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En la política colombiana hay momentos en los que no solo se elige un candidato, sino también el rumbo estratégico de un sector. Hoy, en el escenario presidencial, tres nombres aparecen con opciones reales: Paloma Valencia, Abelardo de la Espriella y Cepeda. Sin embargo, más allá de los nombres, el verdadero problema está en la fragmentación del centro-derecha.
El primer reto es evidente: antes de pensar en una segunda vuelta, hay que superar la primera. Y en ese escenario, la contienda interna no es menor. Paloma Valencia no solo compite contra sus adversarios ideológicos, sino también contra quienes, desde su mismo espectro, han optado por una estrategia de confrontación directa. La disputa con Abelardo de la Espriella no es simplemente una diferencia de estilos; es una pugna que, de profundizarse, puede dejar heridas difíciles de cerrar.
Lo preocupante no es la competencia en sí, natural en democracia, sino sus efectos. Ya se percibe un sector del electorado que advierte que no acompañaría una eventual segunda vuelta entre De la Espriella y Cepeda. Ese tipo de fracturas no son menores: en un sistema de doble vuelta, la incapacidad de unificar fuerzas suele traducirse en derrotas previsibles.
Ahí es donde entra el análisis estratégico. Ninguno de los tres candidatos tiene hoy la fuerza suficiente para ganar en primera vuelta. La elección, inevitablemente, se definirá en una segunda ronda, donde la capacidad de sumar será más importante que la de diferenciarse. Y en ese escenario, la pregunta no es quién representa mejor una causa individual, sino quién logra articular una mayoría.
Se ha intentado instalar la idea de que Paloma Valencia representa la política tradicional, como si eso fuera, por sí mismo, un lastre. Pero esa lectura desconoce una realidad incómoda: en Colombia, las elecciones presidenciales no se ganan únicamente con opinión. La estructura política, mal llamada “maquinaria” sigue siendo un factor determinante para consolidar victorias.
La experiencia reciente lo demuestra. Gustavo Petro, después de años de intentos fallidos, entendió que sin alianzas amplias era imposible llegar al poder. Su triunfo no fue solo ideológico, sino también estratégico. Negar esa lógica hoy sería repetir los errores del pasado.
Por eso, más que una discusión de nombres, lo que está en juego es la capacidad del centro-derecha de actuar con inteligencia política. Si la competencia interna se convierte en un escenario de deslegitimación mutua, el resultado será predecible: la dispersión del voto facilitará el camino para que la izquierda conserve el poder.
La lección es sencilla, pero parece difícil de asumir: en política, no siempre gana quien más convicción tiene, sino quien mejor entiende el momento. Y hoy, ese momento exige algo más que liderazgo individual; exige cohesión.
Porque, al final, el mayor riesgo no es perder una candidatura. Es repetir la historia.













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