleva a deducir que existe una apropiación genuina del espacio.

En este punto, me decido a sentarme un momento y observar las dinámicas de la gente. Una de ellas llama especialmente mi atención. Nos encontramos en uno de los miradores del Jardín, el cual está adaptado con bancas y barandas que separan este espacio urbanizado del pasto de la montaña, que se va perdiendo hacia abajo. Estas barandas cumplen una función que va más allá de su uso tradicional, pues tienen un valor simbólico: separan a los consumidores de cannabis de los otros grupos sociales como familias, parejas y demás. No se trata de una norma escrita, ni tampoco de una dinámica discriminatoria; tampoco hay miradas recelosas, ni comentarios de disgusto por parte de los no consumidores. Es, simple y llanamente, una norma implícita que se da con base en el respeto por el otro y el reconocimiento del espacio, y la ciudad, como un derecho de todos. Esta dinámica representa muy bien lo que es el Jardín Circunvalar: un ejemplo de sana convivencia con el otro y con el territorio, una convivencia por convicción y sin presión de parte de ninguna autoridad legítima o ilegítima. Esto es lo que más me fascina del lugar.

Lamentablemente, no todo es color de rosa. Una considerable parte del cerro ha sido arrasada para la construcción de viviendas informales, fenómeno que se ha dado sin ningún tipo de regulación y a costa de la destrucción de algunas de las huertas que allí se encontraban instaladas y del peligro al que se exponen los habitantes de las construcciones por las condiciones del terreno. Así, el Jardín comienza a perder fuerza ante el avance de una población desesperada y sin posibilidades de acceder a vivienda formal. El panorama es desolador, pues parece ser que, nuevamente, la administración municipal es incapaz de ofrecer soluciones a la crisis demográfica y urbana y la idea de una ciudad sostenible y que dignifique a sus habitantes se pierde en el horizonte. El Jardín Circunvalar, ejemplo de urbanismo social y sostenible, pierde entonces terreno y, con él, nuestras esperanzas de habitar una Medellín que privilegie la construcción de ciudadanías íntegras y no de sujetos productivos, pero inconscientes ante su deber y derecho para con la ciudad.

Después de reflexionar largamente sobre estos asuntos, me decido a levantarme y emprendo el ascenso hacia el mirador donde se encuentran las letras “Jardín” que pueden verse a lo alto del cerro desde gran parte de la ciudad. A medida que aumenta la altura, disminuye el flujo de personas; sin embargo, en ningún momento me siento en peligro, aun cuando ya está anocheciendo. Una vez arriba, la ciudad aparece frente a mis ojos en todo su esplendor y no puedo hacer más que recordar las palabras que alguna vez leí en una de las famosas crónicas de Alonso Salazar: “La ciudad por la noche es una pantalla tenaz, una cadena de imágenes que pasan a la lata. Mire los edificios del centro, píllelos bien. Son monstruos de cabeza puntuda. Se ven sus brazos enormes que se extienden y buscan locamente. Quieren atraparnos. Pero estamos tan altos y tan lejanos como una nube. Estamos en las alturas donde todo se mueve bajo nuestra mirada, somos inalcanzables, somos los reyes de este mundo».


Otras columnas del autor en este enlace:  https://alponiente.com/author/joaristizabal/

Referencias

Aricapa, R. (2002). No nacimos pa’ semilla. Editorial Planeta.

“Al Pan de Azúcar lo están ‘pelando’ y nadie responde”, El Colombiano, 19 de diciembre de 2022. Disponible en https://www.elcolombiano.com/antioquia/preocupa-deforestacion-en-el-cerro-pan-de-azucar-de-medellin-AI19661551

Alcaldía de Medellín, “Cerro Pan de Azúcar”. Disponible en https://www.medellin.gov.co/es/secretaria-medio-ambiente/medellin-biodiversa/cerro-pan-de-azucar/

Imagen tomada de

JARDIN CIRCUNVALAR MEDELLIN 1

Palabras clave:  Ciudad, Medellín, Urbanismo, Ciudadanía

About the author

Jorge Andrés Aristizábal Gómez

Estudiante de Historia de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Apasionado por la Filosofía, la Historia Cultural y los Estudios Socioespaciales, esto último especialmente aplicado a los entornos urbanos. Amante del hip hop y las manifestaciones culturales que se derivan de este.

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