Protesta: belleza y caos

     

Hoy, consagrado todo el día a la protesta, pretendo finalizarlo tratando de sublimar la experiencia. Diríjanse estas palabras inarticuladas a los que no han podido manifestar su indignación en una marcha legítima, quienes están rezagados, quienes se encuentren abatidos por la desolación, quienes no creen en un futuro mejor, o a lo mejor también, para quienes esperan avivar una gélida emoción.

Las formas de protestar varían. Puede escucharse música, o incluso hacer melodías sublevadas; se puede ser irreverente en las calles, gritando, con una cacerola en la mano, con un silbato en los labios; ha de poder ser también insultando, dejando de hacer algo, o quizá simplemente haciendo; puede ser desde la expresión artística, folclórica, o cualquiera de sus rudimentos; pero entre todas las formas de protesta, la más elevada expresión siempre será el pensamiento, pues, la revolución nace donde la duda yace.

No obstante, presentaré mi protesta en dos de sus manifestaciones, a decir, desde el poder de la idea, y el pálido recuerdo de mis pies cansados, todavía ávidos, por la marcha:

En ese espacio no existe el individuo: toda persona se confunde, una con otra, para borrarse en la memoria y ser indistinta a ella. Cada paso que se da, cada zancada, no es más que un avance despreocupado hacia el porvenir. La mente es elevada a una excitación en el sentimiento común, un éxtasis compartido por los caminantes que, en medio de la inconformidad, deciden desfogar alegría con cantos y arengas.

El marchante no es más que el reflejo de todos, y es solo ahí cuando se hace más tangible aquella entelequia de la soberanía popular. No importa cuántas veces hable alguien, qué diga, cómo lo diga, en cualquier caso, su voz será filtrada por el aire hasta el indiferente olvido; en cambio, cuando la marcha, es decir, el pueblo, decide hablar, su voz se extiende hasta la bóveda del cielo para retumbar en un eco que inspira el siguiente canto. Las voces allí son emisiones de una eventualidad tan mística como el hecho de que todos somos capaces de amar, sin poder conciliar aún qué significa el amor.

Allí se puede ver la vida sin pretensiones, sin aspiraciones egoístas, sin ambiciones fútiles. Más bien, son el altruismo, la empatía, y el sentimiento los que deciden arribar, cual árbol que busca la luz del sol en medio de la oscuridad, sin importar qué tan alto deba subir. Sobre el río que lleva esperanzas y preocupaciones, anhelos y frustraciones, amores y odios, alegrías y desconsuelos, es la barca mecida por las impetuosas corrientes.

En medio de una marcha ha de comprenderse aquella relación erótica que sostiene el caos con la belleza: el desorden en medio de un sistema organizado. En últimas, es la insurrección contra un mundo preparado para cuadricular nuestras cabezas y fatigar el sonido de los tambores. Por eso, la marcha puede llegar a exacerbar nuestros instintos animales, tanto, o más, que la sexualidad misma.

Entretanto, es inadmisible obviar los estrepitosos chifles de carros, motos, camiones, y tractocamiones que al pasar parecen dar con su último aliento una señal de perseverancia, de apoyo, o de protesta en cualquier caso. Esos motorizados anónimos hacen parte del olvido que somos, pero que esperamos no ser. Integrantes de un país fúnebre, cansado, y acostumbrado a enterrar aves yertas. En otros términos: hacen parte de la misma marcha.

Cuando se exclama, las palabras tornan titánicas, denunciantes, imparables. Pero, en definitiva, sólo la vivencia misma puede enseñar qué se siente cuando al pasar, con la voz rasgada por el esfuerzo, las personas salen de sus casas, con las cacerolas en las manos, a legitimar todo el trayecto transcurrido, la algarabía, y el descontento: la lucha.

En medio de tan inmensa felicidad, guardo el recuerdo de la muchedumbre junta, y en un balcón pulcramente cuidado, una viejecilla que con la olla en la mano parece decir: cambien el presente y consigan el futuro. Un poco más adelante, en otro ventanal, una hija le pregunta a su madre qué está pasando, mientras aquella no puede evitar mover su inocente existencia; es imposible decir con precisión cuál sería la explicación de la señora a su pequeña, pero quisiera pensar que dijo: en surcos de dolores, el bien germina ya, hija mía…

About the author

Silvio Alejandro Sierra Osorio

Soy un joven nacido en Pereira y criado en Santa Rosa de Cabal, Risaralda. En mi formación académica siempre he sido destacado, pero no considero que sea un factor determinante. Por otro lado, en la vida se deben afrontar nuevos retos, y considero, son las sanas ambiciones la que nos llevan lejos. La inversión de mis esfuerzos la quiero dedicar a la construcción de sociedad, pues es evidente la degradación que hoy padece nuestra sociedad.
Además de mi formación profesional en curso, pretendo tener experiencia en diversos campos, y hoy, emprendo una nueva aventura en la cual las letras y el pensamiento serán mis mejores aliados; vamos a ver como nos sale.

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