“A la República no la honra el caudillo que exhibe su credo ni el jefe que exhibe cadáveres. La honra el magistrado capaz de la fuerza sin dejar de ser republicano, de la piedad sin dejar de ser de todos, y de la victoria sin convertir el foro en un altar ni en una pica.”
Hablábamos de Colombia. No era un mitin ni una cadena nacional. Era una mesa, un par de copas de vino, una comida, una conversación y un mes de gobierno ya suficiente para distinguir la autoridad del exceso. Él defendía a Abelardo de la Espriella con la convicción de quien cree haber recobrado el orden. Yo no vine a negarle lo evidente. Vine a separar lo que sostiene a una República de lo que la degrada.
La mano dura me parece bien, le dije. Después de las paces de papel, de la impunidad y de los pueblos entregados a los bandidos, recuperar el monopolio de la fuerza no es un capricho sino es el primer deber de la Nación. Porque no hay libertad donde el crimen legisla, ni propiedad donde el extorsionista cobra, ni vida donde el sicario decide. Perseguir a los criminales con las armas y con las leyes de la República es lo que debe hacerse. En eso no hay debate.
Entonces no estamos tan lejos, respondió él.
Estamos lejos en las formas. Y las formas, en un Estado de Derecho, no son ornato. Son la Constitución hecha carne. Quien gobierna no posee la República, la administra. La mano dura sin respeto a la Carta no produce solo orden, produce miedo. El miedo no es autoridad. El miedo es el atajo de quien confunde el imperio de la ley con el imperio de su gesto.
El país ya tenía miedo, dijo. Miedo a la extorsión, al reclutamiento, al sicariato. Ese miedo no lo inventó este gobierno. Lo heredó. Y lo está enfrentando.
Enfrentarlo no autoriza a gobernar como si la República fuera una parroquia. No me gusta su fundamentalismo religioso. A cada cosa grita: «¡Viva Cristo Rey!» Esa consigna es católica, hondamente católica. Yo soy creyente pero hay otros ciudadanos que no lo son. No es el lenguaje común del protestantismo. Mucho menos el del judaísmo. Y no es el de un budista, de un musulmán, de un agnóstico o de un ateo.
Él es católico, replicó. La Constitución también protege su libertad de culto. Un Estado laico no es un Estado ateo. Laico quiere decir que nadie está obligado a creer; no que el presidente deba fingir que no cree.
Que crea. Faltaba más. Que rece, que vaya a misa, que encomiende su vida a Dios. La piedad privada es digna de respeto; la piedad convertida en sello oficial es otra cosa. Él no es el capellán de Colombia, es el magistrado de todos los colombianos. De los católicos, sí. También de los protestantes, de los judíos, de los budistas, de los musulmanes, de los que dudan y de los que no creen. Su fe debe tramitarla en la intimidad. Gobernar no es exhibirla. Cada vez que cierra un acto oficial con esa consigna, muchos sienten —con razón— que el jefe de su Estado los deja de lado. Eso no es evangelizar. Eso es excluir. Y un presidente que habla por la nación no puede hablar como si la nación tuviera un solo altar.
Lo que tú llamas exhibición, millones lo llaman coherencia, dijo él. Llegó diciendo quién era. No se disfrazó de neutro para ganar. No ha cerrado templos ajenos ni ha prohibido cultos. Que un presidente nombre a Dios no convierte al país en teocracia.
Nombrar a Dios no es el problema. El problema es convertir una fórmula de una sola tradición en voz de la República. Cuando el presidente habla con los micrófonos del Estado, con la banda y con la cadena nacional, ya no habla solo Abelardo sino habla la magistratura. Y la magistratura no puede tener un solo cielo. Un hombre puede ser devoto; un cargo no puede ser sectario. Quien confunde su credo con la voz de la nación deja de gobernar para todos y empieza a gobernar para los suyos.
Tú quieres un presidente sin alma visible, dijo. Yo prefiero uno que no le tenga vergüenza a lo que cree, siempre que no imponga el credo por decreto. Hasta ahora no ha impuesto. Ha proclamado.
