Políticas de la amistad: “Oh, amigas mías, no hay ninguna amiga”

“Oh, amigas mías, no hay ninguna amiga”

 

Para Ana …

I. 

Empezar un texto con una citación no resulta del todo satisfactorio porque es una cita de una cita de una cita. Me explico: Montaigne cita a Aristóteles y Derrida cita a Montaigne y yo cito a todos los anteriores. “Oh, amigos míos, no hay ningún amigo”. La enigmática frase presenta dos movimientos completamente contrarios: “Oh, amigos míos”, como la presencia y posibilidad de la amistad, y “no hay ningún amigo”, como su ausencia. Presencia y ausencia, cercanía y lejanía, es un asunto enmarcado en los afectos que termina siendo la realidad misma de lo político.

Si lo político tuviera un centro, sin duda sería la constante contingencia de construir puentes con el amigo y de elevar barreras contra el enemigo. Al final, la política se trata de contagios, encuentros y diferencias, de coincidencia y contradicciones.

Ahora, hay un cambio y no es menor; de “amigos” pasamos a “amigas” y de esto va el texto: tantear cómo el dispositivo de género masculino imposibilita la amistad entre hombres y mujeres, y con ello la vivencia de relacionarnos desde la autenticidad de los afectos. El género como ficción política condiciona las relaciones vitales y todo lo que se oponga a dicho mandato es una resistencia situada.

Empezaré por mí. Pensaré contra mí. Espero no hablar como un emancipado más o como un cura de parroquia, la idea es hacer de nuestra subjetividad un terreno en disputa, un campo de batalla. A lo largo de la vida me ha costado formar amistades con mujeres. Como un ser humano socializado en la ficción de lo masculino, aprendí y disfruté de la desigualdad sistemática. Asumí el reparto de género que me dejaba con más privilegios frente a otros modos de vivir y ser.

Me enseñaron que las mujeres no son iguales, que admirarlas es extraño, que solo pueden satisfacerme, cuidarme, asistirme en mis necesidades y vacíos. Vas por la vida creyendo que todas son tu madre o una pequeña extensión de ella. Experimentas la realidad a partir de esta prótesis desde la cual los hechos sirven para ratificar un orden de sensibilidades altamente desigual. Ellas, todas, una negación de mí mismo y cualquier similitud debía dominarse con vehemencia, e intimar con ellas en un terreno fuera de la conquista sexual era sospechoso y problemático.

Deserté de cualquier encuentro que no reprodujera la figura de la presa y el cazador.

No quiero quitarme responsabilidad, pero fui asignado al género masculino cuando nací, en un país tempestuoso, lleno de pasiones, fanatismos y violencias. Socializar desde lo masculino me instruyó, en el mejor de los casos, a pensar que el potencial de verdad, razón y justicia nos pertenecen solo a nosotros, a ellos, a todos, no a ellas.

En otras palabras, no construyes amistad con quien no admiras, no construyes amistad con quien no tienes voluntad de experimentar-conocer-reconocer-identificar-concebir, no construyes amistad a quien no le reconoces la posibilidad de intercambio igualitario. Se esperaba de mi masculinidad lo mismo que de las otras: un trabajo de género, en el mejor de los casos, silencioso, pero violento y eficaz. Y nada más eficaz que no hacerte amigo de tus enemigas. En este sentido, a lo largo de mi infancia y adolescencia las observé con ojos de exilio, como un pueblo ajeno, como extranjeras en el mundo masculino. “Las mujeres son un pueblo extraño”, decía Pavese.

La diferencia y desigualdad no solo la enseñan en la socialización primaria. En mi pueblo, arriba de una montaña, aprendí las diferencias entre unos y otros en las opuestas clases de biología y religión, después en la universidad, en las clases de neurociencias. Hormonas, genes, emociones y razón, parecemos dos especies conviviendo un mismo planeta y de tanto repetirse se levanta una muralla discursiva difícil de desatender. El saber-poder se encargó de invisbilizar y exotizar a todo lo que era contrario a lo masculino. No olvidaré una clase de psicología, a comienzos de la carrera, donde un profesor (hombre, seguramente heterosexual) se pasó más de una hora enseñándonos el porqué las mujeres tienen menos autoestima y menos confianza en sí mismas. En un salón de clase todo lo que viene de la autoridad se toma como verdad.

