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Para mi amigo Mario, ¡Sal de La caverna!
El jueves 8 de octubre la Academia Sueca anunció la nueva galardonada con el premio Nobel de Literatura, se trata –para “decepción” (otra vez, otra vez) de los incondicionales de Haruki Murakami–, de la escritora canadiense Anne Carson. Poeta de enorme prestigio académico e internacional que, sin figurar en las listas de los más excelsos Best Sellers, seguramente se convertirá en una favorita en las próximas ferias de libro en el mundo. Porque el premio Nobel de Literatura, más allá de honrar una experiencia vital consagrada al cultivo o encantamiento de las letras, también permite ampliar el radio de conocimiento o reconocimiento de sus galardonados más académicos entre el gran público lector. ¿Te animas a leer a la Premio Nobel Anne Carson?
La previa del primer jueves del mes de octubre de cada año se suele repetir ad infinitum. Primero, Murakami, Salman Rushdie y Carrère figuran entre los más opcionados en la casa de apuestas Kalshi. Con Murakami nunca se falla y siempre se pierde. Segundo, los suplementos literarios elaboran listas de escritores universales, transgeneracionales y transtemporales que vivieron desde 1901 –año de concesión del primer premio Nobel– y que nunca recibieron el galardón, la lista es variada y responde al gusto del autor del suplemento, aunque, por principio, incluye a: Tolstói, Kafka, Virginia Woolf, Joyce, Borges, Nabokov, Cortázar y Bolaño. Autores que hoy día se reeditan y se leen muchísimo más que el 70% de los premios Nobel certificados durante la primera mitad del siglo XX. ¿O alguien me dice dónde puedo encontrar (por fuera de Suecia) un grupo de lectores consagrados a la obra de Par Fabien Lagerkvist?
Algunas de esas “omisiones” de la Academia Sueca resultan problemáticas y otras, cuando menos, absurdas. La más grave, sin duda, es la Borges. La explicación para dicha omisión se convirtió en un lugar común: asuntos políticos. Parece que la Academia que no vio problema en galardonar en menos de dos décadas a Pasternak, Sholojov y Solzhenitsyn –todos soviéticos y enrevesados en asuntos políticos– se espantó con los afectos o desafectos de un autor que consideraba la política como “una forma del tedio”. El panteón de la Academia se lo perdió y el autor de Ficciones no lo necesitó. Alegar una omisión hacia Kafka resulta absurdo, puesto que Franz se convirtió en Kafka tras su muerte, cortesía, siempre hay que decirlo, de la “traición” de Max Brod –que se negó a quemar sus manuscritos– y de paso aquella conciencia moral de una Europa en ruinas tras la segunda posguerra; a Bolaño la muerte lo agarró muy rapidito y a Nabokov su Lolita lo aplastó. Con los demás no me meto.
Por fuera de las clásicas omisiones o aciertos de la Academia (alguien me recomienda alguna obra de Eyvind Johnson) ahora quisiera poner sobre el tablero una discusión literaria que corrió paralela a la entrega del Nobel; se trata de la sonada polémica que envuelve al escritor canadiense-haitiano Thélyson Orélien y su novela Era eso o morir, obra de enorme éxito editorial y crítico en Francia que se encontraba ad portas de ganar el prestigioso Goncourt pero que en cuestión de horas se convirtió en un episodio de la Historia universal de la infamia al descubrirse que su paternidad correspondía a un modelo de Inteligencia Artificial.
Parece que Orélien engañó a su editorial, a los lectores y a la crítica especializada al asumir la paternidad de una obra de altísima calidad literaria redactada en su totalidad o con asistencia parcial –eso todavía no es claro– de una IA. Tras la gravísima acusación Orélien no se dedicó a la defensa de sus facultades creativas y más bien suspendió la gira promocional del libro en Francia retirándose a sus cuarteles de invierno en Canadá. Quedamos a la espera de conocer su versión de los hechos: es eso o morir en la ignominia. Mientras tanto, la discusión que sobrevino tras la polémica, pertinente ante la omnipresencia de la IA en los turbulentos días que nos asisten, pasó del terreno literario al ético. Algo que atención a la economía de las palabras se podría simplificar en la siguiente pregunta: ¿Estaría usted dispuesto a leer una obra literaria redactada total o parcialmente con asistencia de una IA?
Esa pregunta se la formulé al buen amigo Carlos Mario Ochoa, siendo la 1:15 p.m. del viernes 10 de octubre en pleno pasaje de Junín mientras tomábamos la tercera Club Colombia, hablábamos desde y sobre La Caverna, y, además, nos sorprendíamos de las ensoñaciones cortazorianas del pequeño Franz. Su respuesta fue categórica: sí. Mi respuesta fue categórica: no.
Me niego, en consideración a lo que nos hace humanos, el sentido del arte y la creación literaria, a reconocerle valor literario a una obra redactada por una IA. Me niego. Sería ceder la pasión instintiva y creadora de la literatura a un conjunto de algoritmos generativos con la capacidad de clasificar, agrupar, filtrar, etc., redactar en cuestión de horas o días una obra de altísima calidad literaria, pero que, en esencia, carece del revestimiento humano que acompaña la complejidad de un proceso creador que viene con sus batallas, frustraciones, dolores, enfermedades, callejones sin salida; en fin, lo que es humano, demasiado humano. Algo que una IA jamás va a sentir en su bien lograda redacción deshumanizante. Al otorgarle valor literario a una obra redactada por un cruce instrumental de algoritmos estamos sacrificando la humanidad que le da origen, sentido y trascendencia a la creación literaria.
Tampoco quisiera incurrir en un negacionismo recalcitrante, la IA forma parte de una impresionante revolución en tiempo real que nos va adentrando por caminos inciertos, no existe la menor duda, llegó para quedarse y negar su impacto seria caer en un evidente patetismo, aunque en relación con la creación literaria, los escritores que se valen de la IA para “ajustar” la redacción de sus obras deberían ser honestos, hacer la respectiva advertencia de uso de IA tanto a las editoriales como a sus potenciales lectores. Porque en los lectores recae el derecho y el deber de decidir si lee o no lee una obra de dudosa paternidad. Fue lo que al parecer Orélien no quiso hacer, faltando a la ética, engañando a su editorial, a los críticos y a los lectores, y a un costo altísimo, tan solo el de su credibilidad como autor. ¿Acaso, era eso o morir?
Si la consideración ética es dejada de lado por parte de los autores priorizando con fines prácticos una calidad literaria artificial, en algunos años podría escribir una columna que volviendo a combinar temas titularía: El Nobel de literatura para la IA.
P.D. Me voy a leer a Anne Carson y aclaro que esta columna no fue escrita con asistencia de IA. ¡Benditos sean sus errores!
















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