Para reanimar los despojos de López Pumarejo. Sobre la reforma de la Ley Estatutaria de Educación nacional, hoy

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Alfonso López Pumarejo es una referencia, en general fantasmal o inexistente, para la mayoría de los colombianos. Ocasionalmente, lo mencionó el candidato a la presidencia Gustavo Petro, sin que ni él ni su Ministra de Educación, Aurora Vergara,  se acuerden en estos días de su legado para la educación nacional en su primera presidencia (1934- 1938). El propósito de haber desterrado la historia colombiana del pensum escolar desde hace décadas, ha dado sus frutos más podridos. El pasado histórico es como un periódico de ayer, para envolver lomos en las carnicerías,  si alguien se acuerda qué era un periódico de papel o algún lector hoy va a carnicerías (por vegetariano o tener los bolsillos pelados).

Alfonso López Pumarejo se recuerda y se debe además exaltar su presidencia, sobre todo, por su gran realización. La refundación en 1935/36 de la Universidad Nacional y su anexo la Escuela Nacional Superior, al año siguiente. Desde el momento de su fundación la Universidad Nacional lopista ha sido tenida como un peligro para las fuerzas dominantes conservadoras, a lo que se llamó Regeneración. Las razones son simples. La universidad Nacional fue refundada (impulsada por su vigoroso intelectual y alto funcionario de gobierno de esa época, Jorge Zalamea) para pensar libremente, y, no como quería el ultra-conservador y dogmático Miguel Antonio Caro en el siglo XIX de su sistema educativo, para reafirmar la fe católica de nuestros mayores. 

La refundación de la Universidad Nacional contó con sus contradictores, su enemigos. Antes de dársele vida legislativa en el Congreso, luego con la fundación de los jesuitas de la Universidad Javeriana, de la curia de Medellín con su Universidad Pontificia Bolivariana, luego en 1948, tras el asesinato de Gaitán, con la fundación de la Universidad de los Andes, privada, de elite, pro-yanki, cuyo primer rector fue Mario Laserna, abuelo de la hoy senadora  Paloma Valencia, que hace y deshace todos los días en las comisiones del Congreso encargadas de la nueva ley estatutaria de la educación para que siga siendo la misma y vieja y rancia ley de educación a imagen del deseo de Caro, de su abuelo y hoy de todos los que se benefician de modo impúdico de la educación privada en todos los niveles educacionales. 

El viejo pasado es el agrio presente, el olvido o su desconocimiento nos traiciona, sin nuestra voluntad. Por eso el lastre del pasado está más vivo que nunca, en nuestras desgracias cotidianas (pagar matrículas descaradamente altas, con intereses usureros al Icetex, etc.) y por eso no se desea enseñar esa historia (que el Icetex se fundó en 1950 por el padre de Ingrid Betancurt para dar al principio becas a los ricos de los Andes y luego para prestar dinero con intereses usurarios a los pobres), porque nada más estratégico contra la rebeldía consciente que apropiarse del pasado, leer el pasado a contrapelo. 

Pero ¿qué propósito tuvo la refundación de la Universidad Nacional en 1936, al filo de los años de la masificación urbana y la explosión virulenta del conflicto social de la muy rezagada Colombia? La fundación de la Universidad Nacional, o su refundación de cara a resolver los grandes conflictos socio-económicos de la nación, era pues una apuesta renovadora, una apuestas institucional del Estado central,  que, sin advertirlo expresamente, tenía por modelo la universidad humboldtiana, es decir, la creación más representativa de lo que se llamó las Reformas prusianas, producto de la inmensa crisis que significó para este reino de los Hohenzollern (corazón de la Europa imperial desde la Guerra de los Siete años) por virtud de la invasión napoleónica en 1806. La universidad se convirtió en Alemania en centro de pensamiento por antonomasia, el eje articulador de la ciencia, del conocimiento filosófico neo-humanista, de la nación idealmente cohesionada. De allí salieron sus grandes pensadores, fue rector el filósofo Fichte, catedrático de historia Niebuhr, de filología, F. A. Wolf (padre de la filología clásica), de derecho von Savigny (maestro de Marx), etc.   

A reserva de las diferencias de tiempos y lugares, en la refundación de la Universidad Nacional de 1936 latía la superación de los lastres heredados de la Regeneración, del peso muerto de la Contrarreforma española, de la propaganda mendaz reaccionaria del “Tradicionista” de Miguel Antonio Caro, autor a puerta cerrada de la Constitución de 1886, que se mantuvo vigente hasta 1991. La Universidad Nacional era una verdadera creación. Es necesario recordar, por tributo histórico, que sus primeras cabezas dirigentes fueron Gerardo Molina y Francisco Socarrás. Ella fungía para el liberalismo progresista de este momento en Colombia como un músculo ideal de la nueva sociedad (el liberalismo, que ha renunciado hace rato a lo nuevo, hoy ronda en la Universidad de los Andes, en la Cooperativa de Colombia). La Universidad Nacional dio sus grandes hombres de letras (allí estudió García Márquez), dio su primera Escuela de filosofía (con Cayetano Betancur, Rafael Carrillo, luego con Rubén Jaramillo Vélez, Ramón Pérez Mantilla o Guillermo Hoyos), instituyó la ciencia económica con Antonio García, la urbanística, con Karl Brunner, las ciencias sociales con Jaime Jaramillo Uribe y Virginia Gutiérrez de Pineda, etc. Omitir no es agraviar.

Hoy ¿qué promete la nueva ley estatutaria de la educación, al declararse la educación como derecho fundamental? Este es el debate, que debe pasar por reformar el artículo 67 de la Constitución nacional, que cede la educación, indistintamente, al Estado, a la sociedad (¿a la ANIF, a Banco de Bogotá, las iglesias pentecostales?) y a la familia (¿cuál familia, la de los Hinestrosas o Valencias Cossios? Este es un artículo perverso, el más perverso de la Constitución de 1991. Todos pueden meter las manos en asuntos educativos, como en la compra de aparejos de su establo. Nada diferente al propósito de la diligente mano negra (Paloma Valencia, nieta de Mario Laserna) que mueve los hilos en el legislativo para hacer una ley educativa a su medida de señora de hacienda, mandona de horca y cuchillo.        

Mientras tanto, la Universidad Nacional de Colombia hace mutis por el foro, es decir, calla, engolfada en sus dilemas si Ismael Peña se queda o no, envuelta en una incertidumbre monumental, entre las opiniones (aparentes en conflicto) entre Wasserman y Uprimny. No se trata solo de dirimir la legalidad o no de la treta burda Borda/Mantilla, que logró dar el salto del tigre para que se designara a Peña como rector. Esta es la epidermis del asunto, el limo del agua, el residuo agotado de una línea muerta inaugurada hacia 1992 por Antanas Mockus (agente embozado universitario de César Gaviria). Su apuesta neoliberal, que mató o cuasi-asfixió la inteligencia crítica, el sentimiento de agravio moral del profesorado. Porque el neoliberalismo carece de consciencia histórica o escrúpulo epistemológico, solo obra instintivamente como el perro de caza: donde huele sangre/dinero mueve las cuatro patas.

El asunto decisivo hoy es la pregunta por el destino de la nación, ¿qué universidad nueva para qué nación nueva?.


Todas las columnas del autor en este enlace: Juan Guillermo Gómez García

[1] Profesor Universidad de Antioquia y Universidad Nacional (sede Medellín).

Juan Guillermo Gómez García

Abogado de la Universidad Externado de Colombia. Doctor en filosofía de la Universidad de Bielefeld, Alemania. Profesor UN y UdeA.

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