Locas virtudes

     

Aún conservo muy nítida una imagen de mi adolescencia. Una amiga y yo íbamos a ir a cine con un amigo. Con él quedamos de encontrarnos en su casa en El Poblado para luego salir. Su mamá muy amablemente nos dijo que nos llevaba, y como el dinero de adolescente no es mucho, pues ninguno de nosotros se negó. Ya montados en el carro, la mamá de mi amigo empieza un interrogatorio normal de mamá, que dónde vivíamos, que qué hacían nuestros papás, que si teníamos novio, al final preguntó ¿Sara y dónde estudias?… En la UPB, respondí, dudosa pero resignada interrogó a mi amiga con la misma pregunta… En el femenino –que es un colegio público-, sin ningún reparo la mamá de mi amigo abrió los ojos como si le hubieran insultado a su mamá y a toda su familia: ¿No te da miedo ir a estudiar a ese colegio? ¿Por qué estudias allá? Y otra serie de inquietudes malintencionadas que a primera vista podían palparse. Cuando llegamos y nos bajamos del carro no podía ocultar la cara de ansiedad y miedo al ver a su hijo juntarse con semejantes malandras. Después de este episodio en mi vida pude detectar lo que era una virtud: básicamente estereotipo y no trasfondo-como creía que era en esa época-, la mamá de mi amigo sin ninguna intención de conocer lo que había más adentro de nuestra forma de vestir y de hablar, se guío por el lugar de dónde veníamos, dónde estudiábamos. Ambas terminamos siendo un demonio para ella: mi amiga por estudiar en “semejante” colegio y yo por ser la amiga de esa poseída mal educada. Luego mi amigo me contó que su mamá le había prohibido la amistad con las dos, porque no vivíamos en El Poblado y porque no estudiábamos en un gimnasio.

Borges me dijo una vez al oído: la cultura de masas es una máquina de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales, todos sienten lo mismo y recuerdan lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo mismo que han vivido. Fotocopias a fin de cuentas. La virtud nace de lo que es común o “normal” para alguien culturalmente hablando, de ahí que cuando una persona actúa diferente, ya es catalogada en primera instancia como insana o loca –bobas apreciaciones-. También recuerdo el caso de María Mercedes Carranza, hija del también poeta Eduardo Carranza. A ella le gustaba escribir poesía, y pues como su papá era un gran poeta, la etiqueta de “gran” debía ser puesta sin ninguna advertencia también en ella. Muchos críticos decían que escribía horrendo, que lo que ella escribía no tenía virtud por el simple hecho de no ser visceral –como está definida la poesía- sino, real, realidad de sus entrañas, vivencias de su realidad, le daba puños a lo que era considerado lindo o bello, ella por ejemplo escribía cosas como éstas: “Si es cierto que alguien/ dijo hágase/ la palabra y usted se hizo/ mentirosa, puta, terca, es hora/ de que se quite el maquillaje y/ empiece a nombrar, no lo que es/ de Dios ni lo que es/ del César, sino lo que es nuestro/ cada día. Hágase mortal/ a cada paso, deje las rimas/ y solfeos, gorgoritos y/ gorjeos, melindres, embadurnes y/ barnices y oiga atenta/ esta canción: los pollitos dicen/ píopíopío cuando tienen/ hambre, cuando tienen frío”.

Cuando se habla de virtud se piensa por lo general en héroes, en belleza venenosa, en alas y no pies, pero es importante saber que a veces somos muy burros por creer en eso, porque por ejemplo a diferencia del héroe, el vagabundo tiene la libertad de caminar las estrellas, también puede hacerlo en las piernas y brazos de otros, en lo desconocido, en el desierto crustáceo que es el cerebro humano. Nada de malo tiene ser vagabundo de ideas, el héroe está repleto de seguridades, vacío de identidad y colmado de vida artificial como repuesto, nada más.

Lo que yo no quiero en realidad es que la virtud sea una palabra para encontrar definida en el diccionario como pureza o como rectitud infinita –menos mal para eso existen las locas palabras que desgarran adjetivos-. El ser humano tiene la facilidad demoledora de siempre juzgar al primer tiro, para encontrar luego la dificultad inesperada del perdón, que es depender de una idea que ya es cenizas y eso es fatal. No importa ser fiera, no importan las etiquetas denigrantes o ridículas que puedan ponernos, podemos ser cualquier cosa: vitrina para la soledad, para la excentricidad, piel mojada, piel seca, ser burro o ser águila, pero nunca ser de otros en el sentido denigrante de la palabra, eso será sobre la tumba de nuestra tumba.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://scontent-a-iad.xx.fbcdn.net/hphotos-ash3/t1/1656364_1408183376106190_338834949_n.jpg[/author_image] [author_info]Sara Botero Jaramillo Comunica y escribe, no le gusta escribir lo que ha hecho pero sí le gusta escribir ficciones, crónicas y ensayos. Entiende que la vida es un respiro y que por esa misma razón debe plasmarse en cualquier espacio del universo. Leer sus columnas. [/author_info] [/author]

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