Proclamar desde el palacio ya es imponer una atmósfera. Hay una diferencia, que los antiguos conocían bien, entre profesar una fe y convertir el foro en templo. Y hay otra cosa más grave que esa atmósfera religiosa y es la puesta en escena de la muerte. Está bien golpear a las estructuras criminales. No está bien que el presidente convoque ruedas de prensa y detalle operaciones caminando entre cadáveres, o posando frente a lonas blancas como si los cuerpos fueran el inventario de un triunfo.
Esos cuerpos no son un adorno, respondió. Son el resultado de combates contra gente que asesinó inocentes, reclutó menores y sembró terror. El país tiene derecho a ver que el Estado ya no negocia con ellos.
El país tiene derecho a saber que hubo una operación, cuántos cayeron, quiénes fueron capturados, qué armas se incautaron. Eso es información. Lo otro es espectáculo. A los muertos hay que enterrarlos y nada más. Exhibirlos no es solo una advertencia para quien no se someta. Es una demostración de fuerza. Y, sobre todo, un mensaje más grave: que los enemigos de la República no tendrán dignidad ni siquiera cuando ya están muertos.
¿Dignidad de quién?, preguntó. ¿De quien sembró cadáveres en las veredas y filmó sus propias masacres? El Estado no está obligado a tratarlos como mártires.
No se trata de canonizar al bandido. Se trata de no parecérsele. Un presidente, si quiere ser estadista, no denigra al enemigo mostrándole los cadáveres a toda una nación. Un Estado se diferencia de sus enemigos no solo por la causa que defiende, sino por el modo en que combate, captura y da sepultura. Los bandidos son execrables cuando asesinan inocentes. Son desalmados. Son bárbaros. Precisamente por eso el Estado no debe imitarlos. La crueldad del faccioso no autoriza la crueldad del magistrado. Ya superamos —o eso parecía— la antigua Roma, donde exhibían en los rostra las cabezas de los enemigos de la República. Aquello no era grandeza, al contrario, era el foro convertido en carnicería.
Roma exhibía cabezas para aterrorizar, dijo él. Aquí se informa un resultado de guerra irregular. El pueblo que ha enterrado a sus muertos a manos de esas bandas no quiere eufemismos. Quiere ver que el Estado recuperó los dientes.
Los dientes del Estado no son el desprecio al cadáver. Los dientes del Estado son la ley, el combate legítimo y el límite moral. Si el bandido humilla al vivo y al muerto, el Estado no gana nada copiándole el gesto. Gana cuando demuestra que puede vencer sin volverse semejante a lo que combate. Esa es la diferencia entre una República y una facción armada. Vencer es necesario; vencer con dignidad es lo que hace que la victoria pertenezca a la Nación y no a la venganza.
Tú hablas como si la estética del poder importara más que la seguridad de la gente.
Hablo como si la dignidad del poder fuera también seguridad. Porque cuando el presidente convierte la muerte en escenario, no solo les habla a los bandidos, le habla al país entero. Y el país entero incluye a quienes no votaron por él, a quienes no rezan como él y a quienes, aun odiando al crimen, no quieren que la República se parezca a una procesión ni a un trofeo de caza. La fuerza sin medida intimida un día y corrompe al siguiente.
Entonces tu tesis es esta, concluyó: mano dura, sí; teatro de la fe y teatro de los muertos, no.
Exacto. Que persiga al criminal con toda la fuerza de la ley. Que no convierta su credo en himno oficial. Que no use los cuerpos como mensaje. Solo le falta que algún día haga una rueda de prensa en la morgue. Si quiere ser presidente de todos, que gobierne para todos. Si quiere ser estadista, que gane la guerra sin perder la diferencia que hace que un Estado merezca llamarse Estado.
Él no respondió de inmediato. Guardó silencio, como se guarda cuando un argumento no se puede desechar con un grito. Yo tampoco insistí. Había quedado dicho lo esencial: no basta con derrotar al crimen; es preciso no parecérsele. Colombia no necesita un caudillo que exhiba su fe ni un jefe que exhiba cadáveres. Necesita un magistrado capaz de ser fuerte sin dejar de ser republicano, piadoso sin dejar de ser de todos, y vencedor sin convertir el foro en un altar ni en una pica.














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