Me hice psicólogo y la psicología es una disciplina paradójica en relación al género: hay muchas más mujeres estudiando psicología (tal vez por los imaginarios de cuidado y escucha que trae consigo la disciplina) y las diferencias numéricas son abismales; pese a esto, la máxima autoridad, la Asociación Americana de Psicología (APA) decidió hacer un homenaje a los 100 psicólogos más eminentes del siglo XX y en el listado únicamente se encontraban 4 mujeres: Anna Freud, Eleanor Maccoby, Eleanor Gibson y Margaret Washburn. No hay que ser un genio para darse cuenta que las formas de conocer, las éticas y políticas de las formas dominantes de hacer psicología toman como central el punto de vista masculino.

 

II.

Hay hombres que son amigos reales y auténticos de muchas mujeres, y eso vale la pena reconocerlo como un error del mandato masculino. Desde la ficción política del género, los hombres experimentamos la vida desde los indultos que arbitrariamente nos enseñan como realidad, así nos aíslen, así nos imposibiliten vivir la vida tal cual es. El malestar masculino que sigo desde mi propia subjetividad y también como terapeuta lo vivo y lo observó en la constante necesidad de buscar cuidadoras en todos nuestros espacios de frontera con el otro género. El malestar está en la ruptura de las certezas identitarias que nos daban discursos, afectos y conductas. El cuidado, debo decirlo, no se da, se fabrica en la igualdad.

La emancipación femenina que lleva sin parar aproximadamente un siglo no solo construye otros mundos posibles para las mujeres, sino que a los hombres nos lleva, poco a poco, a una especie de terapia política para pensar y cambiar nuestros modos de ser y relacionarnos.

Volviendo a la amistad, ¿por qué la imposibilidad de la amistad desde el mandato masculino? La respuesta está en el lenguaje. De todos los caminos para pensar la amistad considero al lenguaje el material de todo los posible. El lenguaje es tener algo en común, pero no son los signos, es más bien una condición prelingüística de acercamiento impulsado por las ganas de coincidir con el Otro. El lenguaje solo es posible con los iguales y la desigualdad afectiva nos radicaliza en la soledad. La igualdad no es homogenizar subjetividades, es entender que en el mundo de las emociones, afectos y sentimientos no hay principios. Nos enfrentamos al mundo en compañía.

Los amigos instauran un lenguaje: un sistema de intercambio emocional y afectivo que solo se entiende en esa nueva patria de afecto de unos con otros y que se funda al mismo momento de su reproducción; los amigos edifican complicidades y comunicaciones, se empujan hacía la vida unos contra otros.

La amistad es coincidir en las percepciones. Cuando intentas imponer tu ficción política a la vida empírica te frustras constantemente. Contaré una historia: al estudiar conocí mujeres admirables por su ser académico, de igual manera eran admirables por su posibilidad de ser-amigas: no solo se cuidaban unas a otras, transitaban su existencia en manada, se apoyaban, se afirmaban, se acompañaban, se gozaban, crecían y se agrupaban, se ensamblaban y con todo ello eran un cuerpo vivo, un territorio en movimiento, una comunidad total. Si el psicoanálisis primitivo hablaba de envidia de pene, hoy podemos hablar de envidia de amistad. La vida de ellas tenía una oleada incesante de afecto y alegría, y al ver esa realidad tan extraña para mi cárcel masculina no tuve más remedio que reconocerme extranjero en ese lenguaje.

El devenir amiga que las mujeres del siglo XXI están viviendo, experimentando y politizando no solo demuestra la prefiguración de un mundo mejor, de igual manera nos invita a todas las subjetividades a abandonar territorios estratificados para ocupar otros con más multiplicidades, posibilidades y potencias. Este texto es un pequeño homenaje a Ana de Inés, una psicóloga comprometida, una amiga, una persona resplandeciente que dejó colores y un cosmos mejor en su paso por la vida.

About the author

Juan Pablo Duque Parra

Colombiano y vivo en México. "Con edad de siempre, sin edad feliz".
Psicólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Mágíster en Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y Magíster en Comunicación de la UNAM. Estudié Escritura Creativa en Aula de Escritores (Barcelona). "Un jamás escritor a un siempre lector".
Profesor universitario, sea lo que eso signifique.

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