Cultura Opinión

Las cicatrices y los versos

“En un país que parece quedarse sin oportunidades, donde la vida parecer ponerse cada vez más difícil, la pluma y el papel se convierten en una alternativa muy llamativa y un medio potente para tener la atención del mundo y hacernos oír.”


Un municipio del nordeste del departamento de Antioquia es el escenario de una de las paradojas más asombrosas, únicas y novedosas de este país. 1951 no es un año cualquiera para los amalfitanos, pero a su vez tampoco es un tema recurrente en las diferentes escuelas del municipio. De vez en cuando, y con suerte, el tema aparecerá en un atardecer en el marco de una conversación de parque o en la mente de algún nostálgico que dejó su tierra natal para probar suerte en la eterna primavera, y que al llegar, difícil no relacionarlo con aquellos dos nombres tan relevantes. Uno que manchó de sangre nuestra bandera y otro que en cambio no hace más que enaltecerla. En todo caso, los recuerdos no se sustentan en datos exactos sino más bien en la relevancia emocional que han tenido en la vida, y lo más interesante del asunto es que así no se tenga la fortuna de conocer aquella tierra del tigre, nuestra historia, la de nuestros padres y abuelos está atravesada por ella.

En la biblioteca pública Mutambe y en la sede nordeste de la Universidad de Antioquia, se pueden encontrar los versos de la poetisa Piedad Bonnet tatuados por los pasillos o encapsulados en las viejas estanterías en forma de libro. En contraste, algunas paredes que no fueron restauradas en Amalfi y en las almas de aquellos que sobrevivieron a la guerra, a su vez, se hace presente el apellido Castaño o el nombre de alguna de las agrupaciones que encabezó con orgullo el par de hermanos más temibles en la historia biográfica de nuestro país. Tres personajes que comparten tierra y natalicio, pero con destinos que han sido totalmente opuestos. Un dilema al que es propenso cada uno de los colombianos: La guerreamos o tomamos el camino fácil. Los Castaños encontraron en el oro este camino que luego se transformó en robos y masacres, y Bonnet, en cambio, se refugió en el regazo de la literatura. Los periódicos han retratados sus nombres en sus cuartillas, siempre hablando de sus obras y no tanto de sus vidas. Solo existe una pequeña varianza frente a las secciones que ocupan y las cifras que emanan, porque el par se mide en números basados en muertos y la poetisa con reconocimientos fruto de sus mejores versos.

“No hay cicatriz, por brutal que parezca, que no encierre belleza”. Un verso de “Cicatrices”, uno de los mejores poemas de Piedad Bonnet publicado en el 2011 en su libro “Explicaciones no pedidas”, que aunque parece ser muy reciente, eterniza a una realidad que el ser humano tiene que enfrentar por cargar el peso de la existencia y que en un país como el nuestro se complica más la tarea por la eterna guerra y balanceo constante entre crisis sociales. Este trabajo poético pareciera una respuesta justa y firme ante el legado que dejaron sus coterráneos, pero pensar en ello sería limitar el legado y el talento de esta pluma porque lo que abarca va más allá y encaja en una variedad de escenarios, algo que los Castaño en medio de su supuesta grandeza jamás podrían llegar a presumir. El par de hermanos, sin tener ni siquiera el conocimiento mínimo en literatura, llegaron a ser escribas en la historia de nuestro país con una participación tan efímera que si ahora se recuerda es solo por una razón: Dolor. Del que no cesa y el que no sana. Un asesinato de honor del que no tienen ni la más mínima oportunidad de echar para atrás, son el repudio de todo un pueblo. Se creían tan seguros e intocables en los montes por sus armas y dinero, pero los dos terminaron muertos, perseguidos y desolados. Sin ninguno de aquellos méritos mundanos que sustentaban sus luchas y sus actos.

De manera inconsciente los máximos líderes paramilitares y la mejor poetisa de los últimos años que ha dado este país buscaban lo mismo: Ser eternos. Una preocupación que quizás llega a la mente de cada uno de los mortales, porque después de la muerte queremos dejar un legado, y en una sociedad tan contaminada por lo material y el poder, se ha hecho un intento por proponer esta vía como el único medio para el objetivo, y es precisamente aquí donde se hace interesante el símil entre estos dos personajes. La poeta es la muestra exacta de que unos versos si logran perdurar en el tiempo y que no es necesario ser del medio para lograrlo, solo una pluma capaz de construir y plasmar sentimientos únicos. Este jueves el nobel de literatura fue para la poesía, y para una mujer, Louise Gluck, lo que demuestra que aún hoy en día a pesar de tantos avances, la poesía sigue siendo un pilar interesante para dar cuenta de quienes somos y nuestras realidades.

A veces se tiende a creer que la educación y la violencia no están relacionadas, pero cuando el joven o el niño pueden encontrar su lugar en otro tipo de espacio y logra encontrarle un valor a  la vida, más allá de lo material, se cambian las armas por los versos. En un país que parece quedarse sin oportunidades, donde la vida parecer ponerse cada vez más difícil, la pluma y el papel se convierten en una alternativa muy llamativa y un medio potente para tener la atención del mundo y hacernos oír.

Esto fue escrito por

Sebastián Castro Zapata

Envigadeño de corazón, amante a la poesía y a la literatura. Le tengo miedo a los truenos y llevo una tormenta tatuada en mi brazo derecho. A veces me las doy de poeta y en la actualidad, estudiante de psicología en la Universidad Pontificia Bolivariana.

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