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¡Que viva Andrés Caicedo!, ¡que viva la Rubia! y ¡Que viva la música!

El desgarbado de Caicedo bailó hasta el cansancio con la Rubia al ritmo de la salsa. Él escribió una novela, con una protagonista que roe los huesos de una sociedad que rinde tributo a efigies ya desgastadas y obsoletas”.


En los años setenta el mundo se encontraba en la mitad de la Guerra Fría, ardiendo en llamas bajo el clamor de los estudiantes que se manifestaban al ritmo de las contraculturas, junto con la guitarra de Bob Dylan. Así mimo, en Colombia, la sociedad bullía en los altares de la cocainomanía, rindiendo tributo a las nuevas élites que se erigían alrededor del narcotráfico. El país pasaba, paulatinamente, de ser reconocido por el matutino café de sus plantaciones y sus cultivos de flores, a ser el país del polvo blanco.  Dentro del caos de una nación que se dirigía socarronamente a las fauces del Cerbero, surgió una generación que no pretendía cambiar a Colombia, pues para ellos ya estaba perdida. Ellos solo razonaban sobre literatura, primeros planos, celuloides, salas de cine y cinematógrafos.

El Grupo de Cali, como fue denominado, estaba compuesto principalmente por Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina. Ellos fueron el espejo tardío del hipismo y la Generación Beat en Colombia. A pesar de su corta edad, ya lo habían vivido todo: eran frenéticos y erráticos, querían existir, pensar, escribir y luego hacer cine. En aquella generación se alzaba el mito. Andrés Caicedo era un hombre delgado, desgarbado y de aspecto famélico; usaba gafas enormes que escondían sus frágiles y creativos pensamientos. Era un cinéfilo y escritor empedernido, nacido a principios de los cincuenta. Con el tiempo se convirtió en el enemigo número uno de Macondo y la cultura imperante de su época, como mencionaba el escritor chileno Alberto Fuguet. Al crecer, su vida se hizo cada vez menos llevadera, y lo único que le ayudaba a mantenerse en pie era escribir, escuchar música y sentarse por horas en la sala de cine.

El 4 de marzo de 1977 veía la luz ´ ¡Que viva la música!´, su primera novela publicada. Aquella obra, escrita por un autor hambriento de cine, literatura y música, es la representación del argot caleño de su época y de su marginalidad. La Cali de su tiempo era una ciudad reflejada en el documental de Luis Ospina ¡Oiga Vea!, en donde coexistían dos realidades culturales y urbanas bien distintas. La extrema pobreza y la ostentosidad. De igual manera, Bernard Cohen, traductor y escritor, afirma que María del Carmen Huerta, la protagonista de la historia, está inscrita en la tradición literaria de personajes inadaptados y marginados como Huckleberry Finn.

En su obra cumbre se percibe el inconformismo de aquellos que andan insatisfechos, en la búsqueda de todo y a la vez de nada. María del Carmen Huerta es una adolescente burguesa de Cali, que camina sin rumbo aparente (o mejor dicho buscando rumba). Ella anda con desesperación, desbocada por la vida, hallando en cada lugar que pisa una bocanada de aire impúdico, pero placentero: Así caminamos hacia la fiesta en pleno Parque Versalles, oscuro y circular como si fuera un conjunto de ruinas. Ojié mi casa y supe que allá todo el mundo estaba ya dormido”.

Leer acuciosamente esta novela significa adentrarse en una sociedad que hizo de sus adultos el prototipo del hombre capitalista exitoso, cuyos hijos nacieron en la serenidad que significa la bonanza, no obstante, la excesiva serenidad inquieta la curiosidad y aborrece la cotidianidad, razón por la cual su protagonista decide pasar del rock and roll a los barrios marginales donde se escucha la música de los profanos, de los nostálgicos, de los amantes de la caña de azúcar: “y se fue a respirar profundo contra una pared y a bogar aguardiente y a rehuir la cercanía de los amigos. Yo me reía de él dándole la espalda. A la tercera pieza me hizo la propuesta: “Pelada, ¿no le caería bien un día de sol, salsa y emoción mañana que es domingo insoportable de ciudad’?”.

El desgarbado de Caicedo bailó hasta el cansancio con la Rubia al ritmo de la salsa. Él escribió una novela, con una protagonista que roe los huesos de una sociedad que rinde tributo a efigies ya desgastadas y obsoletas. La voz suave y rumbera de María del Carmen Huerta, susurra a los oídos de los lectores que la vida debe vivirse en el crepúsculo, mientras se evita el día por medio de la modorra. El único camino posible que hallaron, Caicedo y su protagonista, para su redención se dio por medio de la música: “recógeme en tus brazos cuando me llegue la hora de las debilidades, escóndeme, encuéntrame refugio hasta que yo me recupere, tráeme ritmos nuevos para mi convalecencia…”.

Así mismo, a pesar de la redención y solución que brinda la música para seguir viviendo –como en la vida de Caicedo–, en la obra está muy presente la muerte que significa para él y su heroína el antídoto para enfrentar la vejez y el tedio de la parca que les pisa los talones: Ya pagarás el precio: a los 19 años no tendrás sino cansancio en la mirada agotada de capacidad de emoción y disminuida la fuerza de trabajo. Entonces bienvenida sea la dulce muerte fijada de antemano. Adelántate a la muerte, precísale una cita. Nadie quiere a los niños envejecidos”.   

Su muerte ya la saben todos, puesto que es una escena prostituida hasta el hartazgo en internet, sin embargo, lo realmente importante es que Andrés Caicedo dejó una obra que tal vez es imperfecta, pero que es honesta y real; es una obra que desnuda a una sociedad que está encandilada ante sinuosos artificios. Gracias a él –y su alter ego– siempre se recordará que la única salida al cataclismo es hundirse en él sin oponer resistencia, que el cine es la puerta a una obsesión que se debe vivir apasionadamente, que la música es una manifestación de la nostalgia y, que aquel que escribe o lee, muchas veces lo hace para desahuciar el alma, para sobrellevar la ansiedad o para comprender la fragilidad del mundo.